Por: SEGISFREDO INFANTE

            Las agresiones verbales reiterativas provenientes de los labios y del corazón de ciertos personajes metidos en el ajo, en la pimienta y en el chile de la política, son desagradables para las almas sensibles y para los oídos de las personas más o menos “cultas”. Incluso las ofensas resultan ofensivas a los individuos humildes que viven en el campo. No es posible, piensan ellos, que los políticos con formación universitaria, pasen confrontándose día y noche por asuntos que nada tienen que ver con la realidad del pueblo. De esto pude enterarme en unos tres seminarios auspiciados, creo, por “Caritas de Honduras”, en que fui invitado como charlista, para conversar con líderes jóvenes de las áreas rurales y semi-urbanas de Siguatepeque, del departamento de La Paz y de Comayagua, durante la primera década del presente siglo. La mayoría coincidía que tales problemas, tensiones y confrontaciones, eran propiamente de Tegucigalpa y tal vez de San Pedro Sula.

            Nunca he olvidado esta micro-experiencia personal. Porque la misma percepción experimenté al visitar varias aldeas del departamento de Lempira, en donde se habían puesto en marcha (bajo la tutela de “Plan Internacional Honduras”) una serie de proyectos de bibliotecas escolares acompañadas de otras actividades culturales, en las cuales se involucraban los padres de familia. Tengo comprendido que este proyecto se ha seguido extendiendo a otras comunidades de aquel departamento. En aquellas aldeas remotas jamás escuché, ni por un minuto, hablar de mala o de buena política. Lo único que conocí fue a varios niños de ambos sexos que habían leído un promedio de quinientos libros (sobre todo cuentos y novelas), por encima de varios políticos con nivel secundario y universitario, que apenas leyeron algunas fotocopias con el fin de pasar los exámenes y graduarse.

            A veces me siento saturado del acontecer nacional. Todos los días aparecen tales políticos (y muchos seudopolíticos) en la radio y en la televisión hablando pestes del prójimo, especialmente de sus adversarios, con fundamento o sin fundamento ninguno. Cuando percibo este fenómeno abominable, cambio inmediatamente el canal de televisión. También se percibe la ofensa descomunal en las mal llamadas “redes sociales”, de las cuales suelo distanciarme. Que conste, todos o casi todos estos personajes pasaron por las aulas de los colegios y de las universidades, nacionales y extranjeras. Sin embargo, utilizan unos lenguajes “lumpescos” típicos de la séptima avenida de Comayagüela, y de los lupanares de un par de barrios que se localizaban por debajo de la línea férrea de San Pedro Sula, mi ciudad natal, en donde antes entonaban los zorzales. Algunos de estos políticos fingen admirar a Karl Marx, quizás sin haber leído ninguno de sus libros, salvo el famoso “Manifiesto Comunista” de 1848, de lenguaje juvenil, empalagoso, confrontativo y facilón. Estos individuos jamás comprenderían los primeros capítulos del primer tomo de “El Kapital”, obra cumbre del pensador judeo-alemán, en donde él analiza el modo de producción capitalista textilero de la Inglaterra de mediados del siglo diecinueve. Pero este Barbudo de Tréveris expresó en cierta ocasión que algunos personajes volvían “la infamia más infamante al pregonarla”. Pareciera que más bien se refería a nuestra época.

            Aquí la infamia verbal es el alimento de todos los días. Algunos individuos son capaces de asesinar a sus adversarios, reales o imaginarios, a pura verborrea. La mayoría de ellos, en algunos momentos de hipocresía o contrición, confiesan públicamente que son “cristianos”. Pero aquellos que hemos leído el discurso de Jesucristo en sus prédicas y parábolas magisteriales, sabemos que el verdadero lenguaje cristiano es contrario a las ofensas y amenazas personalizadas: “No juzguéis para que no seáis juzgados. Pues con la misma vara que mides seréis medidos”, sugería el amoroso Rabino de Galilea.

            Cada semana escuchamos, involuntariamente, acusaciones y contra-acusaciones de unos y otros, a veces atizadas por funcionarios de países extranjeros. Y sólo hay un pequeño problemita. Algunos de los acusadores han exhibido en el pasado reciente, unas colas de corrupción más largas que las de los dinosaurios, que jamás resistirían un análisis imparcial, si acaso fuéramos imparciales. Por eso cuando escucho abominar irrespetando el sagrado principio del derecho romano universal de “presunción de inocencia”, recuerdo mis lecturas bíblicas, más específicamente de la Torá o Pentateuco, con énfasis en las “Diez Palabras”: “No matarás”. “No presentarás falso testimonio contra tu prójimo ni mentirás”. Pero “aquí, entre nosotros”, para utilizar un giro del lenguaje de Paulino Valladares y de Shakespeare, hay personas “honradas” que sin ningún rubor son capaces de mentir y distorsionar la historia real de los últimos cuatro años. Motivo por el cual les resultaría más fácil distorsionar la historia de los últimos treinta años.

            El fenómeno anterior que apenas hemos ventilado, es una muestra grandísima del eterno conflicto entre el amor y el desamor humanos. Conste que soy contrario a mendigar los mendrugos del amor que, inclusive, tanto necesitamos.

            Tegucigalpa, 13 de septiembre del año 2020. (Publicado en el prestigioso diario “La Tribuna”, el día jueves 17 de septiembre del 2020, Pág. Cinco). (Se reproduce en el diario digital catracho “En Alta Voz” por decisión espontánea de los periodistas Mario Hernán Ramírez, Elsa de Ramírez y Lourdes Ramírez).

 208 total views,  4 views today

Dejar una respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here