Wendy Funes – Reporteros de Investigación
Cuando decidí liderar un sindicato en @Abriendo_Brecha, un hecho sin precedentes en la TV hondureña, aprendí muchas lecciones. La mayoría de mis colegas me dio la espalda, me convertí en un ser proscrito y, lo más doloroso, quienes me habían arengado acaloradamente nos traicionaron. Me castigaron por creer y por soñar. La gente que me decía que yo era la mejor periodista que conocían que querían que yo fuera parte de sus círculos e influencia, de repente, ya no me conocía porque no pensaba como ellos pensaban que yo debería pensar: Desde su cobardía acomodada.
Los periodistas que yo leía y que influyeron en mí para tener ideas progresistas —que escribían utopías que me hacían llorar, “benjamines”— dijeron que yo era una vulgar sindicalista y que no tenía cabida en su círculo laboral. Derrotada, desempleada, etiquetada y endeudada. Comprendí que había tenido influencia literaria de oenegeros hipócritas, alfiles ocultos reaccionarios, creadores de imagen de héroes falsificados que viven del discurso progresista.
Por eso, en los años en que me buscaban para hablar y querían instrumentalizarme en sus medios con el fin de atacar a Libre, y alababan mis críticas auténticas e independientes contra el gobierno, nunca les paré mucha bola.
En Honduras abundan los cobardes, lo traen en los genes, les viene de la cobardía de los procolonialistas que traicionaron la libertad y la federación centroamericana. La gente hondureña se da vuelta cuando empieza a ver las cosas perdidas y vuelven para ganar cuando huelen poder.
Aprendí a fuego la traición, la cobardía de la mayoría y lo peligroso que es rodearse de personas ineptas y cobardes. Hubo mucha gente que me abrazaba en privado y se cruzaba la acera en público. Aprendí el valor de la coherencia.
Tampoco tuvimos apoyo del sindicalismo hondureño. Los abogados nos vieron como un negocio.
En el ámbito internacional me dijeron que la lucha sindical no era parte de la libertad de expresión y, por mi ignorancia, me dejé engañar. Me apoyaron mujeres feministas, mujeres periodistas. Le hicieron creer a mis hijos, de menos de siete años, y a mi familia, que yo había hecho algo muy malo.
Nunca había recibido educación financiera. Había pasado mi vida trabajando hasta las madrugadas, investigando con pasión desde el periodismo mientras quebraba mis huesos, pagando tarjetas de crédito y esa asfixiante deuda y mis responsabilidades, me obligaron a aceptar las prestaciones además, pero sobre todo solo quedábamos cuatro o cinco en el sindicato que habíamos integrado más de 30 personas.
A algunos les dieron aumentos, a otros los promocionaron, a muchos los despidieron, desmembraron el sindicato porque teniendo la ley de nuestro lado quien tenía el poder de aplicarla se confabuló o guardó silencio. Además, usaron trampas legales. ¿Les suena parecido? A mí también.
Nos levantaron campañas difamatorias. Nadie nos apoyó aunque muchos nos aplaudían. Me quedé sola y comprendí el valor de la soledad y de ser fiel a mis ideas por el bienestar de mi pueblo, aunque mi pueblo me odie sin comprender, eso representa mi libertad y ser fiel a mí misma y denunciar la injusticia oprobiosa ante todo si viene de poderes enormes y criminales.
Aprendí a fuego la traición, la cobardía de la mayoría y lo peligroso que es dejarse arengar por personas ineptas y cobardes. Hubo mucha gente que me abrazaba en privado y se cruzaba la acera en público. Aprendí el valor de la coherencia.
Ya sin la atadura del monopolio mediático, mi corazón pudo resistir libremente y, por eso, fue triste ver gente tan incapacitada formar parte del gobierno de un proyecto que era colectivo no de oportunistas o solo de una familia que ni siquiera me conocerá.
La resistencia es el grito por las heridas que lleva el pueblo hondureño. Está vulgar sindicalista que quise ser aprendió que hay que estar dispuesto a gritar sola, a que la gente te deje en el camino y que las lágrimas ayudan a descansar en el escabroso andar, hay que perder muchas veces para defender ideas.
Si solo de mí dependiera, no dejaría jamás que la bota imperial aplastara como siempre a este país, no dejaría que se vuelva a imponer el crimen. Depende de todas y todos, hay que apartar a los cobardes y avanzar con convicción.
⸻
Dejé de leer gente hipócrita, dejé de buscar aprobación, dejé mi “pelo malo” al viento, dejé de darle perlas a los cerdos, aprendí a decidir con firmeza y autonomía creyendo en lo que creo. Eso nadie me lo puede arrebatar jamás aunque tuviera la fortuna de que se me vaya la vida en ello.
Empecé a buscar la historia de Honduras y entendí que los que lucharon tenían un profundo sentido antiimperialista, algunos son nuestros próceres, criollos piel blanca ninguno indígena, ningún negro y mucho menos mujeres. Ellas no figuran pese a su lucha.
Somos un país signado por criminales desde la Colonia, siempre hemos perdido frente a la delincuencia imperial y cuando no hemos perdido, hubo asesinatos como el de José Santos Guardiola. Debemos cortar este círculo criminal y no ser:
¡Cobardes!

