Por: SEGISFREDO INFANTE

            Nada fácil significa relacionarse con un tema que podría estar cargado de prejuicios religiosos y de confusiones historiográficas. Pero, como decía Publio Terencio Africano, un siglo y medio antes de nuestra era: “Homo sum, humani nihil a me alienum.” (“Nada humano me es extraño”). Pues a pesar de mis actuales limitaciones bibliográficas, haré un esfuerzo de cerebración para ligar a dos pensadores de mucho peso en el contexto de la Baja Edad Media de Europa Occidental, y del mundo musulmán en sus mejores tiempos. En tanto que después de Averroes y del historiador y pensador tunecino Ibn Jaldún (del siglo catorce y comienzos del quince), los islamistas parecieran haber decaído hacia un proceso de involución intelectual y de fanatismo extremo, en que se niegan a tolerar la existencia de otras religiones y pensamientos democráticos.

            Averroes, conocido también como Ibn Rusd, vivió y pensó hace unos nueve siglos aproximados en Córdoba, en el sur de España. Fue uno de los principales introductores del pensamiento de Aristóteles hacia Europa. Razón por la cual siempre hemos afirmado que la obra aristotélica ha sobrevivido al paso de muchos siglos, y por lo menos a cuatro civilizaciones muy diferenciadas entre sí: la griega, la romana, la judeocristiana y la musulmana. No hay manera, hay que continuar estudiándolo, con ojo crítico imparcial, al señor Aristóteles y a algunos de sus principales admiradores. Porque es casi imposible concebir el pensamiento occidental sin el libro la “Metafísica” de Aristóteles.

            Esto lo entendieron a la perfección tanto Averroes como Tomás de Aquino, en tanto que ambos se entregaron al estudio, por distintos caminos, de la obra filosófica casi inmortal del maestro Aristóteles. Averroes falleció en el año 1198 y Tomás de Aquino nació en 1225. Así que había veintisiete años de diferencia entre uno y otro. Averroes estuvo influido por otros filósofos islámicos previos que admiraban la obra aristotélica, entre ellos Al-Farabí, Al Gazzali, “Avicena”, Al-Kindí, Ibn Tufayl e incluso por su contemporáneo sufista Ibn Arabí. De todos ellos merece destacarse el nombre de Ibn Sina, o Avicena, quien leyó cuarenta veces uno de los manuscritos de Aristóteles que le resultaba casi imposible entenderlo. Pero, por su amor a la gran “Filosofía” y por una disciplina de lector extraordinario, al final logró comprenderlo. Ojalá todos los buenos lectores fuéramos persistentes y disciplinados como Avicena.

            Tomas de Aquino, un hombre a prueba de adversidades políticas, familiares y teológicas, había recibido la influencia previa de cuando menos tres grandes pensadores. Me refiero al teólogo y filósofo patrístico “San Agustín”; al médico, pensador y talmudista judío Moshé Maimónides; y al profesor católico Alberto Magno. Este último lo introdujo en la filosofía de Aristóteles, de la cual fue poco menos que imposible apartarse, porque para “Santo Tomás” (como popularmente se le conoce), la obra del maestro greco-estagirita era compatible con el cristianismo. A tal grado que varios teólogos “protestantes” o evangélicos de nuestros días, lo citan como una fuente teológica y filosófica de mucha autoridad. En sus libros se han amamantado, cuando menos, los católicos, los luteranos y los anglicanos.

            Aunque en algún momento de su vida estudiantil en la Universidad de París Tomás de Aquino recibió la influencia de Averroes, en su periodo de madurez tuvo que enfrentarse teóricamente con los averroístas representados por el profesor de arte Sigerio de Brabante. Es de suponer que “Don Tomás” estaba en desacuerdo con algunas interpretaciones “erróneas” del pensamiento aristotélico por parte de los seguidores parisinos de Averroes. Lo llamativo en este punto es que aquello que para los musulmanes fuera imposible conquistar por el imperio sangriento de las armas, Averroes, el filósofo islámico, lo consiguió en París por medio de las traducciones e interpretaciones de los libros de Aristóteles. ¡!Vaya paradoja histórica!!

            El caso es que existió, sin pretenderlo, un vínculo estrecho entre Averroes y Tomás de Aquino. No tanto religioso. Sino filosófico. Vínculo que al final condujo a las disputas intelectuales entre el “Doctor Angélico” y su gran antecesor musulmán. Dos amantes aristotélicos, separados en geografía, religión y tiempo, enzarzados en una disputa aparentemente “eterna”, como si fueran dos grandes jugadores de ajedrez, que hoy juegan por interpósitas manos.

            El Papa León Trece, con más pasión erudita que raciocinio, proclamó en 1879 que la obra de Tomás de Aquino “era la única filosofía verdadera”. Esto significaría que las demás son falsas, incluyendo la de Agustín de Hipona y la de Renatus Cartesius. Habría que analizar el contexto específico en que León Trece lanzó semejante afirmación, quizás para inyectarles ánimos a los grupos de teólogos neotomistas, que en aquel entonces comenzaban a configurarse. Y habría que buscar, además, la tesis doctoral de la politóloga y filósofa judeo-alemana Hannah Arendt, sobre “El concepto de amor en san Agustín”.

            Tegucigalpa, MDC, 13 de septiembre del año 2020. (Publicado en el diario “La Tribuna” de Tegucigalpa, el domingo 20 de septiembre del 2020, Pág. Siete). (Se reproduce también en el diario digital catracho “En Alta Voz”).

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