Hemos visto, en estos tiempos tormentosos, cómo la división y el partidismo político lo han envuelto todo, infiltrándose incluso en las iglesias, profanando los púlpitos con la participación de políticos que aparentan ser cristianos, pero viven según la carne.
Algunos líderes de la Confraternidad Evangélica de Honduras han tomado posiciones de alineamiento en ciertos eventos políticos, interviniendo en asuntos electorales e incluso declarando ungido a algún candidato, con lo cual no solo rompen el laicismo del Estado, sino también la separación de la iglesia en la proclamación de otro Reino que no es el político, aliándose con los reinos terrenales de este mundo.
Tristemente los dirigentes de la confraternidad o su presidente se han manifestado políticamente en temas que nada tiene que ver con los valores del cristianismo.
Cuando la iglesia se mueve dentro del campo político y toma partidismo, está rompiendo con el mandato del apóstol Pablo, el cual ordenó que ninguno que milita en las cosas del Reino de Dios, como soldado, puede mezclarse con los negocios de este siglo (2 Timoteo 2:3).
Es peligroso y, hasta cierto punto, comprometedor que, como iglesia, los líderes evangélicos adopten posiciones políticas en cuanto al acontecer nacional, porque aunque debemos defender valores, debemos evitar identificarnos con ideologías políticas, defendiendo a algún partido o candidato.
Esto se debe a que, aunque no queramos aceptarlo, en todos ellos existen personas corruptas, y tristemente predominan la mentira y el engaño, pues lo que muchos políticos buscan desesperadamente no es servir a la nación, sino alcanzar a poder para beneficio propio.
Con tal de buscar los votos de los evangélicos, cargan una Biblia y confiesan ser lo que en la práctica no son: “cristianos”.
En la política hondureña, al menos en la que hoy existe, falta integridad, y lo que más abunda es la mentira y el engaño. Además, muchos de ellos, en vez de buscar la unidad para el desarrollo social de los más pobres, crean una polarización que nos lleva a la confrontación entre ricos y pobres.
Cuando la iglesia entra en política, rompe su espíritu pacificador, envolviéndose en situaciones muy delicadas y muchas veces conflictivas, porque no podemos quedar bien con todos.
Debemos entender que en nuestras congregaciones existen diversas opiniones en cuanto a las ideologías políticas y, por lo tanto, debemos permanecer neutrales, respetando la diversidad de pensamiento político.
Como pastor y religioso, solo acepto, desde el punto de vista bíblico, que la iglesia intervenga y se manifieste públicamente en la defensa de todas aquellas propuestas que choquen con los principios éticos y morales de la Palabra de Dios, como, por ejemplo, oponernos abiertamente y manifestarnos contra la imposición de ideologías que promuevan la promiscuidad, la legalización de las drogas, el aborto indiscriminado y la imposición de la ideología de género, sin importar qué partido o gobierno intente implementarlas. Porque, como iglesia, es un deber defender los valores doctrinales y éticos correctos, pero no manifestarnos en posiciones políticas o ideológicas, ni hacerle el juego a los candidatos que tratan de usar las instituciones religiosas para sus fines políticos.
Mario Fumero,
pastor evangélico.
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