Por: SEGISFREDO INFANTE

            La historia antigua, medieval, moderna y contemporánea de los helenos, es una de las más sinuosas, complejas, dolorosas, atractivas e interesantes. En los tiempos heroicos del bronce, se dedicaron a pelear contra los troyanos con el objeto de controlar el Estrecho del Bósforo, vieja ruta comercial hacia el Mar Negro, en cuyos puertos se podía comprar, entre otras mercancías, el valioso estaño. En los tiempos clásicos, Atenas floreció como la ciudad-Estado más pujante de la península. Pero luego comenzaron las fricciones con el Imperio Persa, el cual arremetió primero contra las islas jónicas (en donde comenzó la Filosofía), y después mediante una invasión poderosa sobre tierra continental. Aunque los griegos se unieron en una guerra patriótica, los persas terminaron por apoderarse de una gran parte del territorio, y quemaron Atenas casi completamente. Al final de la jornada los persas fueron expulsados a partir de la batalla naval de Salamina, liderada por Temístocles, una táctico y estratega de primer orden.

            Los atenienses reconstruyeron la ciudad y sus templos, con un nuevo Partenón, y hubo un renovado florecimiento bajo el liderazgo de Pericles. Sin embargo, comenzó la querella de intereses políticos, económicos y territoriales con los espartanos, que desembocó en la famosa guerra civil de treinta años conocida como “Guerra del Peloponeso”, la cual ganaron los oligarcas espartanos. Para Esparta significó una victoria a medias, en tanto que además de arruinar a los atenienses, al final también se arruinaron los mimos espartanos, cuyas debilidades facilitaron el ascenso de la provincia de Macedonia, bajo Filipo Segundo y, poco después, de su hijo Alejandro. Este probable discípulo de Aristóteles (hay autores que lo ponen en duda), al invadir el resto de Grecia, se encargó de arrasar con la ciudad de Tebas. Alejandro Magno apenas respetó algunos templos tebanos. Y al parecer fue más benigno con Atenas, por la admiración hacia la cultura ateniense que le había transferido su maestro Aristóteles, al grado que Alejandro montó una campaña pan-helénica para vengarse de los persas, colocando bajo su almohada la “Ilíada” de Homero, casi todas las noches de su corta vida. 

            Después de la “Guerra del Peloponeso”, las ciudades griegas experimentaron un acelerado proceso de deterioro económico, político y militar. En medio de las guerras, la pérdida de valores y de aquella gran incertidumbre, surgieron y se desarrollaron los más importantes filósofos griegos, integrados por la tríada de Sócrates, Platón y Aristóteles, en contraposición de varios profesores sofistas, que exhibían la tendencia predominante de relativizarlo casi todo. Aquí surge la pregunta de cómo es posible que, en medio de la decadencia, los filósofos griegos alcanzaran el punto de mayor solidez de pensamiento y madurez espiritual, con fuertes repercusiones hacia futuras civilizaciones orientales y occidentales. Sobre todo mediante la obra de Aristóteles. Quizás por eso Hegel expresaba, unos veintitrés siglos después, que la “filosofía siempre llega de todas maneras demasiado tarde.” O tal vez se refería a la historia de su propia nación disgregada. No lo sé.

            Con la muerte prematura de Alejandro Magno, el Cercano Oriente decayó hacia la anarquía de los nuevos sátrapas, y apenas en la ciudad de Alejandría, Egipto, la dinastía de los Tolomeos logró reproducir los conocimientos griegos en filosofía, geometría, medicina, astronomía, bibliotecología y aparataje mecánico, con nuevas aportaciones.

            Más tarde Grecia fue invadida por los romanos, quienes a pesar de su maquinaria y tosquedad característica, percibieron la grandeza del arte y del pensamiento griegos, todo lo cual fue incorporado, gradualmente, a la cultura romana. Con la caída del “Imperio Romano de Occidente”, los griegos de Constantinopla o Bizancio, fueron constantemente asediados por los “bárbaros” del norte. Con el paso de los siglos Grecia fue completamente tomada por el “Imperio Otomano”, de confesión musulmana, imponiendo esta religión sobre la misma catedral simbólica de “Santa Sofía”. Los griegos declararon su independencia de los turcos otomanos en 1821, y la reafirmaron en 1832. Así que al igual que los centroamericanos, los griegos están conmemorando su “Bicentenario”.  Poco después de transcurrido un siglo, Grecia fue invadida por los nazi-fascistas, creando toda clase de tragedias para trescientos mil helenos que murieron de hambre. 

            Aquellos que me conocen saben de mi admiración por la cultura trascendente de los griegos, que a pesar de las devastaciones sucesivas se levantan del abismo. (Del mismo modo en que admiro a otros pueblos pequeños que han sobrevivido a grandes disrupciones históricas). En este punto deseo traer a colación la remotísima hipótesis de una persona “Zeta-K”, real o ficticia, en el sentido que países como Honduras podrían experimentar un desbalance tecnológico total entre veinte y cincuenta años. Contra el autoflagelo local, mi respuesta sería que el futuro de Honduras dependerá de la sobriedad y la solidez de nuestro pensamiento; y de la perseverancia histórica de muchos catrachos de recia y buena voluntad.

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