Por Manuel Torres Calderón
El título se inspira en una frase icónica del cine. Consciente que no había perdón para su traición, Salvatore Tessio le dice al Consigliere Tom Hagen: “Quiero que Mike (Corleone) sepa que fue por negocios. Nada personal. Siempre sentí una gran simpatía hacia él”.
Me es imposible disociar esa secuencia de El Padrino con los acontecimientos que se viven –“sufren”, sería mejor decir- en Venezuela, especialmente después de leer la reflexión publicada por la escritora española Cristina Martín Jiménez en su cuenta de X (@crismartinj).
Para quienes no la conocen, una breve reseña bibliográfica la describe como escritora y periodista sevillana de investigación, autora de varios libros sobre relaciones de poder en el mundo y columnista de importantes publicaciones internacionales.
Su comentario sobre Venezuela me lo remitió una amiga desde Holanda y me llamo la atención que para Martín Jiménez el elemento clave que permite comprender los hechos ocurridos a partir del 3 de enero en Caracas es “la traición funcional del entorno de Maduro. No ideológica, no moral: funcional”.
Entiendo que toda traición es en función de algo, pero la “traición funcional” a la que se refiere “se produce cuando se comprende que el régimen ya ha caído y que es mejor recolocarse que resistir. Ahí es donde entran nombres concretos, no por conspiración, sino por lógica de poder: Delcy Rodríguez, Diosdado Cabello, Vladimir Padrino López. No como salvadores ni como demonios, sino como gestores del aterrizaje”.
En otras palabras, en un contexto lleno de interrogantes que aún no tienen respuestas, Martín Jiménez interpreta que Maduro y su esposa fueron víctimas de una traición por conveniencia, pactada por sus principales aliados internos cuando advirtieron que la situación del régimen era insostenible y que seguir apoyando al gobernante implicaba un alto riesgo para ellos y su proyecto político en Venezuela.
El destino final de Maduro lo marcó el cerco marítimo brutal y permanente sobre Venezuela que implantó Trump. El bloqueo a las exportaciones petroleras fue efectivo y la invasión se veía venir. Fue la hora en la que resistir ya no era rentable para el círculo de poder y la prioridad fue asegurar – a cualquier costo- su supervivencia personal y no quedar al margen de la transición a un nuevo orden.
Para decirlo con la frialdad de la hoja de un chuchillo, facilitar la entrega de Maduro y su esposa – sin importar las muertes que pudiera provocar- no tuvo que ver con emociones o sentimientos, sino que fue el saldo de una operación de interés y cálculo, donde la ética y el discurso quedan subordinadas a la búsqueda y mantenimiento del poder.
“Nada personal, querido Presidente y Primera combatiente”, resuena en Miraflores.
Es la misma racionalidad estratégica que, sorpresivamente, adoptó la Casa Blanca para dejar fuera de la mesa de juego a María Corina Machado y Edmundo González Urrutia. “Es una mujer muy agradable. Pero no cuenta con el apoyo ni el respeto del país”, dijo Trump, refiriéndose a quién le ganó la carrera del Nobel.
Cada lector tomará partido ante esa, por el momento, hipótesis de Martín Jiménez y de muchos analistas internacionales más. Entiendo que toda despedida duele, pero, sin duda, los acontecimientos marcan un antes y un después para la nación bolivariana. De cualquier manera, el modelo político y social que planteó el comandante Hugo Chávez parece haber cerrado el ciclo que inició en 1999 y que se mantuvo pese a su muerte en 2013.
¿Qué pasará ahora con el chavismo? La pregunta es clave porque su respuesta puede aclarar o confundir más los desafíos políticos por venir. Obviamente, la derecha se empeñará en afirmar que el chavismo fue un completo fracaso y mal haría la “izquierda”, llamémosle así, si en réplica vuelve la experiencia chavista un “mito”, ante el cual se estrelle cualquier reflexión y se estigmatice como herejía cualquier cuestionamiento.
Hay mucha investigación -no justificación- por hacer sobre el “chavismo” y su legado. Su impacto en Venezuela y América Latina no fue episódico. Los motivos de fondo que lo inspiraron siguen presentes y, quizá, agravados. Es la eterna búsqueda en nuestro continente de respuestas a la injusticia acumulada y al poder arbitrario, brutal y omnímodo de la plutocracia; el gobierno “de los ricos, por los ricos y para los ricos”.
Pero, retornando a la actualidad, la traición de la que pudieron ser blanco Maduro y su esposa no es exclusiva de Venezuela puesto que en todos nuestros países enfrentamos “traiciones funcionales” diarias, a pequeña y gran escala, desde la que comete un empleado público que se corrompe cuando la oportunidad se le presenta hasta la de una élite política que transa ilegalidades a cambio de conservar o aumentar sus privilegios.
La historia política de Honduras está llena de traidores y traiciones. Ahora mismo se cuecen muchas con el fraude electoral y cada vez que una se consuma se pierde legitimidad, credibilidad y esperanza. Algo tendremos qué hacer como ciudadanía para enfrentar esta cultura política nefasta. Algo que vaya más allá de depositar un voto de castigo cada cuatro años. Algo para evitar que los traidores sigan siendo los referentes políticos que marquen nuestro destino como nación.
Y por si alguien lo ha olvidado, cuando Tessio le suplica ayuda a Tom Hagen, “”Tom… ¿Puedes sacarme de esto? Por favor, Tom…por los viejos tiempos “, la respuesta que recibió fue: ” “No puedo hacerlo, Sally. No puedo…”.
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