Juan Ramón Martínez
El bronco grito, la desaparición del dialogo, el racismo rampante, el rechazo al extranjero, la idealización de lo público; y la tendencia a aislarnos son señales peligrosas. El rechazo a la lógica aristotélica, ignorando la causa y el efecto en las justificaciones odiosas, destruyendo la categoría temporal para hacer de los juicios ejercicios autoritarios, es una locura. Hace pensar que no hemos reconstruido los “puentes rotos” de la crisis del 2008; y que más bien hacemos de la torpeza virtud y la mediocridad caprichosa un valor para quienes en la oscuridad – convertidos en “lideres” portatiles—dan palos ciego creyendo que la puerta se abrirá automáticamente. Tras la luz vendrán a salvarnos a todos. El abandono del concepto que la historia es un esfuerzo para impedir el olvido de las lecciones del pasado, para hacernos creer que todo se puede cambiar; y que además, nada es verdad, sino lo que cada persona o grupo quiere que sea, son señales que aquí – pronto — ¡nos va a llevar el Diablo¡.
Confieso mis preocupaciones. El país no tiene un discurso coherente. Nadie sabe que es lo que queremos ser y a pocos les importa entender porque somos como somos. El liderazgo carece de un relato esperanzador. Tampoco tiene un muestrario de exigencias en que cada uno, dentro de los grupos en que se mueve su participación, tiene obligaciones por cumplir. El capricho personal, se han impuesto. La infantilidad ha descubierto el placer destruyendo al país. Sin necesidad de esperar que el “Caballo de Bukele” recale en las “playas” doradas de Lepaera.
Hay un aire de infantil tendencia hacia el suicidio. En que los que quieren terminar sus vidas, también desean que le acompañemos en la antigua “ruleta rusa” que jugaba la burguesía ganadera cuando se emborrachaba en las tristes “Ferias de Catacamas”.
Hay un proceso inconsciente de matarnos los unos a los otros. Esta vocación asesina no es nueva. En el siglo XIX los cadillos a caballo, empujaron a nuestros antepasados a la muerte inútil y sin sentido, defendiendo causas incomprensibles. En el siglo XX, cuando en las primeras dos décadas retomamos el sentido común, en 1924 la locura regreso. De nuevo los hondureños ejercieron el innoble hábito de matarse los unos a los otros. Y apoyados en visiones infantiles, nunca asumieron responsabilidad por los cristales rotos. Todavía hay “historiadores” que la llaman “guerra imperialista”, para de esta manera seguir jugando al “yo no fui, fue tete”. Y a ella hay que pedirle cuentas, porque a lo demás, ¡no lo sé¡.
En 1963 torcimos el rumbo. Abandonando la democracia que daba sentido a la vida política, terminamos enfrascados en una guerra inútil que en 1969, nos empujó a un populismo en que se alteró el tiempo: primero distribuimos lo que no teníamos para después pensar como producíamos la riqueza con que financiarlo. Y en un nacionalismo inútil, dirigidos por hombres que nunca habían trabajado se impuso un cretinismo que ha llevado al país a la crisis en la que estamos.
Al asalto de los “civiles” contra el constitucionalismo en 2009, no le hemos respondido. No restaurar la lógica de lo que habíamos aprendido antes que los militares se creyeran una secta superior que podía salvar al país, porque el resto éramos unos inútiles. Tenían razón parcialmente. Ellos también eran inútiles. Lo comprobaron como todos cerrándole al país– en la década de los ochenta– las vías de desarrollo. Lo que lograron fue repintar los “conceptos” que siendo dependientes, debíamos lograr que Estados Unidos nos convirtiera en Corea del Sur; o en un Puerto Rico más elegante y atractivo.
Ahora han aparecido los “selectores”. Los jóvenes no saben leer y escribir. Los maestros ignoran que hacer ante la sustitución que la tecnología anuncia por su irrelevancia. Los líderes políticos creen que vasta su voluntad. Los hondureños no quieren trabajar. Los que trabajan solo quieren jubilarse. Los más “vivos” quieren engañarnos poniéndonos a su servicio. O convertidos en sus “enemigos” nos arrinconan antes de matarnos; o destruirnos civilmente.
Esto no puede seguir. Nos encaminamos hacia el abismo. Hay que volver a la lógica aristotélica, encontrar la relación entre causa y efecto. Entendiendo que no podemos hacerlo todo, es necesario la concurrencia de las demás voluntades – por lo menos las mayorías “cultas” – volviendo al sentido común. Como única alternativa para construir las rutas de la salvación nacional. El que los líderes religiosos se hayan reunido para conversar, es la única esperanza que hemos visto en los últimos meses. El “Caballo de Bukele” está en la arena de Lepaera. ¡Solo falta la curiosidad del alcalde¡

