Filiberto Guevara

Contexto de la narrativa:
Persecución y acoso a los intelectuales checos durante la ocupación de Praga, por el régimen soviético en 1968.

Fragmento de la novela: La insoportable levedad del ser. Milan Kundera. (Escritor checo.).

“… Cuando Tomás regresó de Zurich a Praga, volvió a trabajar en su hospital como antes. Pero un buen día lo, llamó el director. —Al fin y al cabo, colega —le dijo—, usted no es un escritor ni un periodista, ni un salvador de la nación, sino un médico y un científico. No me gustaría perderlo y haré todo lo posible por mantenerlo aquí. Pero es necesario que retire lo que ha dicho en el artículo sobre Edipo.

¿Tiene usted mucho interés en ese artículo? —Señor director —dijo Tomás recordando cómo le habían amputado una tercera parte del texto—, jamás ha habido nada que me importase menos. —Ya sabe de qué se trata —dijo el director. Lo sabía: en la balanza había dos cosas: por una parte su honor (que consistía en no retirar las afirmaciones que había hecho), por la otra aquello que se había acostumbrado a considerar como el sentido de su vida (su trabajo científico y médico).

El director continuó: —Esto de exigir que la gente reniegue públicamente de lo que ha dicho tiene algo de medieval. ¿Qué significa «renegar»? En nuestra época una idea sólo puede ser refutada y no tiene sentido renegar de ella. Y dado que, estimado colega, renegar de una idea es algo imposible, sencillamente verbal, formal, mágico, no encuentro ningún motivo para que no haga usted lo que desean.

En una sociedad gobernada por el terror, no hay ninguna declaración que sea vinculante, son declaraciones forzadas y las personas honradas están obligadas a no tomarlas en cuenta, a no oírlas. Tal como le digo, colega, es importante para mí, y lo es para sus pacientes, que continúe usted trabajando. —Creo que tiene razón —dijo Tomás con cara de infelicidad. —¿Pero? —preguntó el director tratando de adivinar su pensamiento. —Temo que me daría vergüenza. —¿Tiene usted una opinión tan elevada de la gente que le rodea como para que le importe lo que vayan a pensar? —No, la opinión que tengo de ellos no es demasiado elevada. —Además —añadió el director—, me han asegurado que no se trata de una declaración pública.

Son unos burócratas. Lo que necesitan es tener en sus expedientes constancia de que usted no está en contra del régimen para poder defenderse en caso de que alguien los atacase por haberle dejado trabajar en su puesto. Me han dado garantías de que la declaración será una cuestión privada entre usted y ellos y de que no está previsto hacerla pública. —Déjeme una semana para pensarlo — dijo Tomás para terminar la conversación. Tomás estaba considerado como el mejor cirujano del hospital. Se decía que el director, al que ya le faltaba poco para jubilarse, le dejaría pronto su puesto.

Cuando se supo la noticia de que los organismos directivos le habían pedido una declaración autocrítica, nadie puso en duda que Tomás fuera a obedecer. Eso fue lo primero que le sorprendió: pese a que nunca había dado motivo para ello, la gente se sentía más inclinada a apostar por su inmoralidad que por su moralidad. La segunda cuestión sorprendente era la reacción que producía su supuesta actitud. Podríamos dividir esas reacciones en dos tipos básicos: El primer tipo de reacciones era el que manifestaban aquellos que se habían visto obligados (ellos mismos o quienes los rodeaban) a renegar de algo, a manifestar su apoyo al régimen de ocupación o estaban dispuestos a hacerlo (aunque fuera a disgusto; nadie lo hacía por placer).

Esta gente le sonreía con una sonrisa especial, que hasta entonces desconocía: con la tímida sonrisa de aprobación del conspirador. Es la sonrisa de dos hombres que se encuentran por casualidad en un burdel; les da un poco de vergüenza y al mismo tiempo se alegran de que la vergüenza sea mutua; surge entre ellos una especie de fraternidad que los une. Le sonreían aún más contentos porque él nunca había tenido fama de conformista. Por eso su prevista aceptación de la propuesta del director era una muestra de que la cobardía iba convirtiéndose en norma de conducta y de que pronto dejaría de ser vista como tal. Esta gente nunca había sido amiga suya.

Tomás advirtió con temor que, si en efecto hiciese la declaración que le había pedido el director, lo invitarían a tomar una copa a su casa y pretenderían hacerse amigos suyos. El segundo tipo de reacciones se refería a la gente que había sufrido (ellos mismos o quienes los rodeaban) persecuciones, a quienes se negaban a aceptar ningún tipo de compromiso con el régimen de ocupación o a aquellos a los que nadie les exigía que aceptaran ningún compromiso (que hicieran ninguna declaración), quizá porque eran demasiado jóvenes para haberse visto implicados en nada y estaban convencidos de que, si se lo hubieran pedido, no lo habrían hecho.

Uno de ellos, el médico S., un joven de mucho talento, le preguntó a Tomás: —¿Qué, ya la hiciste? —¿De qué me hablas? —le preguntó Tomás. —De tu declaración —dijo S. No lo decía con mala intención. Incluso sonreía. Era una sonrisa completamente distinta, otra de las sonrisas del voluminoso herbario de las sonrisas: una sonrisa de feliz superioridad moral. Tomás dijo: —Oye ¿tú qué sabes de mi declaración? ¿La has leído? —No —respondió S. —Entonces no hables de lo que no sabes —dijo Tomás. S seguía sonriendo tranquilamente: —Todos sabemos cómo funciona esto.

Esas declaraciones se escriben en forma de carta al director o al ministro o al que sea, y éste promete que la carta no se publicará para que el que la escribe no se sienta humillado. ¿Es así? Tomás se encogió de hombros y siguió escuchando. —Después archiva la declaración tranquilamente en su cajón, pero el que la escribió sabe que puede publicarse en cualquier momento. Por eso nunca podrá decir nada, ni criticar nada, ni protestar por nada, porque en ese caso se publicaría su declaración y él quedaría deshonrado ante todos. A decir verdad es un método bastante amable.

Los hay peores. —Sí, es un método muy amable —dijo Tomás—, pero me gustaría saber quién te dijo que yo he aceptado entrar en semejante juego. Se encogió de hombros pero la sonrisa no desapareció de su rostro. Tomás se dio cuenta de una cosa curiosa. ¡Todos le sonríen, todos desean que escriba esa declaración, todos se alegrarían! Los primeros se alegran de que la inflación de cobardía trivialice su actitud y les devuelva el honor perdido. Los otros ya se han acostumbrado a considerar su honor como un privilegio especial al que no quieren renunciar.

Por eso tienen por los cobardes un amor secreto; sin ellos su coraje se convertiría en un esfuerzo corriente e inútil que no suscitaría la admiración de nadie. Tomás no podía soportar aquellas sonrisas y le daba la impresión de que las veía en todas partes, incluso en la cara de los desconocidos que pasaban por la calle. No podía dormir. ¿Y eso? ¿Es tal la importancia que les atribuye? No. La opinión que esa gente le merece no es buena y se enfada consigo mismo por sentirse tan afectado por esas miradas.

Es algo que carece de lógica. ¿Cómo es posible que alguien que estime tan poco a la gente, dependa tanto de su opinión? Su profunda desconfianza hacia la gente (sus dudas con respecto a que tengan derecho a decidir acerca de lo que a él le concierne y a juzgarlo) tuvo probablemente algo que ver en la elección de su profesión, que descartaba cualquier posibilidad de relación con el público. Cuando alguien elige, por ejemplo, una carrera política, opta libremente por hacer del público su juez, en la ingenua y manifiesta confianza de que logrará su favor.

Un eventual rechazo de las masas le estimula para lograr metas aún más difíciles, del mismo modo en que la dificultad de un diagnóstico estimulaba a Tomás. El médico (a diferencia del político o del actor) sólo es juzgado por sus pacientes y por sus colaboradores más próximos, o sea entre cuatro paredes y a la vista de sus jueces. Puede responder inmediatamente a las miradas de quienes lo juzgan con su propia mirada, puede explicarse o defenderse. Pero ahora Tomás se encontraba (por primera vez en la vida) en una situación en la que se fijaba en él un número de ojos mayor de lo que era capaz de registrar. No podía responderles ni con una mirada suya ni con palabras.

Estaba a su merced. Se hablaba de él en el hospital y fuera del hospital (en aquella época, Praga, nerviosa, comunicaba las noticias acerca de quién había defraudado, quién había denunciado, quién había colaborado, con la extraordinaria rapidez de un tamtam africano), y él lo sabía pero no podía hacer nada por remediarlo. El mismo estaba sorprendido de lo insoportable que aquello le resultaba y de la sensación de pánico que le invadía. El interés que aquella gente sentía por él le resultaba tan desagradable como una aglomeración o como el contacto de la gente que nos arranca la ropa en nuestras pesadillas. Fue a ver al director y le comunicó que no escribiría nada.

El director apretó su mano con mucha mayor fuerza que otras veces y le dijo que había previsto esa decisión. Tomás dijo: —Señor director, quién sabe si no será posible que usted me mantenga aquí aunque yo no haga esa declaración —dándole a entender que sería suficiente que todos sus colegas amenazasen con presentar la dimisión en caso de que obligasen a Tomás a marcharse. Pero a nadie se le ocurrió amenazar con la dimisión y al cabo de un tiempo (el director le estrechó la mano aún con mayor fuerza que la vez anterior, le dejó marcas) Tomás tuvo que abandonar su puesto en el hospital. … .”

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