Por: SEGISFREDO INFANTE

            Amigos interesados en mis humildes textos, me preguntan a veces por libros de historia, filosofía y literatura. Me veo en la circunstancia de contestarles que en los actuales momentos “escribo a pura mollera”. Tal como Medardo Mejía redactó, basándose en su buena memoria de juventud, sus “Capítulos Provisionales sobre Paulino Valladares”, en Guatemala. La diferencia sustantiva es que mi memoria actual es borrosa o limitada.

            Bajo la aclaración anterior escribo este artículo recordando, vagamente, un comentario que le hice a una novela del subgénero policíaco-político, allá por el mes mayo de 1981, en el viejo periódico hondureño “El Cronista”. La novela se titula “El Leopardo de Piedra” (1975), del escritor británico Colin Forbes, cuyo nombre mencioné en mi artículo reciente sobre Agatha Christie. A varios escritores y guionistas británicos les gusta instalar a sus personajes novelísticos en París; y es posible que algunos novelistas franceses hayan ubicado a sus personajes en Londres. Es como un asunto de reciprocidad, de estar mano a mano entre los intelectuales de dos potencias que han sido amigas y rivales en el discurrir de los siglos. A veces más amigas que rivales.

            “El Leopardo de Piedra” (con un saborcito a lo Stefan Sweig en su obra biográfica sobre el tenebroso José Fouché), trata de anticipar acontecimientos políticos de Francia en los tiempos del presidente Giscard d’Estaing, con unos enredos policíacos en medio de la “Guerra Fría”. El sustituto del presidente Giscard habría de ser un hipotético Guy Auguste Florian, un personaje salido de la resistencia francesa anti-nazi, a la vez comprometido con los comunistas franceses y con el poder soviético. Sólo que nadie lo sabía; salvo el novelista Forbes, al punto de afirmar que después de Giscard habría de llegar a “Los Elíseos” un nuevo Charles De Gaulle, más peligroso que este último. Es de suponer que la antipatía de Colin Forbes hacia el viejo general francés, deriva del distanciamiento que exhibió el héroe megalómano de los franco-galos hacia el poder británico. Pero, sobre todo, por sus posturas independientes respecto de los Estados Unidos, por lo menos en materia monetaria. Aunque despertó suspicacias sobre una posible alianza con los soviéticos, el general Charles De Gaulle era un hombre de conciencia eminentemente occidental, con su propio estilo, y con sus virtudes y errores. Tan occidental como Winston Churchill.

            Guy Auguste Florian, el personaje central de la novela, es en el fondo el presidente Francois Mitterrand, quien sustituyó al presidente Giscard d’Estaing. Monsieur Mitterrand había militado en su juventud en un segmento de la extrema derecha. Pero al discurrir las décadas se decantó en favor de la izquierda socialista francesa. No comunista como insinúa Colin Forbes, en un afán de recrear suspenso. No hay que olvidar que cuando se publicó la novela faltaban seis años para las elecciones presidenciales ganadas por Mitterrand. La novela está proféticamente bien tramada, pero con algunos falseamientos históricos, propios de la narrativa y del “séptimo arte”. La verdad es que los llamados socialistas franceses han sido socialdemócratas, un poco parecidos a los demócrata-cristianos. Pero quien desconozca el distanciamiento drástico de la socialdemocracia europea respecto del marxismo-leninismo y de los totalitarismos en general, cometerá severos errores de apreciación. Incluso los comete Colin Forbes, un excelente novelista y un mal historiador. Que lo es (o lo era) para ganar efectos mercadológicos dramáticos con su obra. Al contrario de John le Carré, otro novelista británico del subgénero policíaco, poseedor de gran paciencia, laboriosidad y de satisfactoria credibilidad.

            Sin pretenderlo nos hemos aproximado a las puertas de la teoría de la novela histórica, muy controversial dicho sea de paso. Desde mi punto de vista una de las mejores novelas históricas (lo he dicho varias veces) es “El Nombre de la Rosa” del semiótico italiano Umberto Eco. Los hechos de fondo que Eco presenta, son muy reales. Pero los personajes son ficticios, tal como deben serlo en la auténtica novela histórica. Con el añadido diferencial que Umberto Eco le inyecta a su novela de estilo gótico, una trama policial “medievalista”, siguiendo algunos patrones del médico británico Arthur Conan Doyle, con su personaje favorito Sherlock Holmes.

            Volviendo a Colin Forbes con su “Leopardo de Piedra”, hay que reconocer que el hombre recrea un laberinto de situaciones políticas propias de la década del setenta y comienzos de los ochentas. Pero me parece que no supo diferenciar a los “socialistas” de los “comunistas”. Ahora mismo en América Latina se presentan confusiones de esta naturaleza, que son aprovechadas por los dirigentes neopopulistas, con unos planteamientos doctrinarios súper-mezclados. Por aquellos tiempos (1981), cuando todavía era un muchacho, yo sostenía la tesis que los europeos, fueran de izquierda o de derecha, en el fondo de los fondos eran socialdemócratas. Desde aquellos lejanos días hasta ahora, ¡¡cómo ha cambiado todo el orbe!! Se ha vuelto irreconocible para casi todos nosotros.

            Tegucigalpa, MDC, 17 de agosto del año 2020. (Publicado en el prestigioso diario “La Tribuna”, el domingo 23 de agosto del 2020, Pág. Siete). (Estos artículos también se reproducen en el diario digital catracho “En Alta Voz”, por decisión espontánea de los periodistas Mario Hernán Ramírez, Elsa Ramírez de Ramírez y Lourdes Ramírez).              

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