Rafael Delgado

Los expertos afirman que muchas cosas no serán igual, superada la pandemia del COVID-19. Dibujan un mundo en que habrá nuevas consideraciones en la manera de producir y consumir. Indudablemente que mucho de lo que se comenta tiene sentido en un mundo tan rico, pero a su vez con grandes carencias.
Sí, quizás algo tarde nos hemos dado cuenta de la necesidad de una convivencia más armónica con nuestro entorno natural al que no podemos seguir contaminando con la producción y el consumo irresponsable, ahora con esta crisis no debería quedar duda desde las políticas públicas de fortalecer los sistemas de previsión social que serán necesarios para enfrentar esos grandes desafíos globales. Resulta indignante saber de los adelantos de la ciencia y la tecnología que han logrado impulsar innovaciones sin precedentes, pero que a la vez la mayoría de la población de muchos países siguen vulnerables ante fenómenos naturales recurrentes y agravándose cada vez más o ante amenazas a la salud que se manifiestan con epidemias y pandemias.

Indudablemente que de las crisis debe aprenderse y la pandemia del COVID-19 no debería ser la excepción. Con diferencias de país a país, la pandemia encontró a los gobiernos y a sus economías ocupados en agendas que quizás pueden ser relevantes para los círculos del poder económico y político, pero no para la inmensa mayoría. Centroamérica y en especial Honduras son claros ejemplos de esa desorientación.

Para el caso, pese a que los altos índices de desempleo y subempleo han sido pavorosos en el país, los esfuerzos para construir mecanismos que puedan servir para paliar la caída en los ingresos de ese sector de la población se han quedado sumamente cortos. Caer en el desempleo incluso por períodos cortos es una desgracia para la mayoría de la población desprovista de un seguro de desempleo capaz de al menos paliar por un tiempo la ausencia de un ingreso por trabajo. Por lo anterior, es hora de implementar de manera generalizada un sistema previsional que se active para cualquier hondureño en caso de una situación de desempleo.

El sistema de salud es definitivamente el ejemplo más claro de ese monumental descuido de las cosas fundamentales de la gente. Para un gran porcentaje de la población el acceso a servicios oportunos y de calidad para tratar una enfermedad simple, no digamos para casos que requieren de un tratamiento largo y de hospitalización, están todavía sumamente lejanos. Las excusas de los gobernantes abundan desde el cínico argumento que en otros países es igual, hasta el punto de empezar a enumerar proyectos que en definitiva han sucumbido en las aguas de la corrupción y la negligencia que ellos mismos han fomentado. Es hora entonces de construir sobre bases sólidas un sistema al servicio de todos los hondureños.

El sistema de educación pública es otro segmento que ha pasado al olvido. Por ello fue primer sistema público que se rindió en la pandemia. Quizás lo perdamos de vista, pero son los niños de nuestros países el segmento de los más afectados por habérsele dado la espalda al fortalecimiento de la educación en el país. Hay que volver la mirada a los futuros ciudadanos y volcar los mejores recursos desde el presupuesto de la República para ellos.
Desde hace muchos años se viene planteando una reestructuración profunda del presupuesto general de la República, ponerlo al servicio de las prioridades nacionales en base a criterios sustentados y no a la conveniencia del gobernante, sus funcionarios y diputados que al final definen donde va la compensación social y el énfasis de la intervención pública sobre la base de las encuestas políticas y de lo que supuestamente le puede generar más simpatías entre sus allegados. Pero todas estas demandas y exigencias han caído en el vacío, ante gobernantes preocupados por su destino, más que en el de la gente. ¡Es hora que esto termine!

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