Luisa Agüero

“¡Si necesitas reguetón dale, sigue bailando mami no pare!!!!!!!” …La estridente música llega al nivel máximo de volumen y la letra palpita en mis tímpanos.  Está grabada en el cerebro. Ya me identifico con esa canción y mi pie derecho bambolea a su ritmo cada una de las 10 veces que mis vecinos la ponen en la radio y le hacen el coro. Nunca pensé vivir esa conexión disímil con un género que toda mi vida me pareció una ofensa para el oído.

Así me pregunto lo que puede hacer la Pandemia de Nuevo Coronavirus o Covid-19 con el gusto de alguien como yo, confinada por un toque de queda decretado por el gobierno de Juan Orlando Hernández hace tres meses para frenar la proliferación del virus que ya deja más de siete mil casos confirmados y 271 muertes, según cifras del Sistema Nacional de Gestión de Riesgo (SINAGER).

Del otro lado, la Pandemia deja, por ahora, a 500 mil personas desempleadas y a pequeñas y medianas empresas en quiebra, y la cifra sigue creciendo. Desde el Primero de Junio, las autoridades comenzaron con la apertura de la fragmentada economía, entre más incertidumbres de certezas y con un promedio de 100 casos positivos concentrados en los departamentos de Cortés y Francisco Morazán.

Panorama Crítico.  El Nuevo Covid-19 es la gota que “derramó el vaso” en una nación con un sistema de salud endeble y fracturada por crisis recurrentes.  Y si eso le parece poco, tenga en cuenta que, entre 2010 y 2018, el gobierno diluyó en su estrategia para la reducción de la pobreza unos 337 millones 179 mil 728.182 lempiras, sin lograr avances significativos en la erradicación de ese flagelo que agobia a la población hondureña en condiciones de desigualdad económica.

El Foro Social de la Deuda Externa y Desarrollo de Honduras (FOSDEH) destaca cifras sobre la reducción de la pobreza que no son tan halagadoras debido a que, en los últimos ocho años, las personas que viven en condiciones de pobreza llegaron a 656 mil. En la última década, el 60 por ciento de los hogares, es decir, 1 millón 732 mil 600, estaban en condiciones críticas.

 Para 2018 la situación de pobreza de los hondureños fue más alarmante. Según el informe, la población en condiciones de pobreza aumentó a 67%. Es implica que, de los nueve millones de habitantes, casi seis millones estaban en calamidad:  2.1 millones en pobreza relativa y 3.8 en pobreza extrema. 

Si en ese momento, los indicadores de subempleo estaban elevados. En este momento el panorama se vuelve gris. En 2010 habían 924 mil 688 personas subempleadas, y para 2018 esa cifra aumentó a 2 millones 570 mil 068 hondureños. Igualmente, en 2010 la cantidad de habitantes que ganaban menos de un salario mínimo eran 779 mil 675, y para 2018 dicho indicador se elevó a 1 millón 359 mil 357 compatriotas.

Victorino Carranza, presidente del Gremio de Microempresarios de la Zona Norte y empresario del rubro de la confección lamentó que el 95 por ciento de los pequeños talleres dedicados a la elaboración de prendas de ropa hayan bajado persianas

“El Gobierno no dice la verdad al hablar sobre reducción de la pobreza, ni de acceso a crédito, nosotros estamos navegando solos, aquí lo que se impone siempre es el tema político y el blindaje a los corruptos”, dice preocupado. Lo idóneo sería que el administrador del Estado que es el gobierno plantee una verdadera estrategia para la reducción de la pobreza y redirigirla a sectores olvidados. Además, reducir las desigualdades a través de una buena estructura tributaria.

“La progresividad fiscal se debe buscar no solo en la recaudación de impuestos, sino también en el gasto. Al final se terminan perdiendo bienes y servicios públicos y los convierten en privados; ese costo lo absorbe el poblador común y corriente”, señaló.

Su perspectiva es clara: “Esto es como tirar sal en el agua, esos gastos del gobierno no están focalizados en realidad al combate a la pobreza porque los costos de operación de la burocracia son demasiado altos», dice.  Para el caso, cuando van a entregar cinco bonos a un municipio pobre… se desplazan en carros blindados y con viáticos pagados que representan hasta tres veces más de lo que le dan a una persona al año, puntualiza.

Largo camino.  Por ahora, el temor es mi constante compañero y no he salido ni a la puerta de mi casa desde que el toque de queda absoluto comenzó. Vivo mi “encierro” y aún siento que deambulo por una frágil línea entre la ficción y la realidad.  Perdí la noción del tiempo y para mí ya sólo hay mañanas o noches.  La sensación es compartida por un segmento de la población. Otros, consideran que todo es una “exageración” y desestiman la prevención. Andan en la calle sin protección porque la necesidad los obliga, señalan.

Lo cierto es que la tranquilidad “forzada” en San Pedro Sula predomina por instantes. En mi entorno, solo se escucha el sonido de algunas aves que se posan en las partes altas de muros vecinos. Es el día 90 de mi encierro, después que la histeria se apoderara de miles de habitantes que se lanzaron a las calles para hacer compras en supermercados y farmacias, otros se aglomeraron en las estaciones de servicio para cargar combustible a pesar de no haber desabastecimiento.  No obstante, eso cambió para otros que ya están abriendo las ventanillas de sus negocios para atender domicilios y resurgir de las cenizas que les ha dejado la Pandemia de Covid-19.

En algunos lugares, el paisaje llegó a ser apocalíptico y la tensión aún se percibe en el ambiente de San Pedro Sula, sobre todo en los semáforos, cuando decenas de personas aprovechan el alto obligatorio para rodear los vehículos y gesticular con sus manos que les regalen algún billete para comer. En esta ciudad de la zona norte, epicentro de la Pandemia, grandes empresas y pequeños negocios, con un 20 por ciento de su personal, ya están volviendo a la “Nueva Normalidad” de una “apertura inteligente”, producto de la presión de grandes empresas al gobierno que finalmente cedió, pese a estar en un momento crítico con casos en crecimiento, afirman médicos de hospitales como el Seguro Social y el “Leonardo Martínez”.

Algunas personas circulan siempre por la ciudad con sus rostros cubiertos con mascarillas, otros escépticos dudan en tomar precauciones y aún no creen en los estragos de una pandemia que tiene al mundo “contra la pared” y que se ha sentido más en países de América Latina como el nuestro, cuyos deficientes sistemas son vulnerables para atender los requerimientos de una población desprevenida. Aquí, a nivel nacional para atender la emergencia sólo había 123 ventiladores de respiración asistida en las Unidades de Cuidados Intensivos de hospitales públicos y privados y una que otra donación.

Saturados servicios de salud están trabajando en jornadas maratónicas para cubrir la demanda, más allá de malestares que no dan la cara en análisis en primera instancia sino 14 días después, son esquivos padecimientos que no están destruyendo sólo a los adultos mayores. 398 jóvenes también han sido afectados por la Pandemia, de acuerdo a cifras de la Red de Instituciones Coiproden por los Derechos de la Niñez.  Hoy, después del encierro, me queda claro que más que nunca la gente está requiriendo de ayuda para soportar el estrés, la incomunicación y hasta el dolor de vivir.  Por ahora en mi ciudad y en mi barrio no se gesta la promesa de un Edén, pero sí de una esperanza donde todos debemos estar conscientes que, a pesar de cualquier crisis, siempre habrá un mejor porvenir.

El Coronavirus ya no es en este momento una prioridad del Estado, pero el camino por recorrer aún es largo y a los hondureños, aunque tenemos miedo al contagio, nos falta disciplina para seguir directrices desde nuestras casas y quizá algo de tiempo, de apoyo o de palabras porque no estamos hablando de lo que en verdad…. nos duele!

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