Por: SEGISFREDO INFANTE

            Es harto difícil creer y sostener este pensamiento cuando una persona padece de hambre continua o de alguna enfermedad crónica. Vivir sin techo y sin agua bajo las estrellas, es algo que hace estremecer las entrañas. Pero lo mismo le puede suceder a una nación entera que se sienta acorralada por una guerra asoladora; una hambruna general; un fenómeno natural inesperado; o la persecución genocida por motivos raciales o religiosos. Esto se encuentra registrado a lo largo y ancho de la “Historia” de la humanidad. Inclusive hay una película y un libro que relatan “Las horas más oscuras” de Inglaterra y Churchill frente al avance “indetenible” de los nazis, en el curso de la Segunda Guerra Mundial. Creo que esa sensación de oscuridad casi absoluta la experimentaron los dos hermanos Kennedy y sus allegados, en el contexto de la crisis de los misiles atómicos en el mes de octubre de 1962.

            A veces me resulta complicado explicar cómo la gente desconoce las circunstancias históricas que ocurrieron hace un siglo o tal vez pocos decenios, cuando incluso hay sobrevivientes de los sucesos terribles. Tal como el fenómeno de los totalitarismos extremos, el cual sigue fresco en las crónicas del siglo veinte. Pero hay personas que desean experimentar esos totalitarismos para poder hablar con “certeza”, porque quizás desconocen que ahí se pierde el derecho de hablar, de escribir, de publicar y de repente el derecho de pensar interiormente. Es más, tales personas confunden cualquier dictadura (de las que han existido en todos los siglos) con una dictadura totalitaria, absoluta. Hablan de “dictaduras fascistas” sin tener la menor idea qué cosa es el fascismo clásico, porque ni siquiera lo han estudiado. Tampoco conocen nada de la personalidad histriónica, desalmada, demagógica y de sátiro descarado del totalitario fascista Benito Mussolini. En aquel contexto histórico europeo era casi imposible pensar por cuenta propia. Pero que nadie se haga ilusiones, pues aquí va incluida la siniestra dictadura totalitaria (“marxista-leninista-estalinista”) de Joseph Stalin, cuando fueron destruidas muchísimas iglesias y sinagogas; y los poetas tenían que escribir la poesía más o menos aceptable para aquel dictador supremo y grisáceo. Nada de poesía lírica intimista o poesía interiorista. Mucho menos litúrgica. Pero si alguien desea poner en cuestión nuestras informaciones, le sugerimos que se vaya a vivir a Corea del Norte, en donde todavía prevalece una dictadura de tipo estalinista, y en donde los verdaderos intelectuales son en verdad inexistentes; y a los cristianos ni siquiera se les deja respirar, en tanto que subsisten en una subespecie de nueva catacumba. (Hay unos trescientos mil coreanos disidentes “asilados” en China Popular, coexistiendo con el riesgo gigantesco que los devuelvan a Corea del Norte).

Resulta disculpable que la gente desconozca los sucesos históricos, en forma imparcial, escenificados desde el siglo diecinueve de nuestra era común, hacia atrás en el tiempo, hasta llegar a los orígenes de los geniales sumerios y egipcios, quienes inventaron por primera vez los números y la escritura, para sus registros contables, literarios, cosmogónicos, políticos y litúrgicos. Esta ignorancia es disculpable por el bajísimo nivel en los estudios de la asignatura “cultura universal”, algo que se ha olvidado enseñar en las aulas de secundaria y en muchas universidades de todo el planeta, por causa de las ideologías rígidas, del pragmatismo y del utilitarismo extremo. Muy poca gente sabe, por ejemplo, las cosas horribles que ocurrieron durante “la peste negra” o “bubónica” durante cinco años aproximados, entre 1347 y 1352. Me parece que no ha llegado ningún libro de un investigador europeo a Honduras, que haga un recorrido histórico minucioso por aquel momento tenebroso de la humanidad, que permita al mismo tiempo realizar una reflexión filosófica sosegada, que arroje luces sobre la sobrevivencia humana en circunstancias de absoluta contrariedad entre diferentes grupos que coexistieron, a duras penas, hace siete siglos aproximados. (Ver mi artículo “Siniestro bubónico”, en LA TRIBUNA del 15 de marzo del año 2020).

            Los hombres realmente sabios de la antigüedad enseñaron, bajo enorme presión de subsistencia individual y colectiva, que “hasta en los tiempos más oscuros se oculta la luz”, es decir, la Luz de la Esperanza. La idea se ha vulgarizado, en nuestros días, con aquello que aparece una luz al final del túnel. Aparte de los sabios del “Cercano Oriente”, el filósofo Platón elaboró “el mito de la caverna”, en donde ciertos hombres se encuentran amarrados e inmovilizados dentro de una cueva, a la par de una especie de muro que se localiza a sus espaldas, desde donde llega el resplandor de algo parecido tal vez a una hoguera, a partir de la cual pueden identificar las sombras que representan a otros seres humanos. Desde este mito platónico se comprende que el “Hombre” un día podrá salir hacia la luz verdadera. Esto incluye al hombre promedio de la sociedad hondureña.

            Tegucigalpa, MDC, 18 de octubre del año 2020. (Publicado en el prestigioso diario “La Tribuna” de Tegucigalpa, el jueves 22 de octubre del 2020, Pág. Cinco). (Se reproduce, también, en el diario digital hondureño “En Alta Voz”).

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