Juan Ramón Martínez
No hay duda que los tres hombres más peligrosos de la vida política son Mel, Redondo y Roosevelt Hernández. Mel, por su afición a los albures de los procesos, los retos de la vida y las suertes de “chiviador” para enfrentar las realidades que, sin buscar resultados, porque es un provocador. Que encuentra en los procesos y en los conflictos seguridad y placer. No quiere arreglos. Busca todo; o la pelea contante, construyendo realidades y usando el lenguaje para inventar credibilidades y certezas.
Redondo es más corriente. Más afectado por el resentimiento. Dolido porque no se le reconocen los éxitos; y que pocos aplauden. Porque tras ellos haya evidentes faltas de buenas intenciones. Es el típico ladino; falso, distante y engañoso que no perdona el rechazo. El que no lo hayan reelegido en Cortes –pese a sus “méritos”— le ha provocado una caída en el resentimiento, en el ejercicio rencoroso de la memoria; y el disgusto altanero. Propio venganzas irremediables. Nadie le muestra agrado. Se le atribuye las culpas, mientras al hijo de la Finca los Horcones, sonriente y querido, le disculpan las bromas y su forma cínica de disimular sus responsabilidades.
Roosevelt Hernández es en cambio, un hombre humilde que encontró en las FFAA una forma acelerada de ascenso social y económico. Que aprendió que el que camina más rápido y toca primero, gana la piñata. Hombre simple, que sin saber, pegó de bruces con las enseñanzas de Maquiavelo que privilegia al oportunista, celebra al listo; y “santifica” al anticipado que aprovecha las oportunidades para su beneficio y la pandilla que pertenece. Poco imaginativo y muy ingenuo. Creíamos que su lealtad a Mel era en pago porque le había salvado la vida. Xiomara ha confesado que es porque le evitaron que los gringos lo extraditaron por su participación en acciones vinculadas con el tránsito de narcóticos por Honduras. Los historiadores que estudien su caso, descubrirán cosas que ignoramos sus contemporáneos.
Los tres son los políticos más dañinos de los últimos cincuenta años. Mel el más mentiroso. Redondo el más hipócrita, con menos capacidad de los tres. Mel el de mejor lenguaje, construye relatos; e inventa realidades y se siente listo. Su defecto –más notorio en Redondo y Hernández— es que necesita legitimidad externa, el aplauso superior; y el reconocimiento. Mel surgió de los halagos de Fidel, Chávez y Maduro.
Redondo más local se conforma con los aplausos de Mel y Xiomara. Tiene una característica: irrespeta al que le sirve. Privilegia a los machos alfa. Ello explica su irrespeto hacia Nasralla que lo saco del anonimato; y lo llevo al poder y a la riqueza. Pero lo menosprecia y por razones sexuales, no lo acepta como el hombre ideal. Ese lugar lo ocupa Mel: caudillo insuperable.
Mel es más espontaneo y creativo. Sin lecturas –con problemas disléxicos y episodios de mudez– tiene talento. Escucha una frase, una oración inteligible; y la repite. A Fidel le gustaba mucho. Bromista. A Chávez le caía bien. Maduro lo admira por espontaneo y franco. Es un tímido. Le tiene miedo a la cárcel. No le gusta que le recuerden sus debilidades intelectuales; y más a los que quieren enseñarle. Al único que acepta –esperando una estocada- es a Carlos Flores. Admira sus poses aristocráticas, sus expresiones floridas; y sus tonos imitando a Rodas Alvarado.
Redondo es desafortunado. No tiene pupitre. Conoce poco de derecho inevitable para un legislador. Cae en las trampas de Mel y los engaños de sus asesores. Sus errores de conducción –incluso sus maldades– parecen infantiles. Lo tienen engañado los pillos del barrio que le quitan el trompo.
Hernández, es el burócrata. Esclavo de los manuales. Es el malo institucional. Hombre de pandillas, de lucha por los ascensos y peleas fieras por cargos, que usa para comprar afectos y lealtades. Su problema es que no opera como político en la política. Por ello al final, termina convertido en un simple mandadero –bien pagado eso sí- que solo el uniforme le levanta de estatura y le da prestigio; pero una vez que se lo quita se siente disminuido y convertido en un anodino mandadero al que Xiomara que no protege siquiera escondiendo sus íntimos secretos.
Los tres están unidos por el egoísmo de sentirse importantes. Por su falta de vocación de servicio público y por la condición de ser los más peligrosos de la historia reciente de Honduras. Por eso muchos quieren que se los lleven a Nueva York.

