Por Mario Hernán Ramírez

La primera mitad del siglo XX fue una época prodigiosa, en la que, los que tuvimos la agradable oportunidad de vivirla, hoy, con alguna nostalgia traemos a la mente los recuerdos de aquellos inolvidables días, para el caso, en los años 40´s y sucesivas décadas, era común y corriente ver por las estrechas y polvorientas calles de Tegucigalpa y Comayagüela, a numerosas personas, hombres y mujeres solicitando una limosna – por el amor de Dios-. Y el día sábado, ese panorama se observaba en mayor cantidad de gente, porque eran caravanas de tales menesterosos que recorrían los principales centros comerciales e industriales de aquella época.

Por ejemplo, en Tegucigalpa, los principales comercios eran La Casa Uhler, Quinchon León y Compañía, Casa Quán, Emilio Hándal, La Moda de París y el Louvre; el Aubon Marché, La Urbana, Bazar América, Casa Farah – Farach, Casa Soto, Rivera y Compañía, Casa Blanca, El Palacio de Cristal, Almacén La Cubana (Los dos toros), El Maxim, Toño Rosa, Cantero, Larach y Compañía, Bazar Buenos Aires, Alex E. Garnier, El Capitolio, Bazar Jerusalén,  Bazar Colón, El Mundo Elegante, Bazar Unión, Ciudad Roma, Bazar Los Andes, La Esperanza, Almacén Acapulco, Honduras Eléctrica, Casa Singer, Jorge Mahomar, Salvador Shacjer, Canal Street, Luis Cafie y Cía, El Pequeño Despacho, La Giralda, La Botonia, Bazar de Carlos Zarruk, Almacén México Lindo, La Bola de Oro (La Reina), Elías Salamé, R.C.A. Víctor (Francisco J. Jones) y otros de similar menor o mayor categoría; negocios que semanalmente colocaban junto a la caja o registradora “puchos” de monedas de a uno y dos centavos, con los cuales aliviaban las necesidades de aquella gente, pues como dice el refrán – muchos pocos hacen un mucho-, – y de grano en grano se llena el buche, la gallina -, ya que su jornada era sabatina, aunque los restantes días de la semana, también, abundaban este tipo de gente pidiendo un bocado en restaurantes y comedores de por aquél entonces.

Hace muchos años llegó a Honduras, en la época de oro del cine mexicano una de las más cotizadas películas de la pantalla grande con el sugestivo nombre “Que Dios se lo pague”, cuyo protagonista fue el afamado actor Arturo de Córdova, secundado por la bellísima Elsa Aguirre, película que hizo furor, por cuanto, Córdova en el día era un pordiosero harapiento, peludo y semi descalzo, el cual recorría la ciudad de  México, de extremo a extremo, solicitando una moneda, con lo cual logró acumular una gran fortuna, la que disfrutaba por las noches, con lo más selecto y granado de la sociedad mexicana con Champagne, Wiski y manjares a cual más gustosos.

En cambio, aquí en Tegucigalpa, hubo una anciana con similar actividad, la que contaban, era propietaria de varias cuarterillas, tanto en Comayagüela como en Tegucigalpa, sobre todo en el sector del Hospital San Felipe y el barrio Pueblo Nuevo; madre de tres o cuatro hijos, quienes cuando crecieron le reprochaban su actitud de pordiosera, empero, de esa manera ella había logrado afianzar su existencia y la de los suyos, por lo que jamás sus herederos lograron el propósito hasta que ella falleció.

Fue precisamente, en ese tiempo, cuando de 1943 a 1948, el gobierno de don Tiburcio decidió construir lo que se llamó “Asilo para Indigentes”, anexo al Hospital San Felipe, edificio que había sido levantado por los reos de la PC – Penitenciaría Central y los muchachos internos de la Escuela Vocacional Marcos Carías Reyes, en ese mismo centro penitenciario. En ese albergue fueron ubicados, la mayoría de aquellos hombres y mujeres que tenían la costumbre de pedir, dejando tal menester, solamente a los carentes del sentido de la vista, quienes con una campanita y auxiliados por un bastón, anunciaban su presencia en cualquier lugar; sin embargo, esto también cambió cuando la inolvidable Pilarcita Salinas, en 1948 y en el barrio La  Ronda de Tegucigalpa fundó el primer centro para no videntes de Honduras, en el cual también funcionaba una escuela en la que aprendían a leer y escribir los niños y adolescentes, bajo el sistema braille, institución, que, al igual que el asilo para indigentes, aun funcionan en esta metrópoli, precisamente al final de la avenida La Paz, o sea a inmediaciones de la estatua ecuestre de  Simón Bolívar.

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