He sido un hombre de libros, periódicos, revistas y archivos polvorientos, hasta donde ha sido posible. El resurgimiento de los padecimientos asmáticos, hace más de veinte años, me ha obligado a distanciarme de los queridos archivos. Y ahora mismo es difícil meterme a buscar información impresa, sólida, con mascarillas que generan una sensación de asfixia. Sin embargo, hasta cuando Dios lo permita, continuaré en la búsqueda del pensamiento sobrio y de nuevos conocimientos, algunos quizás tardíos, pero que al final de la tarde son también conocimientos. Guillermo Hegel se quejaba en sus años de madurez que “la filosofía siempre llega de todas maneras demasiado tarde”.

            En todo caso debo recurrir a mi memoria, varias veces deleznable. En algún momento tuve la oportunidad de observar entre diez y quince tomos del “Plan Nacional de Desarrollo” que fue elaborado durante la primera mitad de la década del setenta del siglo pasado, bajo un gobierno de militares reformistas. Aquellos volúmenes parecían abandonados, junto a otros documentos “viejos”, dentro de un contenedor de una oficina estatal. Creo que nadie se acordaba de esos objetos impresos. O por lo menos nadie deseaba acordarse. El espectáculo del abandono documental me provocó tristeza, bajo la consideración que desde mi humilde punto de vista aquel fue el segundo gran intento por transformar económica y socialmente a Honduras, desde los tiempos de la reforma liberal, romántica y utilitaria, de Marco Aurelio Soto y Ramón Rosa. Quizás nunca sepamos el paradero de aquellos tomos polvorientos del “Plan Nacional de Desarrollo” trunco, incluyendo su reforma agraria de tipo capitalista. Por suerte el doctor Manlio Martínez Cantor elaboró un resumen sintético de aquella singular experiencia que nosotros publicamos en forma de libro en la vieja Editorial Universitaria de la UNAH.

            Si se hubiese ejecutado el “Plan Nacional de Desarrollo” tal como fue concebido originalmente, Honduras hubiese despegado, cuando menos en términos agroindustriales y agroexportadores, y otro gallo estaría cantando sobre nuestros solares baldíos, que hoy siguen exhibiéndose como latifundios y minifundios improductivos. Sin embargo, nunca es demasiado tarde para soñar con una Honduras superior, siempre y cuando las diversas fuerzas políticas, sociales y empresariales se pongan de común acuerdo sobre algunos tres o cuatro puntos capitales, tal como lo he expresado en distintos artículos en el curso de varias décadas.

            Las actuales circunstancias son harto difíciles, por sucesos que todos conocemos; pero debemos ponernos de acuerdo para liberarnos del círculo vicioso de la miseria, sobre el cual hemos seguido patinando desde finales de la década del setenta. La miseria se expresa principalmente en los ámbitos económicos y espirituales; inclusive en los lenguajes groseros de ciertos políticos megalómanos que sólo piensan en ellos, y que además irrespetan a personas que nunca les han inferido ningún daño concreto. No digamos a los otros políticos que se atraviesan en sus vidriosos caminos. Si como sociedad nacional estuviéramos convencidos que debemos superar la miseria a todo trance, buscaríamos los puntos de empalme al margen de las diferencias coyunturales. Es decir, trataríamos de superar aquellos problemas estructurales de fondo, para hacer de Honduras un país moderno en donde tengan cabida los hombres y mujeres más talentosos, por muy humildes o autónomos que sean sus currículos; o sus orígenes.

            Desde hace unas tres décadas he venido sugiriendo que ampliemos el aparato productivo nacional, que básicamente se constriñe al corredor económico norte-sur, dibujando un “L” invertida, que viene desde La Ceiba hasta llegar a Choluteca. El resto del país, en las zonas oriental y occidental, sobrevive gracias a la caficultura; a los bicultivos de maíz y frijoles; y a otros productos ocasionales como la langosta y las hortalizas. En fechas recientes se experimenta con “tilapia”. Pero cuando hay una mala cosecha de frijoles, nuestros paisanos deciden viajar de “mojados” hacia la Metrópoli del Norte, con financiamientos que predominantemente provienen del exterior.

            Alguien podría opinar que este no es el momento apropiado para hablar de un posible “despegue” material y espiritual. Y estaríamos de acuerdo hasta cierto punto, en tanto que todavía hay muchísimas personas en estado de “salvamento”, y algunos hospitales públicos congestionados por lo que ya todos sabemos. Pero salir de la miseria colectiva debe convertirse en un imperativo moral (kantiano) para todos los hondureños, al margen de las diferencias de diversa índole.

            Sin olvidar en ningún momento el capítulo de la caficultura y la necesidad de diversificar la producción agrícola, los empresarios deben ponerle pensamiento al asunto de la maquila. Con el geógrafo Carlos Héctor Sabillón hemos conversado que los parques industriales deben instalarse sobre terrenos “no inundables”. Sabillón sugiere el valle de Amarateca. Nosotros añadiríamos el valle seco de Quimistán y otros parecidos. Por de pronto solamente sugerimos una nueva aproximación al escabroso asunto.

            Tegucigalpa, MDC, 17 de enero del año 2021. (Publicado en el prestigioso diario “La Tribuna” de Tegucigalpa, el jueves 21 de enero del 2021, Pág. Cinco). (Se reproduce, igualmente, en el diario digital catracho “En Alta Voz”).

 175 total views,  1 views today

Dejar una respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here