Por Mario Hernán Ramírez

Según los vientos que soplan, un sombrío panorama parece que nos acecha a los hombres y mujeres que hemos logrado traspasar la frontera de los ochenta años, ya que los pronósticos de algunos trasnochados esquizofrénicos están vaticinando horripilantes acontecimientos en perjuicio de ese gran segmento de la humanidad al que podemos llamar “vejentud”.

Hace algunos años, una desalmada e influyente dama del mundo de las finanzas, cuya edad ya se aproxima a las siete décadas, flagrantemente sorprendió a la humanidad misma con insólitas declaraciones que pusieron al desnudo su imprudencia, insensatez e inhumanidad de que está revestida, al declarar que la población se está llenando de viejos y que hay que detener esa corriente nociva para el desarrollo mismo de los pueblos. La señora del relato, abandonó el relevante cargo que se le había confiado y en premio a sus mal hadadas y ridículas expresiones de discriminación, hoy día ocupa otro importante cargo dentro de la banca europea.

Pero, el asunto no termina ahí. Ahora, han surgido nuevos agoreros, uno de corte norteamericano y el otro de estirpe japonesa.

Este fenómeno está conmoviendo al mundo entero, por cuanto, desde que la humanidad existe, a las personas de mayor edad siempre se les ha tributado un trato muy especial, a tal extremo, que en algunos países es tal la reverencia, admiración y gratitud hacia los individuos longevos, que funcionan los llamados consejos de ancianos o ancianos estadistas, con lo que se premia la austeridad, sacrificio e influencia que estas personas han ejercido en beneficio de la colectividad a la que pertenecen, durante toda su existencia; incluso, a algunos se les conoce como patriarcas, en señal de absoluto respeto y entero reconocimiento.

Pero, el tranvía de la oscuridad, parece transitar con su cargamento de ancianos hacia el cadalso, más bien el holocausto que los nazis fascistas practicaron en su momento durante la II Guerra Mundial, irrespetando totalmente el sagrado derecho a la vida que, desde que asomamos al mundo nos asiste por derecho propio.

Eso es lo que presentimos según las declaraciones del señor Vicegobernador de Texas, Dan Patrick, cuando declara que los abuelos estamos dispuestos a sacrificar nuestras vidas para salvar a hijos y nietos. Eso es absolutamente incierto, porque el tal coronavirus no está respetando edades, ni condiciones sociales de ninguna especie, simplemente está arrasando con mundo raimundo y medio mundo.

Pero, la situación continúa, cuando desde el imperio del Sol Naciente, un alto funcionario de las finanzas niponas ha dejado escuchar su voz cantante, tratando de hacer conciencia dentro de los entes que dominan la economía mundial, para que los ancianos, desparezcamos, también, del globo terráqueo, un atrevimiento sin precedentes en la historia de la humanidad, máxime cuando proviene de un país en el que siempre, siempre, siempre se le ha rendido pleitesía y veneración a los hombres y mujeres de mayor edad, de tal manera, que el jefe espiritual de ese imperio el recordado emperador Hirohito falleció en medio de los más altos cuidados de la ciencia médica a la respetable edad de 88 años y su memoria y su herencia siguen siendo sagrados para los 128 millones de japoneses que integran ese archipiélago del pacífico asiático.

En Honduras, existen entes encargados de vigilar la salud y sobrevivencia de jóvenes y ancianos, generalmente orientados al sector público, como Injupemp, Imprema, IPM, y así, sucesivamente, los empleados de algunas organizaciones autónomas y no autónomas han creado sus institutos de previsión social con el solo propósito de garantizar la sobrevivencia de quienes andando el tiempo comienzan a peinar canas y a perder fuerzas, situación, que es bienvenida, ya que la misma ha dado lugar a que los sindicatos, organizaciones campesinas y de otra índole hallan comenzado también a hacer lo propio, para tener alguna garantía durante su vejez; el Instituto Hondureño de Seguridad Social (IHSS) acoge en su gran mayoría a este tipo de población y sus resultados son óptimos, por lo que, sería infamante, inhumano y degradante pretender destruir lo que  con tanto sacrificio se ha logrado construir, precisamente, para evitarle mayores cargas al estado cuando el individuo llega a esa edad.

Finalmente, es preciso recordar, que en la mayor parte de los hogares donde reside un anciano, existe lo que se llama una bendición, por cuanto, esta persona es objeto de las más dulces y tiernas atenciones, tanto en su alimentación, vestuario, medicación e inclusión distracción, considerando esto como un deber y una obligación ineludibles, por mandato supremo del Creador del Universo.

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