Por: SEGISFREDO INFANTE

Hace algunos años propuse en este mismo espacio, la creación de un “Instituto de Instrucción Política” para formar a los cuadros hondureños metidos en el ajo de la política y del desarrollo, sin importar a qué “facción” pertenecieran originariamente. Como he tenido experiencia directa y concreta en el tema de cursos de capacitación, siempre me ha parecido, bajo una noción futurista, que la verdadera articulación política y filosófica de los jóvenes adolescentes debiera ser autónoma. Esto es, extramuros de los partidos políticos y de otras instituciones conocidas.

            Un querido y respetado amigo, que reside en algún punto de Estados Unidos, me sugirió la semana pasada que en Honduras (y yo agregaría que en el mundo entero) se necesita “comenzar a formar nuevas generaciones de políticos”. Añadió que “Hay que comenzar una escuelita de peripatéticos. Hacer un programa de formación; invitar maestros voluntarios y que sea abierta a todos los que quieran recibir las enseñanzas. Habrá muchos interesados y al final podría salir un buen grupo que nos devuelva la esperanza.”  (Claro, más o menos después de la pandemia).

            Con los mensajes del amigo, a propósito del artículo “El genio de la República, llamado Platón”, publicado aquí en LA TRIBUNA, he recordado detalles. Uno de ellos es sobre la eficacia que, en los “peripatos” del Liceo, emanaba de Aristóteles, pedagógicamente casi insuperable. El mismo Albert Einstein utilizó en algún momento el método de enseñar mientras caminaba con sus alumnos, motivo por el cual me parece que lo despidieron de un centro de enseñanza “moderna” de Alemania o Suiza. No estoy muy seguro de cuál de los dos países. También recordé que Aristóteles había ingresado a la “Academia” de Platón a la edad de diecisiete años, en donde nadie ponía exámenes ni exigía tareas abrumadoras. Simplemente había que estar ahí, en forma permanente, recibiendo la “ágrafa dógmata”, es decir, las lecciones privadas de Platón, lo mismo que los discursos más abiertos al público. Durante dieciocho o veinte años estuvo Aristóteles aprendiendo la gran Filosofía y a clasificar plantas y animales, en la Academia libre pero rigurosa de su nunca olvidado maestro.

            También he recordado mi propuesta de organizar un “Consejo Estatal de Ancianos” que sea financiado por el Estado y la empresa privada; pero que al mismo tiempo funcione de manera autónoma. Este “Consejo de Siete Ancianos” podría tutelar la Academia política y filosófica de la cual estamos hablando. Con mi amigo que vive en USA, coincidimos en el concepto de perentoriedad de tal autonomía. Porque de lo contrario alguien querría imponer una ideología cortoplacista cargada de ponzoña, de venganza, de resentimientos sociales y de intereses políticos inmediatistas. Inclusive cargada de formalismos curriculares, ajenos a la política real y a la más genuina Filosofía, tal como la predicaban Sócrates y Hans-Georg Gadamer, por mencionar dos nombres.

            Es casi incuestionable que una nueva clase política hondureña (y mundial) deviene obligada a conocer la vida y el discurso mayéutico, o inductivo, de Sócrates. Algunos textos de Platón son indispensables. En la esfera personal me resulta inconcebible que alguien metido en la política nunca haya leído cuando menos la “Apología de Sócrates”, transcrita por el joven Platón. Seguidamente debe estudiarse, minuciosamente, toda la “República” y su dialéctica, a fin de evitar unilateralismos interpretativos, pues dos o tres interlocutores sofistas, muy sutiles por cierto, sugieren que el Estado y las leyes deben estar al servicio de los más fuertes, con lo cual pretenden contradecir el principio de justicia y de virtud para toda la comunidad de que se trate. Porque la esencia de la justicia, desde la perspectiva platónica, es evitar que los hombres se hagan daño unos a otros. Aquí conviene recordar que los teóricos del anti-historicismo le achacan a Platón ideas que jamás pasaron por el cerebro del filósofo. No existe ninguna propuesta proto-totalitaria en su visión de conjunto, que es dialéctica, dicho sea de paso, pues Platón es el inventor de la dialéctica como método unificador de lo múltiple. Es más, Platón detestaba a los “tiranos”, vinieran de donde vinieren, ya que ejercían las peores formas de gobierno.  

            A la Academia de política se le debe sumar necesariamente la filosofía, pues a falta de esta última, los quehaceres políticos cojean; o se vuelven vulgares y mayormente estériles, con visiones utilitarias de corto plazo. Puede haber política para sí misma. Pero nunca será verdadera política preocupada por el bienestar de la “polis” en sí, es decir, de la ciudad o el Estado. También mis amigos del “Círculo Universal de Tegucigalpa Kurt Gödel” han opinado sobre estos asuntos, con visiones éticas desinteresadas.

            En el renglón de las lecturas inevitables se deben añadir la “Política” de Aristóteles; la “Historia de la Guerra del Peloponeso” de Tucídides; y “El Espíritu de las Leyes” del Barón de Montesquieu. Todo para neutralizar los extremismos en las acciones impolíticas, y evitar los excesos del lenguaje lumpesco y macabro.  

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