Por: Segisfredo Infante

Hará un par de semanas que me topé con las “Obras Selectas de Edgar Allan Poe”, editadas en México, en un solo volumen, el año de 1976. Estaba muy joven cuando leí este libro por primera vez. Durante décadas desapareció de mi vista, como si unas entidades de un submundo borgeano hubiesen salido, a media noche, a realizar travesuras y a esconderme esta joya literaria. No lo podía creer. Pues en el curso de los años he comprado distintas ediciones de las obras narrativas y poéticas de este escritor estadounidense, como para subsanar la herida de haber “perdido” mi edición favorita, lujosa, sea dicho de paso.

Al hojear este viejo libro han retornado mis nostalgias. Me doy por enterado que en aquellos días, que ya se escaparon de mis manos, leí cada página y cada palabra, las cuales disfruté al máximo, en aquel momento. No por la fama previa de un escritor que ejerció grandes influencias sobre nuevas generaciones de escritores como Charles Baudelaire y los grandes poetas simbolistas o decadentistas franceses. Sino porque me fascinó el estilo de composición de Edgar Allan Poe, la trama de sus cuentos y el trasfondo psicológico de su obra con perfiles góticos. Creo que con la única persona que pude conversar sobre estos cuentos, fue con Roque Ochoa Hidalgo. Nada más.

Pero ocurre que al transcurrir varios años el libro se desapareció de mi vista y de mis anaqueles. Ahora que lo reencuentro y lo hojeo reaparece también, en medio de sus páginas amarillentas, un boleto aéreo de “Tan Sahsa”, de ida y regreso a México D.F., que una persona muy especial me había obsequiado. Oportunidad que fue desaprovechada al extraviarse el libro y el boleto. Pasaron unas décadas hasta que el embajador don Tarcisio Navarrete me ofreció un viaje a México con el fin de pronunciar conferencias relacionadas con algún bicentenario. O algo por el estilo. Pero frente a esa segunda oportunidad gratuita se dejó venir la crisis política de los años 2008 y 2009, y el proyecto se vino también a pique. “Cosas veredes Sancho amigo”.

El caso es que estoy contento por la reaparición de este solo volumen, con una portada en donde se empalman un gato y un cuervo negros. Observo el daguerrotipo de Allan Poe, y percibo que era un hombre joven de frente despejada y mirada de martirio. Más que de narrador y poeta pareciera el rostro de cierto “filósofo” existencialista. Y es que acerca del “Arte” especulativo de la Grecia clásica, algo sabía este literato estadounidense. Tal conocimiento lo podemos prorratear en algunos de sus cuentos.

Allan Poe es importante para la literatura universal, entre otras razones por ser el creador del subgénero policíaco, y sistematizador de la narrativa gótica. En el caso de Honduras el escritor estadounidense ejerció influencia innegable sobre Froylán Turcios y Juan Ramón Molina, tanto en la poesía como en la prosa. La atmósfera y el trasfondo de varios de los “Cuentos del Amor y de la Muerte” de Froylán Turcios, es una evidencia de lo que hemos afirmado en el pasado y seguimos afirmando, y respecto de lo cual hemos conversado con José Antonio Funes, el ensayista que más ha sistematizado y profundizado en la vida y en la obra del escritor olanchano, un personaje modelo, en lo ético y en lo estético, de lo que debiera ser el hondureño promedio y la hondureñidad, como una aspiración cuasi utópica de aquellos que todavía amamos a este país.

No parecía estadounidense. Edgar Allan Poe semejaba un europeo. De ahí quizás su influencia retroalimentaria sobre la literatura del “Viejo Mundo”. Digo esto porque el escritor estadounidense por antonomasia, según mi modesta opinión, ha sido Walt Whitman con sus “Hojas de Hierba” democrática. Es más, hay una traducción bellísima del inglés al español de una parte de la obra de Whitman. Me refiero a “Canto a mí mismo”, que tradujo el formidable poeta español León Felipe, quien se convirtió en amigo personal de la hondureña Clementina Suárez.

Edgar Allan Poe nunca se hizo cuestión, a sí mismo, si acaso su pensamiento literario debería ser autóctono o ser europeísta o universalista. Simplemente escribió como le gustaba escribir, amalgamando lo mejor de la tradición occidental. Me refiero a la tradición literaria. Es posible que algunos lo hayan señalado, despectivamente, como un antecesor de los “decadentistas”. El gran problema es que el “movimiento decadentista” europeo y latinoamericano parió a los mejores poetas y narradores de finales del siglo diecinueve y primeras décadas del veinte.

Al hojear las páginas de este volumen me encuentro con algunos de mis cuentos y relatos favoritos: “La Barrica de Amontillado”, “El Pozo y el Péndulo”, “El Escarabajo de Oro” y otros de alto quilataje. Reconfirmo que Jorge Luis Borges estaba severamente influido por las tramas y el lenguaje de Edgar Allan Poe.

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