Por: Segisfredo Infante

En momentos distantes, unos de otros, publiqué un par de artículos (o quizás más) sugiriendo que Honduras debiera organizar un buen “lobby” mundial permanente a fin de abordar y negociar en las grandes metrópolis sus problemas económicos y políticos más sensitivos. Creo que la única vez que se organizó un equipo multidisciplinario de negociadores con personas de distintos niveles, fue en el momento de discutir el “Tratado de Libre Comercio” entre Estados Unidos, Centroamérica y República Dominicana. Antes de esta experiencia en Honduras existió un grupo de intelectuales expertos en temas territoriales y fronterizos con el objeto de ventilarlos en la Corte Internacional de Justicia, en La Haya, en los Países Bajos. Recuerdo, entre otros, los nombres de Ramón Ernesto Cruz, Pedro Pineda Madrid, Mario Felipe Martínez y Julio Rodríguez Ayestas. De aquel excelente equipo me parece que solo sobrevive Carlos López Contreras.

Como se presume que nuestro socio principal es Estados Unidos, debiera existir una comisión estatal y privada, permanente, con el objeto de realizar estudios históricos y políticos de Honduras respecto de los Estados Unidos y de sus variaciones en el curso de los siglos diecinueve, veinte y parte del veintiuno. Es una pena que lo único que hipotéticamente se conoce son los acontecimientos de los últimos once años. De ahí para atrás parece que la historia nunca hubiese existido. Ni en una dirección ni en otra.

Tampoco conocemos, ni superficial ni profundamente, las cosas que en verdad ocurren y han ocurrido en la región centroamericana, a pesar que en algún momento fuimos una República Federal, creada por José Cecilio del Valle y Pedro Molina. Poco sabemos de los salvadoreños; y ellos poco saben de nosotros. Excepto que a veces se alza la Isla Conejo en el Golfo de Fonseca. Un buen amigo extranjero que pernocta en América del Sur, sugería que el problema tiene dos caras, de donde deriva la siguiente pregunta: “¿Qué tanto el mundo conoce a Honduras?”.

Dadas las avalanchas de una globalización comercial y financiera muy poco simpática, en uno de los artículos aludidos sugerí crear otra comisión de altos estudios para aproximarnos al conocimiento histórico y cultural de países como China Popular, Japón, Taiwán, India, Corea, Indochina y otras partes del Lejano Oriente. No debemos ser sorprendidos con informaciones y desinformaciones de última hora. En los mismos Estados Unidos los expertos nunca terminaron de comprender ni la retórica pública, ni los verdaderos mensajes enviados, y mucho menos las interioridades de la clase dirigente china, hasta que llegó Henry Kissinger a entrevistarse con Chou Enlai. Creo que otro tanto les ocurrió con la vieja Unión Soviética. Todo por analizar sólo los efectos. No las causas de los fenómenos que se escapan de las manos y de la comprensión de corto plazo.

Tengo un libro titulado “América Latina y Estados Unidos: Historia y política país por país”, de James D. Cockcroft, cuya primera edición en inglés es de mediados de la década del noventa del siglo veinte. Y la primera edición en español del año 2001. Se trata de un grueso volumen de 875 páginas. Se requiere de una paciencia especial para leerlo. Incluso para hojearlo. El autor declara que ha vivido más de una cuarta parte de su vida adulta en países latinoamericanos. Esto significa que probablemente es un profesor estadounidense que se siente autorizado para abordar las relaciones entre la Metrópoli del Norte y cada uno de los países latinoamericanos, con acceso a los supuestos archivos confidenciales “de primera mano”.

En el capítulo dedicado a Honduras, Mr. Cockcroft me defrauda. Utiliza frases trilladas propias de lenguajes estereotipados. Incluso hay mentiras y medias verdades simplonas en algunas de sus páginas. Dice que en Tegucigalpa se venden “montucas y tortillas”. Pareciera ignorar que las montucas son propias del occidente de Honduras. No de Tegucigalpa. También habla de una concentración antiyanqui de “quince mil manifestantes” en “la plaza mayor” de la capital, en la década del ochenta, realizada frente al ejército estadounidense y el ejército de Honduras. Viví toda la década del ochenta en Tegucigalpa, y no recuerdo que jamás se haya desarrollado tal suceso. La única marcha silenciosa se realizó pasando por la vieja casa presidencial, que un aguacero terminó por disgregarla. Es más, el escritor James D. Cockcroft, dice que la fortaleza presidencial fue construida con “piedras enormes”, “talladas por manos indígenas”. ¿Cuáles indios? Es triste cuando un respetable autor extranjero escribe cosas de Honduras y de otros países utilizando los chismes de los resentidos, de los mentirosos y de los superficiales.

Como proyecto es importante la publicación del libro “América Latina y Estados Unidos”. Pero a mi juicio carece de una rigurosa investigación histórica. Se trata más bien de un libro sociológico con ciertas proyecciones geopolíticas. En el futuro los mismos hondureños y latinos debemos ahondar en estos temas mundiales, imparcialmente, y sin aquellos sesgos ideológicos deprimentes.

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