Por: SEGISFREDO INFANTE

            Tal vez la palabra más indicada sea “nostalgia”. Porque etimológicamente es más antigua y abarcadora, y toma substancia de las raíces griegas, en un pasado clásico lejanísimo. Pero es que el pasado inmediato al cual deseo remitirme, por ahora, es el de Honduras de la década del setenta, y más específicamente, a la Tegucigalpa de aquellos años, incluyendo amigos, conversaciones, amores, ensueños y lecturas.

            Como contrapartida de esta añoranza debo destacar que los tiempos actuales son feos y confusos, tanto adentro como afuera de Honduras. Aquí cerca y mucho más lejos, en cualquier parte del planeta. La actual es una época de desencantos y desencuentros, caracterizada por subrayar los errores ajenos, sean grandes o pequeños, y por ocultar los graves errores de los mismos que juzgan a los demás, en la plaza pública o en las redes cibernéticas, más veloces que el chisme y el sonido. En varios artículos he reiterado que algo malo puede estar ocurriendo en el mundo, en donde el odio sin sentido y la ofensa se entrelazan a flor del labio. Es un fenómeno psicológico y social de mala entraña, que tarde o temprano debe ser corregido, para estabilidad de los países y sociedades. O para la búsqueda del bienestar real de los pueblos.

            El refugio inmediato de la persona humana, es la nostalgia de los hipotéticos buenos tiempos que se escaparon inexorablemente de nuestras manos. Los soldados que pelean fieramente en cada frente de batalla, añoran retornar a sus hogares, por muy humildes que estos sean. De tal modo que tanto la añoranza como la nostalgia son estados del alma comprensibles según las circunstancias.

            Cada quien puede tener un recuerdo de Honduras o Tegucigalpa, en concordancia con la época que haya vivido. En mi caso personal tengo bien diferenciadas mi niñez y mi adolescencia. Quiero por ahora concentrarme en la Tegucigalpa de mi frágil primera juventud, cargada de ensueños transformadores, dolencias físicas, pobreza, buenos amigos pero también desamores aparentemente inexplicables. Me refiero a toda la década del setenta y comienzos de los años ochentas.

            Una de las preocupaciones en la “secundaria” del Instituto Central, era qué libros estábamos leyendo o fingíamos leer entre los compañeros y amigos más cercanos. Aquí debo recordar los nombres de Marco Antonio Segura, Pedro Morazán, Carlos Gálvez y Roberto Salinas. De vez en cuando nos visitaba “Lito” Aguilera. También debo recordar el nombre del director del colegio, don Manuel de J. Bueso, quien era amabilísimo conmigo, entre otros motivos porque había sido amigo personal de mi padre en la Villa de La Lima. “Don Manuel” permitió el ingreso de Carlos Gálvez (a quien habían expulsado del Instituto “San Miguel”), por la simpatía que me profesaba. Gálvez (QEPD) fue el primero en hablarme de “socialcristianismo”, y tal vez de algunos textos socialcristianos. Años más tarde cambió de ideología y dejó de hablarme. No importa. Siempre lo recuerdo con cariño.

            Sea como sea, aquellos años eran bonitos. A pesar de las supuestas diferencias ideológicas, eran casi inexistentes los odios y los ataques personales. Por regla general nos respetábamos unos a otros. Tal vez porque en términos promedios leíamos un poco más de lo que ahora leen, quizás, los jóvenes y los viejos. A mediados de la década del setenta me gustaba visitar a los pintores del primer “Taller de la Merced”, en donde producían arte Luis H. Padilla, Lutgardo Molina, “El Oso” Guardiola, Aníbal Cruz (“El Indio”), Alexis Ramírez y Víctor López. Además, visitaba a dos grupos de teatro.

            Durante la segunda mitad de la década del setenta, sobre todo durante la “Semana de Pascua”, nos reuníamos casi todas las tardes y las noches con Jorge Bulnes y otras personas más, en el Parque Central, a conversar sobre cine, teatro y literatura. Desfilaban los nombres de Shakespeare, Wolfang von Goethe, Bernard Shaw, Eugene O’Neill y las grandes películas de las décadas pasadas. Aparte de la “Semana Santa”, casi todas las tardes nos reuníamos en la “Cafetería Metropolitana” con Roque Ochoa Hidalgo a compartir unas tacitas de café expreso. O nos marchábamos hacia la casa del amigo en el Barrio San Rafael, a escuchar música clásica. Las conversaciones con el poeta y ensayista Roque Ochoa Hidalgo, eran exquisitas. No había prepotencia ni jactancia ni agendas ocultas ni nada por el estilo. Sólo el deseo de preguntar con mucho tacto y compartir conocimiento, con suavidad en el tono de voz. “Don Roque” se había convertido en un genuino devorador de filosofía existencialista.

            Los libros, el café, el buen vino y las excelentes conversaciones, a pesar de algunas incertidumbres y precariedades personales, eran nuestro refugio habitual en la década del setenta de nuestra vieja Tegucigalpa. En estos tiempos duros en que actualmente coexistimos, es muy difícil encontrar un buen refugio; excepto el de la familia y ciertos amigos. Por eso sentimos nostalgia respecto de aquellos años de amabilidad colectiva.

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