Por: SEGISFREDO INFANTE

            La tradición historiográfica ha venido subrayando que Averroes desde el sur de España, y Tomás de Aquino desde Italia, comentaron e introdujeron el pensamiento filosófico de Aristóteles al resto de la Europa medieval. Tal afirmación reiterativa posee un porcentaje verdadero; pero, por otra parte, es falso. Esto significa que debemos investigar más y explorar los comienzos de la “Edad Media”, concepto fraseológico que se diferencia del feudalismo clásico propiamente dicho.

            Una investigación profunda tendrá que conducirnos hasta el nombre de Anicio Manlio Torcuato Severino Boecio (480 y 524 después de Cristo). Si observamos los datos, Boecio nació cuatro años después de la caída del Imperio Romano de Occidente. Y creció, se desarrolló, tuvo éxito y sufrió terribles adversidades durante los reyes góticos Odoacro y Teodorico el Grande, con quienes comenzó, en sentido estricto, la “Edad Media”, con grandes ambigüedades políticas y religiosas. Se trató de una época de bisagra que oscilaba, en términos culturales, entre la vieja herencia grecorromana, un cristianismo dividido en dos mundos, y las nuevas costumbres céltico-germanas.

            Los primeros años del joven Boecio fueron de éxito en aquello que Cicerón refirió como “los negocios públicos”. Incluso logró alcanzar el cargo más alto en la cúpula de poder de Teodorico, algo así como primer ministro. Pero individuos del viejo y del nuevo senado que eran protegidos del mismo Boecio, lo calumniaron hasta conducirle a la desgracia, la cárcel y la muerte. En su libro “Consolación de la Filosofía”, escrito en la cárcel, Boecio llegó a la conclusión dialógica que la causa principal de aquellos que urdieron su desventura, era el móvil de la “envidia”.

Esto podría ser explicado: Parece que Boecio estudió en Atenas y por lo tanto manejó la lengua griega a la perfección. A esos conocimientos del saber grecolatino se sumaba el alto prestigio político y la buena vida, lo cual, en su natural generosidad de chico huérfano que había perdido a su padre a la edad de cuatro años, le facilitaba proteger a los “amigos” que más tarde conspiraron contra él, acusándolo de ser aliado de los reyes de Bizancio. Aun cuando su lealtad estuvo a toda prueba, Teodorico el Grande (mejor sería llamarle “el Pequeño”), creyó las calumnias y ordenó la muerte del filósofo por decapitación. Si no fuera por Boecio y por Casiodoro, nadie recordaría el nombre de este reyezuelo tiránico e ingrato.

Al grano. Boecio se autopropuso el magno proyecto de traducir del griego al latín toda la obra de Aristóteles y Platón, aunque él personalmente prefería a este segundo filósofo, por sus simpatías con los neoplatónicos. De hecho, tradujo toda la “Lógica” o el “Organon” de Aristóteles. Pero la desgracia política y su corta vida (de 42 ó 44 años) frustró la configuración real de aquel hermoso proyecto. Sea como haya sido el caso es que la “Alta Edad Media” se inaugura con la obra lógica y categorial del inmenso Aristóteles, tan aplaudido y tan vituperado en distintos tiempos. Esa obra aristotélica, igual que el “Antiguo” y el “Nuevo Testamento”, fueron resguardados en los monasterios y en las abadías medievales, especialmente de Irlanda y de las ciudades del mediodía italiano. Era poco menos que imposible que los “bárbaros” incendiarios de libros y destructores de monumentos, llegaran hasta la brumosa isla de los celtas.

Los copistas y los monjes de los comienzos de la “Edad Media”, reprodujeron estas obras y sirvieron de alimento a las disquisiciones teológicas “embrionarias”. Incluso en la “Baja Edad Media” las traducciones y la obra de Boecio continuaron circulando hasta llegar al Renacimiento italiano, francés y español. De todo ello se derivan dos conclusiones preliminares: La primera es que la “Edad Media” ha sido distorsionada parcialmente. Pues en verdad hubo puntos oscuros y puntos luminosos. La segunda es que tanto Averroes (musulmán) como Tomas de Aquino (cristiano) fueron comentaristas y difusores tardíos de la obra de Aristóteles, si tomamos en cuenta la labor originaria de Boecio y más tarde del traductor y escritor sutilísimo Juan Escoto Erígena, quien se alzó como una figura filosófica y teológica solitaria y extraordinaria, durante el siglo nueve de los carolingios, en los años del primer renacimiento medieval.

La obra laica de Severino Boecio se subdivide en tres ramas: A) Las traducciones grecolatinas. B) La obra teológica influida por Agustín de Hipona. C) El libro “Consolación Natural, o de la Filosofía”, el cual es un volumen predominantemente filosófico y poético, en donde Boecio dialoga con una hermosa dama alegórica llamada “Filosofía”. Este libro se estructura en trozos de prosa y verso. Y sigue más o menos cuatro patrones: El “Libro de Job” de las sagradas escrituras. El monólogo de “la diosa”, esbozado en la obra de Parménides. El camino autobiográfico del obispo de Hipona. Y el diálogo consigo mismo de Plotino.

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