Por: SEGISFREDO INFANTE

            Aquellos que han seguido de cerca mis humildes textos durante tres décadas aproximadas, conocen mi inclinación favorable hacia un capitalismo de “tercera vía”, propuesta económica y política que sus autores originarios, europeos y estadounidenses, nunca terminaron de desarrollar y consolidar. Empero, tales ideas se encuentran dispersas en diversos libros importantes, tanto viejos como nuevos. Incluso hay páginas propias de esta tendencia que coinciden, en cierto modo, con “la economía social de mercado”.

            La aclaración anterior es oportuna porque en nuestra época recargada de superficialidades sectarias, el supuesto método para juzgar algo, es el de tomar párrafos aislados de los autores y distorsionar las ideas con terribles descontextualizaciones históricas. Casi nadie desea estudiar detenidamente las cosas en su integralidad, a fin de identificar las mentiras, lo ambiguo y las verdades. Y es que a muy poca gente le pasa por la mente que, para solventar las grandes inequidades sociales, o simplemente mitigarlas, se requiere de un financiamiento sostenible, sobre la base de un aparato productivo de tipo capitalista. Esto lo comprendieron los dirigentes de varios países “socialistas” (o “comunistas”) después de muchas décadas de derrumbes económicos internos. En este sentido sería recomendable estudiar el caso del capitalismo con variaciones de enclave en China Popular, asunto que una vez dialogué con el dirigente obrero costeño don Agapito Robleda (QEPD), en dos encuentros ocasionales en la cafetería de un famoso hotel del centro de San Pedro Sula. (Pero este es un asunto aparte).

            Desde la década del ochenta del siglo pasado fui un lector recurrente de la historia económica de autores como Fernand Braudel. Con tal historiador aprendí que el primer capitalismo había surgido en las ciudades del norte de Italia, hace seis siglos, con proyección hacia el Mar Mediterráneo. Con mis alumnos universitarios compartí estos conocimientos y ahondamos, en la medida de lo posible, en la historia del capitalismo financiero y artístico de Florencia, durante los años del “mil cuatrocientos”. También aprendí, con Braudel, que el verdadero capitalismo surge desde abajo, es decir, desde las entrañas de la sociedad. Esto significa que aparte de ser un aparato de producción de “bienes de capital”, el capitalismo es un fenómeno cultural que existe, subsiste y persiste, por las prácticas culturales de los pueblos durante todos los días de cada año. Es cierto que a veces los submodelos económicos se imponen vía decreto, tal como ocurrió durante la década del noventa del siglo pasado en distintos puntos del planeta, con éxitos en algunos casos, y con miseria individual y colectiva en el resto de los casos.  

            En LA TRIBUNA del 13 de marzo del año 1997, publiqué un artículo más o menos largo titulado “Capitalismo popular”, en la línea de la “tercera vía”. En aquel momento traté de enfocarme en América Latina en general, y en Honduras en particular, sobre todo en aquello que concierne a las potencialidades estratégicas de los micronegociantes latinoamericanos, y en la sobrevivencia inmediata de millones de trabajadores desempleados. La importancia de esto había sido formulada en México por los investigadores Carlos Alba Vega y Dirk Kruijt, comprendiendo (y cito literalmente mi artículo): “que la micro y la pequeña industrias se encargan de asumir los riesgos en los tiempos de oscilación económica de las grandes empresas, elaborando la parte de la producción más vulnerable ante los cambios, y protegiendo la estabilidad de otros centros productivos.” (…) “Debemos entender y asumir que el pueblo necesita muchas luces y que aquellos que hemos tenido acceso a los buenos libros, periódicos y revistas, y a determinados niveles de tecnología, estamos en la obligación moral de inferir y articular posibles tendencias futuristas con propuestas intelectuales y operativas que partan de la dura realidad hondureña sin perder de vista las presiones globalizantes.”

            Resulta pavoroso y desazonador que muchas personas crean, todavía, que con lenguajes obscenos, cizañeros y confrontativos, se resolverán los problemas del atraso y del desempleo. Los hondureños necesitamos crear un aparato productivo grande, en los cuatro puntos cardinales, con gran capacidad de exportación. Sin exportaciones es absurdo hablar de una verdadera economía. Y tal cosa sólo puede alcanzarse conjugando las fuerzas económicas internas con una fuerte inversión extranjera. No son el Estado ni el gobierno los encargados de crear tal aparato productivo, sino los individuos y las empresas con iniciativa privada. El Estado (al margen de cualquier gobierno) debe ser el fuerte alentador, facilitador y defensor de un proyecto de tal envergadura.

            Es triste que cierta gente que opina sobre estos temas no sepa absolutamente nada de economía; ni mucho menos de historia económica real. Por eso vienen, después de las consignas triunfantes, las grandes catástrofes y las hambrunas asoladoras. Y entonces las individualidades pensantes y humildes, se llaman al silencio estratégico.  

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