Los jóvenes graduados en los centros de alcance de Cofradía, en San Pedro Sula, en el norte de Honduras, encuentran empleo y renuncian a la violencia para bailar en zancos y olvidarse de las pandillas

El programa Jóvenes Constructores han graduado a 2,036 beneficiarios en Honduras y 1,593 en El Salvador, dándoles habilidades para la vida con las que afrontan el trabajo y las relaciones sociales.

Jóvenes Constructores han sido un éxito al lograr que siete de cada diez jóvenes estudien o tengan empleo. Además, su impacto ha reducido a la mitad los reportes de asesinatos y extorsiones en Centroamérica. Capacitándose en los CDA de Cofradía, Fernando Valladares y Selena Morales encontraron un escape de la violencia y la incertidumbre por medio del arte y el trabajo

San Pedro Sula, Honduras. “Cuántos errores pudiéramos evitar si tan sólo escucháramos a nuestros padres” es el mensaje escrito en letras anaranjadas en el parquecito junto al centro de alcance (CDA) La Fortaleza, en la colonia del mismo nombre del distrito de Cofradía. El CDA en este distrito del noroeste de San Pedro Sula, en la costa norte de Honduras, se alza sobre una loma cubierta de casas y árboles.

Frente al edificio verdiamarillo hay un campo de fútbol con porterías metálicas brillando bajo el sol. El calor secó el zacate del campito, cubriéndolo de briznas amarillentas. 

La mañana es silenciosa en este distrito rural. Para llegar aquí, doblamos a la derecha en la carretera del Sur, antes del puente de Chamelecón, y subimos por una calle entre cerros que también conduce a Ruinas de Copán. Son kilómetros flanqueados de cerros y hondonadas salpicadas de campos de labranza y vecindarios. Negocios de gaseosas y golosinas aparecen entre los árboles al lado de la calle.

Aunque es uno de los 20 distritos sampedranos que en total tienen más de 800,000 habitantes, Cofradía no tiene anchas calles pavimentadas ni edificios de más de dos pisos. Su principal rasgo es que le pertenece parte de la sierra de El Merendón, que da agua y oxígeno al municipio.

Cofradía es tan distinto que ha querido convertirse en otro municipio. Muchos de sus habitantes son agricultores. Otros toman autobuses para “chambear” en la ciudad o en las fábricas que bordean la carretera del Sur.

A pesar de su gran tamaño, Cofradía no sale en algunos mapas municipales. Tiene decenas de colonias y barrios, pero también muchas “invasiones”, es decir terreno privado o ejidal que de repente aparece sembrado de covachas de cartón y plástico. Los “invasores” no tienen agua ni electricidad, pero al menos tienen donde vivir. Se asientan donde las urbanizadoras aún no construyen casas como quien tira dados en una mesa.

Sobre el campo de fútbol del CDA La Fortaleza se desplazan cuatro tubos de metal que hacen clac al chocar con las piedritas, dejando caer sobre la hierba la sombra de una tijera que se abre y se cierra.

Después pasan corriendo pequeños pies sin zapatos o dentro de tenis descoloridos y polvorientos, con los sucios cordones sueltos. Se oyen risas bajo el sol. Los tubos se detienen bajo la sombra de los árboles que flanquean el edificio de La Fortaleza.

“Vaya, cipotes, hagamos un círculo”, dice la voz de Fernando Valladares, joven constructor y voluntario del CDA, quien tiene las piernas atadas a los tubos metálicos: son los zancos que lo hacen verse más alto.

Con los zancos puestos, Fernando tiene una altura de dos metros y medio. Un adulto a su lado se ve como un niño y un niño como un bebé. El zanquero que acompaña a Fernando se llama Nemis Osmar Zavala Alvarado y tiene 17 años. Ambos son delgados y ágiles.

Fernando les indica a los niños que se levanten para participar en un juego. Fernando, de 20 años, se ríe constantemente mientras se pasea como un gigante bajo los árboles. “Hagamos una competencia de fuerza”. Los niños se toman de las manos y jalan para ver quién se cae. Los zanqueros forman un arco sobre ellos. Una de las parejas se desliza y pierde el juego.

A Fernando le gusta andar en zancos y explicar cómo se los pone. “Hay que tener cuidado de dejar bien ajustado el velcro en las piernas para que no se te zafen. Tienen caucho en la parte de abajo para no caernos”.

La luz rebota en el charco de agua que se extiende sobre el pavimento. Las gotas que caen del pico de una pistola de bomba gasolinera levantan en el charco pequeñas olas con los colores del arco iris.

La muchacha pone la pistola de gasolina en el receptáculo de la bomba. “Son 240 con 60”, dice. Agarra los 500 lempiras por la ventanilla del pickup. Se saca un puñado de billetes de la camisa roja de su uniforme de trabajo, cuenta el vuelto y se lo entrega al cliente. El pickup se aleja entre el vapor que se levanta del pavimento.

Es raro que una mujer haga el trabajo de bombero, como llaman a quien despacha combustible en una gasolinera, pero el distrito sampedrano ya se acostumbró a llamar “bombera” a Selena Morales. Ya no le extraña tanto que ella se moje de gasolina los zapatos, se manche de polvo y grasa y ande entre bombas de combustible, bajo el sol quemante.

Como toda la juventud de Cofradía, Selena afronta los problemas de vivir en una zona rural. Ella no viaja a San Pedro Sula a trabajar, pero muchos residentes del lugar tardan dos o tres horas en ir y volver de la ciudad.

La gente de Cofradía viaja a los centros de trabajo y escuelas en San Pedro Sula apretujados y sudorosos en destartalados microbuses y buses “coaster”, apodados “rapiditos”. Un obrero de esta zona que viaja todos los días a la ciudad no se da el lujo de pagar taxi.

La mayoría de los distritos sampedranos están en el sureste. Cofradía, en el noroeste, abarca 54 barrios y colonias que incluyen la Vida Nueva, donde vive Selena. Cofradía pertenece al municipio de San Pedro Sula, el “motor industrial de Honduras” porque está cerca de puertos importantes, se halla en un valle fértil y conserva sus montañas y fuentes de agua.

Cinco de cada diez habitantes del departamento de Cortés viven en San Pedro Sula, donde una de cada diez casas no tiene piso adecuado. Cofradía agranda las cifras con sus “invasiones” de casas hechas de desechos, sin servicios básicos. Algunos invasores vienen de lejos, ya que cuatro de cada diez pobladores de San Pedro Sula no nacieron en el municipio.

Selena es parte de la población más grande del municipio: los jóvenes. En áreas rurales, la edad promedio es de 21.6 años y en las urbanas es de 23.7. Selena tiene trabajo, pero otros no lo tienen en San Pedro Sula, donde la tasa de desempleo abierto es de 7.8%. La mitad de los desocupados son jóvenes. De los 291,048 desempleados del país, 49.4% son menores de 25 años, según la Secretaría del Trabajo de Honduras.

Selena trabaja en el sector de servicios, pero la mayoría de los sampedranos laboran en la industria y el comercio. Una de cada tres personas trabaja en fábricas y una de cada cuatro se dedica al comercio.

En Cofradía, la vida es barata pero compleja. Aquí se mudaron algunas pandillas expulsadas de Chamelecón al instalarse allí en 2017 una base de la Policía Militar del Orden Público, creada en 2013 por el presidente Juan Orlando Hernández para amordazar las críticas a su reelección, según la oposición, y no para “combatir la delincuencia”.

Selena no escapa de la violencia, pero sí de la incertidumbre al emplearse de bombera con esfuerzo propio y el apoyo del programa Jóvenes Constructores. La iniciativa capacitó a Selena en el CDA de Cofradía.

Selena y Fernando Valladares se graduaron en el programa. Ambos no sabían qué hacer con su vida hasta que el programa de la organización Catholic Relief Services (CRS) les enseñó habilidades para ganarse la vida y afrontar sin miedo el día a día.

CRS es una organización católica estadounidense que, según su sitio web, “cumple la misión y el compromiso de ayudar a los pobres y vulnerables en el extranjero”. Establecida en 1959 en territorio hondureño, CRS ha beneficiado a unas 285,000 personas y abarca programas y componentes que educan a campesinos y jóvenes.

Selena y Fernando son beneficiarios de centros de alcance apoyados por la institución católica. Los CDA previenen la violencia juvenil, ocupan edificios que pertenecen a la sociedad civil y reciben apoyo gubernamental y empresarial. Forman una red de 25 locales en San Pedro Sula y 70 en Honduras que motivan a los jóvenes a rechazar la violencia, desarrollar o mejorar competencias, construir un plan de vida y ser parte del desarrollo de su comunidad.

“Soy bombera. Les echo gasolina a los carros y motos”, dice Selena. “Al principio estaba apenada. Pensaba que era solo para hombres. Mis amigas me preguntan cómo me siento y la verdad es que al principio fue difícil. Para muchos es un reto salir de nuestra zona de confort”.

Pararse en los zancos no es fácil. Algunos ocupan ayuda, pero no Fernando. Tras estirar los músculos, hunde la punta de los zancos en la tierra del campo de fútbol y va pegando saltos con un brazo, se impulsa y, ya de pie, da varios pasos hasta equilibrarse.

El equilibrio y la confianza son importantes para zanqueros como Fernando y Dennis. También son valiosos para el CDA La Fortaleza y para el programa que lo apoya, Jóvenes Constructores, componente de Senderos Juveniles de Centroamérica y Catholic Relief Services financiado por el Gobierno de Estados Unidos a través del Departamento del Trabajo.

La iniciativa refuerza y enseña habilidades a la niñez y juventud en riesgo para que se valgan por sí mismas en un ambiente de violencia, maras y pandillas, falta de oportunidades y narcotráfico.

Senderos Juveniles de Centroamérica abarca los componentes Clubes de Conexión y Familias Fuertes y fue implementado junto con organizaciones locales como Fe y Alegría, la Fundación Nacional para el Desarrollo de Honduras, FUNADEH Glasswing International y YouthBuild International en Honduras y El Salvador.

La iniciativa apoya a jóvenes de 16 a 25 años que no estudian ni trabajan para que vuelvan a la escuela, obtengan un empleo o comiencen un negocio. Se basa en el modelo de la organización estadounidense YouthBuild International adaptado por Catholic Relief Services en Centroamérica. El Salvador fue el primer país donde se implementó esta metodología exportada luego a Honduras, Guatemala y Nicaragua.

Jóvenes Constructores fue tan efectivo en El Salvador que CRS transfirió el programa al Instituto Salvadoreño de Formación Profesional (INSAFORP), el cual amplió la iniciativa a todo el país con apoyo del Banco Interamericano de Desarrollo.

El modelo acoge a jóvenes expuestos a pobreza y violencia, dándoles instrumentos para desarrollarse en las zonas conflictivas de Honduras, como Cofradía, que todavía sufre por las pandillas, pero donde los homicidios han bajado desde 2015.

La violencia es parte de la vida de los jóvenes de esta región. La historia de San Pedro Sula y de sus distritos se ha escrito al son de las AK-47 y con sangre de inocentes.

De 2011 a 2014, San Pedro Sula fue una inesperada estrella mediática al convertirse en la ciudad más violenta del mundo para medios internacionales como The New York Times y El País. Alcanzó en 2014 un pico de 1,145 homicidios, según organizaciones privadas y públicas, pero de 2015 a 2018 los asesinatos se mantienen en 350 al año.

La mayoría de las víctimas de homicidio en San Pedro Sula son hombres y en casi todos los asesinatos se usa arma de fuego. En 2018, de 259 personas muertas violentamente, 173 cayeron a balazos.

En 2013, la tasa anual de muertes violentas en el municipio llegó a 107 por cada 100,000 habitantes. Desde 2014, las cifras han caído, con 350 por año. Las estadísticas más recientes del portal Contando Homicidios de Revistazo.com, sitio web de la ONG Asociación para una Sociedad más Justa (ASJ), registran 259 homicidios en 2018.

Pero los números policiales son distintos: 365 homicidios en 2018, o sea 106 más que los registrados por la ASJ. La Policía Nacional tiene datos actualizados de 2019, cuando se cometieron 438 homicidios en San Pedro Sula, 73 más que en 2018. El año pasado cerró con 43 homicidios por cada 100 mil habitantes.

Aunque aumentaron los homicidios en los distritos, la situación ha mejorado en Cofradía, según la Policía Nacional de Honduras a través del Instituto de Acceso a la Información Pública.

Los datos son mejores, pero Cofradía sigue estigmatizada. “Vivimos en sitios peligrosos, rechazados”, dice Fernando. “No me han aceptado en muchos empleos porque Cofradía es lejano y peligroso. Los jóvenes no nos merecemos eso porque tenemos mucho que dar. Los proyectos nos ayudan, pero no llegan a lugares donde los necesitan”.

Aunque Cofradía sigue en la lista de zonas con más actos de violencia en los últimos cinco años, según la Policía Nacional, el distrito número 19 aparece con cero actos violentos cometidos en 2018 y 2019.

Sin embargo, Cofradía sigue bajo el poder de bandas delictivas. Atravesar las “fronteras” de las maras y pandillas puede ser la muerte para los jóvenes. En Cofradía, los negocios pagan extorsión a las pandillas y maras. La violencia tiene muchas caras.

Se han transformado las pandillas que dominaban San Pedro Sula. Veinte años atrás se movilizaban a pie y se mataban con “chimbas” ―tubos con gatillos hechizos y balas de verdad―, machetes y cuchillos.

Hoy tratan con narcos y élites, cargan fusiles AR-15 y AK-47, andan en carros de lujo y no se tatúan. “Decidieron profesionalizar a sus miembros. Ahora cuentan con médicos, enfermeras, abogados, ingenieros, arquitectos y especialistas en computación”, según el diario hondureño El Heraldo.

“En San Pedro Sula, el joven está más involucrado en maras y pandillas porque el sector está muy marcado. Las organizaciones tienen el reto de abordar esta problemática. Por eso la prevención de violencia tienen que ser más específica y detallada”, expone el psicólogo y especialista en prevención de la violencia David Zelaya.

Las instituciones “se involucran con líderes comunitarios, pastores y presidentes de patronatos que han sido un pilar del desarrollo de los hogares donde ya hay penetración de un miembro de maras y pandillas para sacarlos e insertarlos en la sociedad de forma productiva, apoyándolos con capital semilla y programas sociales”, analiza la directora del Observatorio de la Violencia de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras, Migdonia Ayestas.

“Pensé si valía la pena tomar seis meses para entrar a algo que no conocía”, cuenta Fernando Valladares sobre su decisión de formarse. “Tenía que trabajar porque mi familia ocupaba dinero. Corrí el riesgo y no me arrepiento. Este es uno de los mejores proyectos para mí. Tienen varias ramas en las que nos capacitaron. Tengo experiencia en voluntariado con varias organizaciones, pero siempre aprendo algo nuevo”.

Fernando es uno de los graduados de Jóvenes Constructores que han obtenido confianza en sí mismos y equilibrio en su existencia. Es un ejemplo para quienes desean librarse de una vida sin propósito porque de voluntario pasó a ser presidente del movimiento nacional de graduados del programa.

Fernando trabaja desde hace un año en un negocio de comidas rápidas de San Pedro Sula. Los graduados de los proyectos pueden dejar los trabajos, pero con las capacitaciones optan a nuevos puestos, algo que antes les habría resultado difícil.

“Al graduarse, la trayectoria de los jóvenes puede ser de entradas y salidas del mercado laboral. Pero el principal logro del programa es que obtienen una percepción de que pueden regresar a estudiar y al mercado laboral”, dice el especialista en monitoreo y evaluación de CRS, Juan Carlos Durán.

El trabajo le da de comer, pero lo que toca el corazón de Fernando es coordinar a más de 20 jóvenes zanqueros que se presentan en barrios y colonias para inspirar a la niñez y atraer a más chicos y chicas al centro de alcance y cambiarles la vida. “Zanquear” es ahora parte importante de la vida de Fernando, y no habría logrado ser “un triunfador”, según sus palabras, sin los proyectos que lo formaron.

Antes de Jóvenes Constructores, Selena era tímida.  “Casi no socializaba ni hablaba con la gente”, cuenta. “En el programa hice amigos y me conocí, descubrí que me gusta platicar”.

Selena fue parte del último grupo en graduarse en Jóvenes Constructores antes del cierre del programa en 2020. “Me pongo triste porque sé que Jóvenes Constructores ya no va a haber otra. Fuimos la última cohorte en Cofradía y yo le digo a mi mamá ‘gracias a Dios que pude lograrlo’. A nosotros nos visitaron los de la tercera cohorte para hablarnos de sus logros y sus metas y da tristeza saber que no pudimos hacer lo mismo con la cohorte que venía después porque ya no hubo ninguna otra”.

El programa que duró cuatro años formó a jóvenes como Selena para afrontar el trabajo y las relaciones humanas dándoles conocimiento y autoconfianza. Desde 2020, la iniciativa comenzó a funcionar en los distritos Rivera Hernández, en el este de San Pedro Sula, con financiamiento de la Agencia de la ONU para los Refugiados.

El sistema del programa empieza por las “habilidades blandas o para la vida”, explica David Zelaya. “El método reconoce los sentimientos del joven para que influyan en sus acciones. Cuando estas dos se unen, sus acciones se van transformando”.

“Han sido cuatro años de un programa que entre sus principales resultados puso a trabajar y estudiar a jóvenes que estaban fuera del sistema educativo y del empleo”, señala Juan Carlos Durán. El programa ha sido un éxito, según un estudio longitudinal de 2020, al lograr que siete de cada diez jóvenes estudien o tengan empleo. Ha graduado a 2,036 beneficiarios en Honduras y a 1,593 en El Salvador.

Senderos Juveniles y su componente Jóvenes Constructores tuvieron un 73% de eficiencia y eficacia, señala la Fundación Salvadoreña para el Desarrollo Económico y Social. Varias sedes de Senderos, incluyendo las de San Pedro Sula, están en vecindarios con elevada actividad de pandillas o afectados por la violencia política tras las elecciones de 2017. Eso dificultó que los jóvenes asistieran y completaran el programa.

El costo de implementación por jóvenes inscritos, graduados y colocados fue de 971 a 2,204 dólares. Senderos Juveniles es más costo-efectivo cuando se trata de colocación: 2,157 y 2,204 dólares por joven colocado.

En Honduras, jóvenes como Selena deberían ser prioritarios, pero con el crecimiento de la violencia pandilleril en los últimos 25 años ha crecido la desconfianza hacia la juventud. En 2016 había 36,000 miembros de maras y pandillas en Honduras, según la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID).

Los jóvenes son mayoría en el país. En 2019, el 36.1% de la población nacional eran personas de 12 a 30 años, indica el Instituto Nacional de Estadísticas, y agrega que el 58% de los sampedranos tienen menos de 30 años de edad, pero casi 50,000 de ellos no trabajan ni estudian.

Senderos Juveniles de Centroamérica abarca los componentes Clubes de Conexión y Familias Fuertes y fue implementado junto con organizaciones locales como Fe y Alegría, la Fundación Nacional para el Desarrollo de Honduras, FUNADEH Glasswing International y YouthBuild International en Honduras y El Salvador.

El impacto es notable. Los reportes de asesinatos y extorsiones en Centroamérica han bajado a la mitad debido a programas como los CDA, según la Universidad Vanderbilt.

Al principio, Fernando tenía temor de entrar en Jóvenes Constructores. “Me dio miedo porque duraba seis meses y yo tenía que buscar trabajo para ayudar a mi familia”, relata.

No se arrepiente de haber entrado. El método del programa le ayudó a ser un líder y le enseñó soluciones prácticas con las que sortea los problemas que existen en Cofradía, una comunidad “estigmatizada”, según Fernando, donde la violencia, las maras y la falta de oportunidades son obstáculos en el camino de la juventud.

Jóvenes Constructores “tiene componentes relacionados con el liderazgo de la persona, habilidades para la vida, para el trabajo, un componente de formación vocacional con habilidades prácticas y un componente muy importante que es el servicio comunitario”, explica Juan Carlos Durán.

“El componente de Habilidades para la Vida y el de Habilidades para el Trabajo me ayudaron mucho”, dice Fernando. “Me gustaba el servicio comunitario porque salimos de las aulas para ayudar a las comunidades. Les enseñamos a los niños lo bonito que es zanquear y vimos que podíamos usarlos para ayudarles”. Para él, los zancos son un “símbolo de paz”.

Como los beneficiarios del CDA en Chamelecón, Selena Morales en Cofradía pasó seis meses de clases y entrenamiento en el centro de alcance de su comunidad, al que se iba a pie desde su casa situada en un pasaje de la colonia Vida Nueva. “Los tres CDA de este distrito (La Fortaleza, 24 de Abril y Cofradía Centro) tienen un gran impacto en la vida de los jóvenes y hasta en la mía”, explica la promotora de Jóvenes Constructores, Linda Alvarado.

Linda conoció las historias de muchos jóvenes como Selena durante su estadía en el programa de Catholic Relief Services. “Antes yo creía que tenía problemas, pero al conocer las historias de estos muchachos y muchachas me di cuenta de que tenía que dar gracias por mi vida”.

Las chicas como Selena, quien vive en una pequeña casa de bloques al final de una escabrosa calle de tierra, la tienen difícil en Cofradía, donde hay muy pocas oportunidades para hombres, y no digamos para mujeres.

En 2019, el programa Senderos Juveniles de Centroamérica ayudó a Selena a desarrollar sus aptitudes para el emprendimiento y las relaciones humanas. “Jóvenes Constructores (en inglés, YouthBuild) apoya a los jóvenes de 16 a 25 años que no estudian ni trabajan para que vuelvan a la escuela, obtengan un empleo o comiencen su propio negocio”, según la web oficial del programa.

La protagonista del programa es la juventud, señala la subdirectora de Senderos Juveniles, Pilar Escribano. “Se centra en el joven como partícipe de su vida, como un líder. Al final sale creyendo que puede salir adelante porque le damos herramientas y opciones para que esto suceda”.

El programa ayudó a Selena a vencer su timidez. “En Jóvenes Constructores nos pusieron el reto de vender”, relata. “Yo nunca había vendido nada, pero cumplimos el objetivo más difícil y ganamos”.

Lugares de San Pedro Sula con más actos violentos (2015-2019)

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Fernando conoció en 2018 al voluntario del CDA de Chamelecón, Jefferson Chávez, alias Elektro, quien tuvo un impacto beneficioso en su desarrollo personal. “Jefferson vino a Cofradía con otros voluntarios a convencernos de entrar en Jóvenes Constructores”, cuenta Fernando.

Como Jefferson, Fernando comenzó como beneficiario y terminó como voluntario. Ahora replica a su modo la metodología del programa, usando los zancos para establecer un vínculo con los jóvenes. Tanto Jefferson como Fernando usan el juego y la diversión para acercarse a la niñez y juventud sampedrana y hablarle “de cultura y valores”.

“Un grupo nos enseñó zancos y muralismo”, dice Fernando. “Nos enseñaron valores y nos motivaron. Cuando terminaron las clases les pedí prestados los zancos”.

Con su elevada altura, Fernando llama la atención de la niñez y la juventud, quienes “ven algo positivo en esto y quieren hacer lo que hacemos. En vez de andar en algo malo, andan en zancos. De esto hasta hemos sacado para la comida”.

 ¿Qué opina su familia sobre los logros de Fernando? “Están orgullosos de mí, les gusta verme feliz, verme triunfar”.

También Selena conoció a Jefferson en los talleres de Jóvenes Constructores en el CDA de Cofradía. Elektro cambió el traje de baile para ponerse el de capacitador y hacer un cambio importante en la existencia de Selena y cien jóvenes más beneficiados por Jóvenes Constructores.

Los vecinos admiran a su hija, dice Mirtala, madre de Selena. “Les digo a todos con orgullo que ella trabaja en la gasolinera”. Cuando empezó a trabajar, Selena estaba “apenada” porque todos le decían que era cosa de hombres. “Ahora se quedan sin palabras”, dice.

Fernando se quita los zancos. Está cansado, tiene hierba pegada al pelo y la ropa. “Imagínese si en un día les enseñamos a 20 muchachos y al otro día a otros 20. En cinco días serían cien. En el futuro veo un rimero de jóvenes enseñando, haciendo un efecto multiplicador”, dice mientras se masajea las piernas y ve los árboles meciéndose bajo la brisa.

Selena se despide de sus compañeros de trabajo. Mañana la espera otro día duro en la gasolinera, pero lo importante es no rendirse. “Eso les digo a los jóvenes: que no se rindan”, dice. El sol amarillento se pierde entre nubes rojizas sobre las montañas de El Merendón. “Los jóvenes tenemos las aspiraciones apagadas. Una motivación que nos den es un logro para nosotros”.

Este artículo es parte de la serie de publicaciones de la Beca de Periodismo de Soluciones de la Fundación Gabo y gracias al apoyo de Open Society Foundation, institución que promueve el uso del periodismo de soluciones en Latinoamérica.

CRÉDITOS

Coordinación del proyecto: Dunia Orellana
Edición: Javier Drovetto, Lourdes Ramírez y Wendy Funes
Textos: Dunia Orellana y Dennis Arita
Edición de video: Dunia Orellana y Dennis Arita
Fotos y video: Cristina Santos
Gráficos: Dennis Arita
Audio de texto: Sergio Bähr y Lourdes Ramírez
Colaboración: Kenia Méndez, Cristian Martín, Luis Vallecillo y Telma Quiroz

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