Por: SEGISFREDO INFANTE

Hace pocos días me llamaron por teléfono móvil dos jovencitos amables (de ambos sexos) de la Universidad Católica de Honduras, para preguntarme puntualmente dos cosas: La primera ligada a las conversaciones actuales en el Parque Central, o “Plaza Morazán”, de Tegucigalpa. Y la segunda sobre las películas que disfrutábamos en la década del setenta, y tal vez muchos años antes de aquel añorado decenio.

Comencé por relatarles que en la añeja capital de Honduras, a comienzos del siglo veinte, Froylán Turcios se reunía por las tardes, con varios amigos y conocidos, a charlar informalmente en la “Plaza Morazán”, sobre diversos tópicos, en ligamen con el mundo intelectual de aquel entonces. Es conocido, Froylán Turcios, entre muchas otras cosas, por ser un conversador insigne, mérito que tal vez sea propio de los buenos cuentistas, “cuenta-cuentos” y “cuenteros” de tierra adentro.  

Además de lo anterior varios intelectuales caminaban en torno de la mencionada plaza, encabezados por Rómulo E. Durón. En dirección contraria caminaban bellas y hermosas damas de distinguida sociedad. En uno de esos encuentros se pelaron, a bastonazos limpios, como si fueran espadachines, Juan Ramón Molina y Rómulo E. Durón, dos escritores decimonónicos que le han obsequiado prestigio a las letras hondureñas y centroamericanas. Debemos tener el coraje de reconocer que Molina, gran poeta lírico de Honduras de finales del siglo diecinueve y comienzos del veinte, era un hombre pendenciero, dispuesto “a rifarse” con quien fuera, por minucias intrascendentes, por causa de una egolatría que a veces lo cegaba. En cierta ocasión se miró envuelto en un duelo caballeril de pistolas, y cuando supuso que había matado a su adversario (quien solamente estaba herido) cayó de rodillas, con lágrimas en los ojos, como para pedirle perdón al supuesto fallecido. Porque Juan Ramón Molina escondía una esencia noble detrás de su fachada de diosecito olímpico. No es casual que haya cultivado una amistad profunda con Froylán Turcios, uno de los hombres más nobles y más desprendidos de la historia de nuestro país. Turcios desconocía el concepto de mezquindad.

Ahora en el Parque Central de Tegucigalpa lo que observamos son desempleados; transeúntes presurosos; muchachas de “la vida alegre” (que tal vez sean de la vida triste); algunos carteristas y asaltantes disimulados; ciertas personas tomando café al aire libre o comiéndose algunas “burritas”; y uno que otro intelectual comprando periódicos y libros usados; y obreros y oficinistas limpiándose los zapatos. Las conversaciones clásicas de la década del setenta, y de épocas anteriores, quedaron soterradas en el olvido.

En cuanto al tema de las películas de temporada, en “Semana Santa”, eso vale la pena subrayarse. Tanto en la televisión como en los cinematógrafos, los amantes del “Séptimo Arte” tenían en donde escoger, según los gustos de cada cual. Personalmente me fascinaba contemplar, una vez al año, la película de “Sinuhé, el egipcio”, basada en una novela semi-histórica del escritor finlandés Mika Waltari. La película, del año 1954, se ubica en la época del reinado de Akhenatón, un faraón monolátrico, a quien los sacerdotes de Amón y reyes posteriores, borraron su nombre y lo enterraron en las arenas del desierto, “para siempre”, hasta que llegaron los arqueólogos europeos de los siglos diecinueve y veinte, y lo redescubrieron ante el mundo. El personaje “Sinuhé” fue protagonizado por Edmund Purdom, y la bella Jean Simmons, en el papel de la amorosa y desinteresada Merit. En la actualidad a la película le cambiaron la música de fondo y la arruinaron. Por otro lado, en la literatura del Antiguo Egipto, aparece Sinuhé como un personaje de la vida real que existió mil años antes de la época de Akhenatón. Asimismo “Moses”, o Moisés, el personaje fuerte del Antiguo Testamento, coincide históricamente, más o menos, con la época del faraón monolátrico ya mencionado (1,350 años antes de Jesucristo), razón por la cual he propuesto, desde la década del ochenta del siglo pasado, que habría que ahondar en las indagaciones de este capítulo nebuloso de la “Historia” extrabíblica, tanto en la parte legendaria como en la científicamente histórica.

Recuerdo que grandes cantidades de personas hacían fila, hasta por dos cuadras, para ver las películas “Los Diez Mandamientos” y “Ben-Hur”, en dirección a los cinematógrafos “Variedades”, “Clámer” y “Cine Presidente”, del centro de la capital catracha. Especialmente el “Sábado de Gloria” y el “Domingo de Resurrección”. Por supuesto que también hacían fila los carteristas mañosos, bolseando a los cinéfilos desprevenidos. Quizás lo mismo ocurría en San Pedro Sula. En verdad que era agradable caminar por las calles solitarias de Tegucigalpa y Comayagüela, ya fuera con el objeto de acompañar a las tradicionales procesiones católico-cristianas; o embelesarse con las películas de temporada; o quedarse leyendo en la casa los libros pendientes como “Cien Años de Soledad” de García Márquez, y otros de contenido más profundo.

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