Rafael Delgado Elvir
Economista. Catedrático universitario

La pandemia se ha sentido en carne propia a lo largo  y ancho del país. Lo que inicialmente fue percibido como algo grave, pero lejano de cada hogar, es ahora un enemigo que cada día se acerca más y más. Es por eso que ya ratos las víctimas de la COVD-19 dejaron de ser una cifra fría. Cada hogar hondureño percibe que el círculo se cierra y lamenta la muerte o el contagio de una persona de su entorno.

Recientemente fallecieron dos amigos del gremio médico. Me refi ero a Cándido Mejía y a Gustavo Vásquez.
Dos personas a las que en San Pedro Sula se les conoció por su destacado desempeño profesional. Cándido como dermatólogo y Gustavo como ortopeda pediatra. Con sus muertes la ciudad ha perdido a dos profesionales valiosos que dedicaron muchas horas del día y muchos días del año a un servicio de bien para todos. Su contagio y aún más sus muertes, no tenían que ocurrir, pero sucedieron debido a la fragilidad del sistema de salud hondureño que evidentemente no proporciona condiciones aceptables de riesgo para los
profesionales trabajando en esa área. El ambiente que impera en Honduras contribuye muy poco a que podamos enfrentar con éxito la pandemia. Por allí todavía hay algunas opiniones que nos ponen ante las opciones excluyentes: la economía o la salud.

Con ello indican que si decidimos aplicar medidas para proteger la salud pública ahogaremos más la economía. Pero con un año ya de experiencias acumuladas se sabe que no hay mejor manera de proteger los empleos que atacando primero a la pandemia, con lo que parece más bien ser objetivos complementarios. Esto se hace más claro con las vacunas que ya se están aplicando en los países de altos ingresos dibujando así escenarios defi nidos: sin vacunar el contagio ascendente continuará y ante ello será imposible una recuperación económica sostenida. Todo lo que pueda surgir en medio del contagio serán despuntes cortos y débiles que se ahogarán con los rebrotes. Mientras que la aplicación de la vacuna con las otras medidas necesarias de Salud Pública conducirá fi nalmente a crear bases sólidas para reiniciar la economía.

Lastimosamente valioso tiempo se ha perdido en nuestro país. Nuevamente la burocracia muestra sus escasas
competencias para gobernar y sobre todo en tiempos de crisis. Lenta, preocupada más en salir de su propia crisis, no gestionó la compra de las vacunas como otros gobernantes del área, como tampoco ha proporcionado de sufi cientes recursos al personal de los centros médicos públicos. La historia se repite y no es un accidente: así como ha manejado la crisis en los hospitales de verdad, de los hospitales móviles, de los triajes, de los insumos, el capítulo de las vacunas amenaza con convertirse en lo mismo. Eso es fatal ya que, por nuestra misma condición de país empobrecido, estamos ya condenados a no tener acceso rápido a las vacunas. Los últimos datos que se han publicado indican que alrededor de 200 millones de personas han sido vacunadas contra la COVID-19; de estas alrededor del 45% son para países altamente industrializados (G7) y el resto en países de ingresos altos y medio-altos. Estos países, según los expertos, alcanzarán la inmunidad colectiva en el 2021. Otro dato importante que entorpece la difusión de la vacuna proviene de la Organización Mundial del Comercio
cuyo tratado de propiedad intelectual que protegen a los desarrolladores de la vacuna, seguirán siendo un problema ante la pandemia que requiere producción masiva y barata en diferentes países.

El contagio y muerte de amigos médicos nos recuerda que el país fue sorprendido por la pandemia con un sistema de Salud Pública sumamente precario. Pero lo peor no es eso. Lo fatal es la incapacidad de los responsables de estructurar una respuesta medianamente adecuada que proteja tanto al personal sanitario como a los enfermos, que controle el contagio y que identifi que tempranamente al contagiado.

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