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Cuatro años de explotación bajo el mismo techo: el sistema que llegó tarde

Ruth Bonilla – En Alta Voz

En Juticalpa, Olancho, una niña fue explotada sexualmente durante cuatro años por las dos personas que debían protegerla: su propia madre y la pareja de esta. La captura, ejecutada por la Dirección Policial de Investigaciones (DPI), llega después de que la víctima —hoy de 12 años— soportara desde los ocho abusos sistemáticos, con pagos semanales de entre 2,000 y 3,000 lempiras a cambio de su cuerpo.

El caso no es solo la historia de dos adultos señalados de un crimen atroz. Es también el retrato de un sistema que tardó cuatro años en reaccionar.

Una red que operó sin obstáculos

Según la investigación, la menor no solo era explotada en Juticalpa: era trasladada a Choluteca y La Paz, cruzando departamentos, para continuar siendo víctima de explotación sexual comercial. Ese nivel de movilidad y logística sugiere una operación sostenida en el tiempo, no un hecho aislado ni improvisado. Sin embargo, pasaron cuatro años antes de que las autoridades intervinieran.

¿Cuántas veces pasó esa niña por controles migratorios internos, revisiones escolares, centros de salud, vecinos, familiares extendidos, sin que nadie preguntara? La pregunta no es retórica: es la que debería guiar cualquier revisión institucional después de este caso.

El padrastro, además, se beneficiaba del trabajo infantil

El expediente añade otro elemento que agrava el cuadro: el hombre señalado también habría gestionado empleos como empleada doméstica para la niña, quedándose con el dinero que ella ganaba. Es decir, no se trata únicamente de explotación sexual, sino de un patrón de explotación integral —económica, laboral y sexual— ejercido por quienes tenían la custodia y la confianza de la menor.

Este dato debería obligar a las autoridades a preguntarse si hubo señales previas ignoradas: ausencias escolares, cambios de conducta, indicios de trabajo infantil que, de haberse detectado a tiempo, habrían acortado el calvario de la víctima.

Un rescate que llega tarde, pero no es el único

Durante el operativo también fue rescatado un niño de ocho años en situación de vulnerabilidad. Su sola presencia en el lugar de los hechos plantea una interrogante que la DPI aún no ha respondido públicamente: ¿estaba también expuesto a explotación, o corría el riesgo de estarlo? La Secretaría de Niñez, Adolescencia y Familia (SENAF) asumió su protección, pero el hecho de que un segundo menor estuviera en ese entorno confirma que estos casos rara vez son hechos aislados.

La captura no es el final, es apenas el inicio de la exigencia

Los imputados enfrentarán proceso judicial en los juzgados de competencia nacional en Tegucigalpa por trata de personas con fines de explotación comercial agravada. Pero cuatro años de explotación bajo el mismo techo no se resuelven con un expediente ni con dos capturas. Se resuelven cambiando lo que permitió que ese tiempo pasara: la indiferencia, la falta de controles, la lentitud institucional que convierte a la niñez en la última prioridad del sistema.

Mientras Honduras siga celebrando capturas como si fueran victorias completas, seguirá fallando en lo único que realmente importa: llegar antes de que el daño se cuente en años.

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