Por: SEGISFREDO INFANTE

            Julian Baggini ha citado a un pensador africano para explicar la razón o el motivo de por qué han fracasado tantos proyectos de ayuda al desarrollo de África. La respuesta es sencilla: Los extranjeros han sido incapaces de comprender el “software” espiritual de los pueblos que pretenden auxiliar. Esto conecta con las creencias religiosas y con los pensamientos supuestamente filosóficos de los africanos, que nosotros llamaremos “cosmovisiones” locales. Joram Tarusarira dice: “Si quieres que esa ayuda sea efectiva, tienes que interactuar con la gente; si quieres sostenibilidad, tienes que interactuar con la gente. Pero muchas veces hemos tenido proyectos inútiles, básicamente porque las personas que los traen no entienden en absoluto la filosofía y la religión de la gente.”

            Hasta cierto punto lo mismo ha ocurrido en América Latina. Vienen personas a visitarnos, con proyectos y expertos de todo tipo, a “sugerir” (léase presionar) los senderos que debemos transitar política y económicamente. Sin embargo, la mayoría de esos visitantes y especialistas de cada turno, desconoce profundamente la historia de los pueblos latinoamericanos. Tal desconocimiento se acentúa cuando llegan a pequeñas regiones y países muy irregulares como el nuestro.

            Aquí los procesos electorales se han entrelazado con guerras civiles. José Cecilio del Valle ganó limpiamente las primeras elecciones presidenciales de la República Federal de América Central, en 1825. Le ganó al salvadoreño Manuel José de Arce y Fagoaga, con una diferencia de diez puntos de lo que parecía ser un “colegio electoral”. A mi juicio Valle logró, por mayoría absoluta, los votos provinciales, incluyendo aquellos que se negaron a contar. Sin embargo, la poderosa familia Aycinena argumentó que el ciudadano José del Valle carecía de mayoría absoluta, y que en consecuencia el Congreso debería nombrar al nuevo presidente, es decir, a un aliado del Marqués de Aycinena: el supuesto “liberal” José Arce. Ahí estuvo el germen de la guerra civil, que fue liderada por Francisco Morazán entre 1827 y 1829, por causa de las intromisiones violentas de Arce.

            En las elecciones hondureñas de 1902, Manuel Bonilla Chirinos les ganó limpiamente a los candidatos presidenciales Juan Ángel Arias y Marco Aurelio Soto. Los tres contendientes eran liberales. Pero el presidente Terencio Sierra argumentó que a Chirinos le faltaba mayoría absoluta, y que en consecuencia él continuaría gobernando mediante un consejo de ministros, lo cual desencadenó otra montonera fratricida. En las elecciones de 1923, Tiburcio Carías Andino (nacionalista) les ganó las elecciones limpiamente a sus contendientes Juan Ángel Arias y Policarpo Bonilla. (Este último había fundado un nuevo Partido Liberal, para hacerle frente al Partido Liberal oficialista). El ministro de Gobernación, José Ángel Zúñiga Huete, declaró que el triunfo de Carías Andino había sido relativo, y por tanto el Congreso debería elegir al nuevo presidente. Los nacionalistas y los policarpistas se aliaron y se fueron a la guerra civil en 1924. Todo porque desde el siglo diecinueve se tenía la mala costumbre de rechazar las victorias por mayoría simple. Esto lo desconocen los extranjeros que vienen a “aconsejarnos”, y también lo ignoran muchos hondureños de las nuevas generaciones. Se olvidan que, en los Estados Unidos, se ganan las elecciones presidenciales por mayoría relativa. Un ejemplo clásico, de lo afirmado, ocurrió cuando John F. Kennedy le ganó las elecciones a Richard M. Nixon, con unos poquísimos votos. (Nixon lo aceptó).

            A propósito de John Kennedy, él fue uno de los pocos gobernantes hemisféricos que intentó comprender las interioridades de los pueblos latinoamericanos. Aquí en Tegucigalpa hasta existe la Colonia Kennedy. Otro que realizó un recorrido por casi toda Centro América fue Henry Kissinger, durante uno de los mandatos republicanos, en una circunstancia dificilísima, en que los enfrentamientos de la “Guerra Fría” se habían copiado o trasladado, con dramatismo, hacia esta región ístmica.

            En cuanto al Partido Liberal, me parece que este es el momento para que sus filas se reagrupen y consoliden bajo el liderazgo de Yani Rosenthal. Si por errores de cálculo termina aliándose con otras fuerzas antiliberales, el Partido Liberal, todavía demasiado frágil, va a convertirse en un “chingastero”, con el riesgo de disolverse para siempre. El multipartidismo le ha inferido un enorme daño a muchos países y a la democracia misma, al grado que después de las elecciones en varias vueltas, resulta casi imposible organizar el gobierno. Tales países han sobrevivido porque por encima de los partidos existe una monarquía constitucional; o un sistema parlamentario fuerte, en donde por regla general se legisla alejándose de los pálpitos individuales de ciertos políticos; o alejándose de las coyunturas. El problema es que en América Latina somos demasiado inmaduros, históricamente hablando. Luego tenemos nuestra propia idiosincrasia criollo-mestiza, sin olvidar que nuestras cosmovisiones son más o menos de tendencia universalista.

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