Por: SEGISFREDO INFANTE

            Las personas sensitivas, que todavía las hay, perciben el dolor humano, en tiempos normales, en el curso de los días, los meses y los años. Pero hay momentos neurálgicos en que el dolor se torna más tangible, hasta convertirse en una constante “inmóvil”, en que el dolor es tan abrumador, o indescriptible, que ni avanza ni retrocede. Esto lo podemos percibir, históricamente, en medio de las guerras desgarradoras, sean de orden civil interno; o causadas por invasiones extranjeras o de terroristas. Lo conocen los soldados que en la cruenta batalla ven morir a sus camaradas gritando desesperadamente por auxilio. O cuando estamos internos en los hospitales y escuchamos los quejidos “de ultratumba”, las veinticuatro horas del día, que salen de la boca de algún paciente que se encuentra en la cama vecina. También lo saben los voluntarios de la “Cruz Roja” y los bomberos que se desplazan hacia los centros de tragedia individual o colectiva. Lo sufren los familiares cuando pierden a sus seres más amados.  

            El grito de dolor se escucha. Pero los insensibles suelen poner oídos sordos frente a las desgracias de sus semejantes. Pero aún hay más: palpita un dolor humano “desconocido”, que es inaudible e imperceptible para los sentidos, y es aquel producido por el hambre que tritura los estómagos de personas que son víctimas de las hambrunas asoladoras, de la mendicidad extrema y del abandono de la familia y los amigos. O incluso personas abandonadas por el Estado, el cual, al margen de las ideologías, está en la obligación de ejercer salvamento sin que el individuo sufriente lo solicite. Las personas pueden morir masivamente por deshidratación o por inanición sin hacer ruido. La Biblia dice algo más o menos así: ¡que no movamos el rostro hacia otro lado cuando un pordiosero extienda las manos para solicitarnos un pedazo de pan! Pero es precisamente lo que hacemos casi todos los días. Siempre recuerdo a dos personajes (uno vivo, simpático, y el otro ya fallecido, antipático) que se negaban a sacar un lempira para auxiliar a cualquier mendigo, porque argumentaban, falazmente, que “la revolución” resolvería ese problema. Se escudaban detrás de un lenguaje apariencialmente revolucionario para ocultar sus tremendas mezquindades morales y materiales. En segundo lugar argumentaban, y en esto podrían llevar algo de razón, que hay individuos inescrupulosos, de ambos sexos, que envían a los niños y a los ancianos a pedir dinero a las calles, bajo amenaza de golpizas, pues las víctimas rechazan que uno les obsequie alimentos concretos. En último caso la mezquindad pareciera imponerse. Pero un donante voluntario jamás va a lanzarse a averiguar quiénes necesitan ayudan y quiénes no.

            Otra faceta del dolor humano intraducible al lenguaje común, es el causado por el desamor de una persona alevosamente rechazada. Es un dolor que nadie puede ver y nadie puede tocar; sin embargo, está alojado en la mente y en el corazón de la persona que sufre con lágrimas silentes. El dolor de este prójimo (de ambos sexos) por regla general se refugia en la oquedad inaudible, como si no existiera. El sufriente dice casi nada de la persona desagradecida que le ha hecho daño. Sobre el particular se han publicado muchos poemas, cuentos, relatos y novelas a lo largo de la historia de las pasiones. Este fenómeno sólo es comprensible después de muchas décadas de haber vivido, observado, sufrido y meditado. Porque inclusive el amor nunca correspondido, conduce a la purificación del alma. Frente a los desagradecidos, hay que anteponer el agradecimiento ante la vida sencilla, por muy menesterosa que pareciera ser. Sabemos de poetas errabundos, como Li Tai Po (o Libai), que durante la dinastía “Tan”, vagaron por extensos territorios bajo la inclemencia del frío, la lluvia y el calor, buscando el amor, la compasión, un mendrugo de pan, una copa de vino o la hermandad humana.

            Son propicias estas reflexiones en la “Semana del Pésaj” (o “Semana Mayor”), en una época tan abrumadoramente dolorosa de la historia de Honduras. Con una pandemia despiadada de más de un año; dos huracanes montados uno sobre el otro; una economía despedazada; decenas de miles de damnificados; muchos amigos, parientes y conocidos que han muerto con dolor asfixiante por causa del “Covid-19”; algunos paisanos que incluso murieron descreyendo de la pandemia; luego las acusaciones y contra-acusaciones. Etc. También es una semana propicia para rememorar las crueldades de los poderosos y los orates que se han ensañado contra los individuos débiles y contra pueblos enteros, hasta llegar al verdadero genocidio. No es una semana para el odio. Sino para la rememoración histórica y religiosa, y asimismo para la reflexión sosegada de las cosas, aparentemente intraducibles, porque frente a la irracionalidad del mundo se impone la necesidad de la racionalidad fotopensante, de los mejores hombres y mujeres. Esas personas de pensamiento equilibrado las encontraremos incluso en Honduras.   

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