Por: Segisfredo Infante

Cuando mis hijas gemelas tenían alrededor de once años de edad, las puse a leer un libro simpático titulado “Sócrates Café”, de Christopher Philips. También les facilité la novela llamativa y enredada, pero al final superficial, titulada “El Mundo de Sofía”, de Jostein Gaarder. Inclusive en un viejísimo artículo mencioné este detalle, que le fascinó a mi amigo afrodescendiente Leonel Solís (QEPD), más conocido como “Ostin”, esposo de la poetisa Xiomara Cacho.

Nunca les pregunté a mis hijas cómo habían percibido aquellos dos libros. Ahora que son mujeres hechas y derechas, les he preguntado su opinión, y me han contestado que efectivamente les gustó leer aquel par de textos. Es más, que los releyeron con mucho placer. Solo Dios sabe dónde están aquellos dos ejemplares. Nunca más volví a toparme con el “Sócrates Café” del señor Philips. Pero con el filósofo moralista de la Grecia clásica me he topado varias veces. Pues creo que los dos primeros nombres de pensadores que memoricé en el curso de mi niñez y azarosa preadolescencia son los de “Diógenes el Perro”, y especialmente el de Sócrates, que lo leí en un libro de psicología. No de filosofía.

Sócrates siempre declaró, incluso en el punto de la muerte, que la diferencia entre los políticos, los artesanos, los poetas y los profesores sofistas que se hacían pasar por “sabios”, es que él, en cambio, afirmaba abiertamente su ignorancia, toda vez que el “Oráculo de Delfos”, por medio de sus pitonisas y sacerdotes, había lanzado la verdad lapidaria que Sócrates era el hombre más sabio de Atenas, en tanto que era el único que confesaba “no saber nada”.

El párrafo anterior presenta sus bemoles. En primer lugar, debo recordar que he publicado artículos ligados “Contra el método” de Paul Feyerabend. Pero en el caso de Sócrates hay que dejar bien claro que el filósofo adoptó el método de las parteras, en tanto que su señora madre Fenáreta, era comadrona o partera. Es decir, del conjunto de pocas mujeres que hasta unos pocos años atendían los alumbramientos en las aldeas y municipios de Honduras y de cualquier parte del mundo, desde los tiempos de la Grecia heroica. Sócrates, un observador nato, percibió que las comadronas ayudaban a las mujeres parturientas a traer la vida de nuevas criaturas a este mundo. Criaturas que adquirían un alma inmortal, y que cargaban (según una teoría socrática desarrollada por Platón) ideas congénitas escondidas en el alma, razón por la cual había que ayudar a los hombres, jóvenes y viejos, para que también parieran tales ideas o conocimientos.

Nuestro filósofo moralista, que nunca redactó un “telegrama”, explicaba que su “Arte” mayéutico (de ginecobstetra) consistía en preguntar, refutar y repreguntar hasta que los hombres parieran una idea. O resolvieran un problema. Entonces se daba por satisfecho, aclarando además que él era “un partero estéril”, incapaz de parir ideas propias, pero con mucha experiencia para auxiliar a otros en el parto.

La negación de su propia sabiduría llegaba al extremo paradójico de negarse a sí mismo todo conocimiento. Con lo cual, a estas alturas del tiempo, podríamos derivar tres cosas: La primera es que él había auto-domesticado sus instintos y su espíritu rebelde hasta alcanzar una auténtica humildad. La segunda cosa es que tal vez a nuestro filósofo le asaltaban dudas constantes; excepto cuando fue calumniado, acusado injustamente y sentenciado a muerte. La tercera, y esta es muy importante también, es que Sócrates estaba creando un método novedoso en la búsqueda del conocimiento. Me refiero al método inductivo, que fue reconocido por el mismo Aristóteles. Una cuarta posibilidad es que se hayan conjugado las tres condiciones anteriores en la personalidad enigmática de aquel enamorado de la sabiduría, de la cual jamás se hubiese distanciado, en tanto que prefería “morir muchas veces” antes de renunciar a su misión filosófica, suceso que pretendían sus adversarios gratuitos.

Todos sabemos que Sócrates jamás hizo anotaciones de sus pensamientos. Sin embargo, a veces se paraba en un solo punto a meditar durante muchas horas, sobre algún problema que lo traía cogitabundo, a fin de hilvanar sus ideas. El hombre semejaba una estatua de la Isla de Pascua; pero de nariz chata. Lo extraño es que también declaraba que él no era ningún orador, en tanto que sólo le interesaba conversar con personas de diversos estratos sociales que estuviesen interesadas en charlar con él; o en escucharle. Esta actitud desarrapada, enigmática y justa, es la que tal vez atraía a los jóvenes atenienses, motivo por el cual fue acusado de ser “corrupto”; o de “corruptor de la juventud”.

El método parturiento o inductivo de Sócrates hoy se utiliza en diversos campos del saber y de la ciencia. Es uno de los varios métodos. Empero, hoy necesitaríamos observar a alguien parecido meditando, durante horas, en un solo punto del planeta, bajo la luz desértica del concepto.

 168 total views,  1 views today

Dejar una respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here