Por: SEGISFREDO INFANTE

            Un artículo reciente de doña Elsa Ramírez de Ramírez, trajo a mi memoria la imagen de doña Elvia Castañeda de Machado, más conocida en el mundo de las letras (y de la historiografía) como Litza Quintana, “escritora y exquisita declamadora”, según lo expresó la periodista Ramírez, dentro de una perspectiva en que escasean los buenos declamadores. Lo que abunda son personas que leen sus poemas; o gritan o sobreactúan sobre los escenarios teatrales. Pocos lectores recuerdan las excelentes sugerencias que externaba William Shakespeare, por boca de Hamlet, para los buenos actores, mediante el método de hacer “teatro dentro del teatro”. Y pocos recuerdan, además, que Pablo Neruda fue un excelente poeta hasta “Residencia en la Tierra” (y tal vez hasta la mitad de “Tercera Residencia”); pero que era aburridísimo al grabar sus propios poemas.

            Empero, el tema principal de este artículo no es para nada ni el gran Shakespeare ni tampoco el formidable Neruda, sino la remembranza de una mujer catracha que era dura en apariencia, y muy tierna y femenina en su alma interior. Como soy un hombre agradecido debo destacar que le debo favores morales impagables a “Doña Elvia”. Aparte de tres entrevistas con despliegue fotográfico, ella y don Julio Rodríguez Ayestas se empeñaron en que me integrara a la “Academia de Geografía e Historia de Honduras” (allá por 1993 o 1994), en un momento en que aquella institución florecía, bajo la influencia directa de ambos investigadores y escritores, y bajo la añeja proyección de personajes como Rafael Heliodoro Valle, Esteban Guardiola y Rafael Jerez Alvarado, todos fallecidos, lamentablemente. Recuerdo que en aquel momento fui el miembro de número más joven de aquella “Academia”, aun cuando nunca me auto-propuse para integrar ninguna institución establecida. También le expresé a “Doña Elvia” que no deseaba pertenecer a ninguna junta directiva. Inclusive, para integrar la “Academia Hondureña de la Lengua” me postuló, originariamente, en dos oportunidades, don Eliseo Pérez Cadalso (amigo personal de Heliodoro Valle) a finales de la década del noventa del siglo próximo pasado.

            El más importante de todos los favores gratuitos de doña Elvia Castañeda para con mi persona, fue el siguiente: Me confidenció que la habían invitado a realizar un viaje a “Tierra Santa”, pero que no se sentía nada bien de salud, y que como era amiga personal del embajador Shimón Agour, ella propondría mi nombre. No le hice ningún comentario ni a favor ni en contra. Más bien me llamé a silencio y se me olvidó el asunto. Con el paso de los meses recibí la invitación del Estado de Israel, comprometiéndose a financiar mi estadía por aquellas tierras. La Universidad Nacional Autónoma de Honduras, bajo el rectorado del Dr. René Sagastume Castillo, financió el pasaje de ida y vuelta. Por mi lado puse algunos centavos de mi bolsa para los gastos conexos. Allá tuve un encuentro con diversos intelectuales y libreros del trasmundo, incluyendo tres argentinos, un paraguayo, un salvadoreño y el famoso poeta ruso Evgueni Yevtushenko, conferencista en Jerusalem. (Esto último lo he mencionado en varios artículos).

            Por otra parte, nunca olvido la amabilidad del joven judío Ángel David (o David Ángel), quien me expresó que “pocas personas leen como Usted, y sabe más cosas de Israel que los que vivimos por acá”. Tampoco olvido el tacto y la gentileza extrema del embajador Gideón Tadmor, quien me llevó, en 1993, por diversos rumbos de “Tierra Santa”, hasta llegar a los Montes de Golán, en la mera frontera de Líbano y Siria. Nunca olvido una escena idílica poco antes de llegar a la ciudad de Nazaret: Un soldado judío cargando su fusil-ametralladora, pero abrazado de una joven musulmana, con el vestuario típico de su religión. Ambos cuidaban un rebaño de ovejas en un bello atardecer, y resultaba clarísimo que eran novios enamorados. Aquello significó para mí, el símbolo aislado de la paz perfecta kantiana entre dos naciones. Lástima que no llevé ninguna cámara para fotografiarlos, con el fin de evitar problemas en el aeropuerto; aunque de hecho no tuve ningún problema en el “Ben Gurión”, como sí lo experimentó una anciana escritora, judía-argentina, cuyo apellido me resulta difícil recordar. Me parece que era muy amiga del ensayista Santiago Kovadloff y del novelista Tomás Eloy Martínez, autor de “Santa Evita” y de otros temas ligados con la señora Perón.

            De regreso de Israel, “Doña Elvia” me hizo una entrevista periodística titulada “El Libro: un Vehículo Indispensable en los Afanes de la Cultura”, en el curso del mes de junio de 1993. Tal entrevista se reprodujo, como anexo, en un Cuaderno Universitario de mi autoría, que se llama “El Libro en Honduras”. Es curioso que alguien haya publicado un ensayito utilizando el mismo nombre de mi libro, sin ni siquiera mencionar al autor. En todo caso mi agradecimiento eterno para doña Elvia Castañeda de Machado.

            Tegucigalpa, MDC, 22 de noviembre del año 2020. (Publicado en el prestigioso diario “La Tribuna” de Tegucigalpa, el domingo 29 de noviembre del 2020, Pág. Siete). (Se reproduce, parejamente, en el diario digital catracho “En Alta Voz”, por decisión voluntaria de los periodistas Mario Hernán Ramírez, Elsa Ramírez de Ramírez, y Lourdes Ramírez).

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