En la madrugada del 16 de noviembre de 1989, seis jesuitas, Elba y Celina fueron brutalmente asesinados en el marco de un operativo organizado por el alto mando del ejército y con el aval de las máximas autoridades del gobierno salvadoreño.

Los mataron porque estorbaban, porque su llamado al diálogo y a buscar caminos negociados no era bien visto por quienes habían convertido a la Guerra en un negocio lucrativo. Cuatro fueron los horcones en los cuales os jesuitas sostenía su misión apostólica: uno, la Fe en el Dios de la Vida; dos, la razón y la búsqueda de la verdad por encima de dogmatismos y la irracionalidad; tres, la paz como fundamento de la justicia; y cuatro, el amor y defensa de los más oprimidos e indefensos. 

La vida de estas ocho personas fue paradójicamente malograda y bendecida. Malograda porque la crueldad de la matanza no puede ser jamás atenuada. Los rostros y cerebros despedazados como animales que se destazan sin piedad, es una realidad a la que nada ni nadie puede quitar el horror. Y a la vez es una vida bendecida, porque dice bien de la entrega de estas personas a valores que no tranzan con la barbarie, la insolidaridad, la violencia, la corrupción y el derroche.

Uno de estos mártires, Ignacio Ellacuría, lo dijo de una manera espléndida: el planeta jamás tendrá futuro digno si las sociedades se esmeran en asemejarse al derroche y al consumo de la sociedad norteamericana. El futuro sólo será posible a partir de una civilización de la pobreza. Y por promover estas ideas y buscar su concreción histórica en El Salvador, los cuerpos de los jesuitas fueron despedazados.

Centroamérica entera, está urgida de dignidad, justicia, verdad y amor, valores por los que dieron su vida los jesuitas de la UCA. Valores que se han de historizar en una nueva administración institucional de la justicia, en la defensa y respeto de los derechos humanos, en el rechazo al control del Estado y de los bienes naturales por reducidas élites, y en un Estado de Derecho consolidado.

Hacer memoria de los Mártires es escarbar en nuestra historia señales para seguir creyendo. Los mártires son esa fuerza que nos invita a dejar atrás desalientos, y a mantenernos en la lucha por alcanzar el triunfo final de los justos. Triste sería si en la Iglesia abandonamos esa memoria, porque nuestra Eucaristía es justamente el memorial de un martirio, el memorial de la entrega generosa de la sangre de un inocente.

Monseñor Casaldáliga, dice que los mártires son tesoros del pueblo. Y así lo dijeron nuestros Padres de la Iglesia en los primeros siglos: los mártires son semilla de cristianos. Cuánto necesitamos hoy esa memoria en nuestra Iglesia para saber cargar con la vida y las angustias de nuestro pueblo desde la esperanza. Los Mártires de la UCA son una causa que purifica y alumbra nuestra fe, nuestras vidas y nuestras luchas, y trayendo a nuestros recuerdos las imágenes de sus cuerpos destrozados, ellos hacen resonar en nuestros corazones las propias palabras del Evangelio: “hagan esto en memoria mía”.

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