Por Mario Hernán Ramírez

Corría posiblemente el año de 1950 o 51 del pasado siglo, cuando Tegucigalpa se vio engalanada con la presencia de una de las mujeres más emblemáticas que la historia registra, a nivel mundial. Mujer que alcanzó los más altos méritos y virtudes a su breve paso por la tierra y que andando el tiempo se ha ido convirtiendo en un símbolo para las de su género, en aquella gran nación del sur del continente, conocida como Argentina, país que la vio nacer y tuvo el honor de tenerla como primera dama, al contraer nupcias con el tres veces presidente de esa nación, general Juan Domingo Perón; ella es Eva Duarte.

Evita, como cariñosamente la llamaba su pueblo, falleció a la temprana edad de 33 años (la edad de Cristo), pero, en ese corto transitar, logró ubicarse en la cumbre más alta del prestigio, por sus innumerables dones de mujer excelsa; a ella los llamados “descamisados” o sea el pueblo-pobre-pueblo, la idolatraba porque su proyección siempre estuvo al servicio de esta gran masa de la población gaucha.

Pues bien, membretamos este trabajo, con el nombre de Eva Perón en Tegucigalpa, y es, que precisamente, fue en el período señalado en el que esta ciudad vistió sus mejores galas, para recibir a tan alta dignataria de un país tan lejano, a pesar de encontrarnos en el mismo hemisferio.

Gobernaba en esa memorable época Honduras el demócrata y progresista presidente Dr. Juan Manuel Gálvez y era Ministro de Educación el abogado Julio C. Palacios, quienes sirvieron de anfitriones para tan ilustre visitante, la que en su apretada agenda contempló la visita a la histórica Escuela República Argentina, ubicada en nuestra siempre bien amada Comayagüela, ya que ese centro escolar no solo lleva el nombre de aquella ejemplar república, sino porque en su seno funciona un auditorio con un magnífico escenario como para 150 personas, bautizado con el significativo nombre de Nicolás Avellaneda, otro de los grandes hombres que La Argentina ha dado al mundo y que, fue gobernante allá, a finales de la mitad del siglo antepasado (1800), quien cumplió a cabalidad las funciones que el pueblo le había encomendado, pues, era un hombre super dotado, de una inteligencia extraordinaria que combinó magistralmente con la política e hizo uno de los mejores gobiernos que la historia argentina registra.

Evita, llegó hasta dicha escuela en Comayagüela, acompañada por una comitiva oficial del más alto rango, siendo recibida por la entonces directora de la escuela, la recordada maestra Filomena Carías, la que, dada su capacidad pedagógica, organizó un variado programa para recibir a tan encumbrada personalidad, en la que participaron, por supuesto, la mayor parte de las alumnas de por entonces, entre quienes figuraban nuestras dilectas amigas Gloria Ludivina Díaz Acosta y Vilma Quiroz, las que, desde temprana edad demostraron sus dotes artísticos, cantando, bailando y declamando, lo que con el tiempo las colocó en un lugar prominente dentro de la sociedad capitalina.

Evita Perón, había nacido en 1919 y abandonó este mundo en 1952, por lo que se están cumpliendo 68 años  de su sentido fallecimiento y los periódicos, cine, televisión y revistas del momento aun recuerdan y la recordarán permanentemente, porque como dejamos dicho líneas arriba, fue una dama sencillamente excepcional, al estilo de las grandes que la historia misma registra como Margaret Thatcher en Inglaterra, Indira Gandi en La India, Golda Mier en Israel, la madre Teresa de Calcuta nacionalizada en La India, pero, nacida en Macedonia (Europa) y otras sobresalientes figuras del feminismo mundial que siempre han enarbolado la tea luminosa de la singularidad.

En Honduras, es bueno recordarlo, hemos tenido mujeres de enorme y luminosa trayectoria, también, como Lucila Gamero de Medina, Visitación Padilla, Laura Vijil de Lozano, Alejandrina Bermúdez de Villeda Morales, Sor María Rosa y más acá en el tiempo a Mary Flakes de Flores, por lo que, es preciso reconocer los méritos y virtudes de estas dignas representantes del feminismo hondureño que brillaron y siguen iluminando con luz propia en la constelación de nuestro firmamento.

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