Por: SEGISFREDO INFANTE

            El año antepasado compré un libro titulado “Fake News”. Lo único que hice fue hojearlo. Lastimosamente, ahora mismo, no lo tengo a mano. Pero tal hecho no es ningún obstáculo para referirme a un fenómeno respecto del cual todos los días recibo una avalancha de desinformación, sea que me guste o me disguste el fenómeno, en tanto que allá a las cansadas se filtra en medio del caos alguna información más o menos confiable, es decir, algo verosímil, aun cuando sea casi imposible verificarlo en el corto plazo. Hay circunstancias para las cuales, desde una actitud científica, se requieren varios lustros de investigación. Como el origen real de cualquier pandemia, por ejemplo.

            Pero lo que más abruma al espíritu es la falsa noticia política. Y de vez en cuando la desinformación económica. Una noticia resulta falsa desde diversos ángulos: El primero se liga a la exageración de un suceso. Después, los más sofisticados trabajan en la distorsión de los hechos, para volverlos más o menos creíbles. En ambos casos los manipuladores de oficio suelen destilar veneno. O frivolidad. Pero la noticia más burda es aquella que resulta absolutamente falsa y se presenta como un suceso incuestionable, en donde los receptores no tienen ninguna posibilidad de comprobarlo en el corto plazo. Las víctimas receptoras de estas falsas noticias se las tragan de un solo, porque carecen de capacidad para digerirlas. Son incapaces de colocarles signos de interrogación.  

            La noticia económica es una de las más delicadas, porque podría afectar la sensibilidad de los mercados financieros. En otros momentos tuvimos la oportunidad de enterarnos sobre el delito de provocar “pánico económico” o “pánico financiero”, que conduce al caos en los supermercados y en los procesos de “iliquidez” bancaria. Entre los años que discurren entre el dos mil uno y el dos mil ocho (2001-2008), hubo mucha enseñanza ligada a la falsa información emparentada con la “Multi Data”. Por añadidura las “Fake News” circulan principalmente, ominosamente, en las famosas “redes sociales”; digamos que en un noventa por ciento.

            En cuanto al espectro de matices múltiples ligados a las desinformaciones, podrían escribirse varios capítulos, según sea cada caso o circunstancia. Uno de los ejemplos más repetidos es que algunos supuestos lectores toman un texto sacado de un periódico, y extraen algún renglón para descontextualizarlo y atacar al autor. Es evidente que a veces ni siquiera han leído todo el texto que atacan, porque si acaso lo hubieran hecho, con un mínimo de responsabilidad, se lo pensarían varias veces, en caso que en sus almas quedara algún reducto de ética; o eticidad. También toman declaraciones fragmentarias de la televisión y la radio, para luego elaborar “memes” con montajes ficticios (al viejo estilo de los montajes fotográficos) que casi nada tienen que ver con las declaraciones originarias, con el objeto principal de dañar la imagen de personas a quienes les asiste el sacrosanto principio de presunción de “inocencia”, que establece el derecho universal, desde los tiempos de la Antigua Roma y de otras culturas del Cercano Oriente.

            La falsa noticia, o el escamoteo de los hechos, contiene varios ingredientes, incluyendo el de la envidia, una de las pasiones más ruines y sutiles, en tanto que suele presentarse con diversas máscaras y pretextos. Pero el objetivo principal de las “Fake News”, por lo menos en estos últimos años, es el de la guerra sicológica con el fin casi inmediato de desorientar e intimidar a los amigos, a los compañeros, a los colegas, a los adversarios y a las masas populares en general. Y aunque las guerras sicológicas son tan antiguas como las primeras civilizaciones mediterráneas, la táctica actual se traduce en la desinformación sistemática para enceguecer a griegos y troyanos, al extremo que engañar a sus propios amigos y correligionarios, es como un requisito indispensable encaminado a la destrucción de aquello que se malquiere. Es harto evidente que un vasto segmento de las redes sociales, ante todo destruyen, y casi nunca construyen. Y a veces se trata del simple afán de destruir por destruir, por aquello de la “autodestrucción humana” que ha sido estudiada por psicólogos y psiquiatras.

            Este problema de las noticias falsas pareciera ser un fenómeno interminable, es decir “infinito”, y por consiguiente es harto difícil, desde el punto de vista platónico y aristotélico, elaborar un conocimiento filosófico y científico estable. Por ahora me parece que tal vez podría diseñarse una matriz azarosa, consistente en identificar cuántas veces se repite una falsa noticia, actual o desactualizada, en los niveles regionales y mundiales, a fin de establecer un promedio de repetición abrumadora. En tanto que parte de la táctica de los desinformadores, es presentar noticias viejas como si fueran de ahora mismo. Las copian de los archivos digitales de lejanos países y las presentan como si hubiesen ocurrido en Honduras, en Estados Unidos o en Francia.

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