HORACIO ULISES BARRIOS SOLANO

12 de enero de 2021

“Entre rosas y espinas, ante la complejidad de la vida, surge el canto y la esperanza”

A la memoria del Dr. Tomás Ruiz Romero[1], presbítero, maestro y jurista (Chinandega 1777 – San Cristóbal de la Casas 1819) Prócer independentista por la emancipación indígena. En el Bicentenario de la Independencia de Centroamérica (15 de septiembre de 1821 – 2021).

CANONIZACIÓN Y MITO UNIVERSAL

Rubén Darío, con la “Letanía a nuestro señor don Quijote” (Madrid, mayo 1905), ofició, tres siglos después, el rito de “canonización poética de un nuevo santo Hispánico, el santo patrono del idealismo y de la heroicidad moral”, según afirma Pedro Salinas. Es una oración poética que solo se compara a la obra en prosa de don Miguel de Unamuno (1864-1936) “Vida de Don Quijote y Sancho”, escrita en 1904 y publicada en 1905, en ocasión del III Centenario del Quijote. En ambos textos, fue el personaje y no el autor quien ha sido colocado en el altar universal de la literatura española. El autor, a través del personaje, es, una vez más, entronizado con las aureolas del mito:

“Ora por nosotros, señor de los tristes, que de fuerza alientas y de ensueños vistes, coronado de áureo yelmo de ilusión; ¡que nadie ha podido vencer todavía, por la adarga al brazo, toda fantasía, y la lanza en ristre, todo corazón!”

En febrero de 1916, enterado del fallecimiento del autor de Azul… en León de Nicaragua, el escritor hondureño Rafael Heliodoro Valle (1891 – 1959), canonizó al más reciente del santoral de la literatura universal. Heliodoro, el joven a quien, el reconocido poeta, habiendo recibido un poemario de aquel, cuando apenas incursionaba en el incierto camino literario, le escribió con elogio, sin menosprecio, con motivación de maestro: “El talento es joya de Honduras”. Ahora, el destacado académico escribió en Guatemala: “San Rubén Darío”:

 “Traed las griegas ramas del acanto para mezclarlas con laurel sombrío, donde desgrane su cristal el llanto; venid a adorar a nuestro santo que está en el cielo: ¡San Rubén Darío!”

Este santo santificado en el mito literario es meditabundo y misterioso, musical, rítmico, sensible, sensitivo, colorido, simbólico y mítico… Yace en un altar de piedras, noches y luces, entre el silencio para escuchar y leer, y el espacio abierto sin límites para vagar y volar… No se restringe, se esfuma y expande.

 “Tembló su nombre entre las piedras raras, su nombre, lo más puro que tenemos, pues no lo tienen ni las noches claras!”.

Diez años antes, Juan Ramón Molina (1875-1908), el más grande poeta hondureño a pesar de su fugaz existencia, a quien el guatemalteco Miguel Ángel Asturias (1899-1974) llamó “poeta gemelo de Rubén” (1959), había escrito:

“Amo tu clara gloria como si fuera mía, de Anadiomena engendro y Apolo musageta, nacido en una Lesbos de luz y de poesía donde las nuevas musas ungiéronte poeta”.

Y en las estrofas finales: “Verbo de anunciación de nuestro continente vate proteico, noble, magnífico y vidente, que tiene de paloma, de abeja y de león;” y: “La gloria te reserva su más ilustre lauro: humillar la soberbia del rubio minotauro como el divino Jorge la testa del dragón.”

La universalidad requiere ser alimentada por el discurso del mito. Darío, desde temprano, fue misterio, mito, mitológico y mítico, erudito y sacrílego, entre oscuros y claros por lo que hacía, sentía, irradiaba, pensaba y escribía… Por lo impredecible e imposible, por lo que ocurrió en él, lo que hizo y cómo lo hizo, fuera de todo pronóstico, un espécimen raro, rarísimo, como sus Raros, inexplicable como la metáfora del “cisne negro”.

En “Cantos de vida y esperanza. Los cisnes y otros poemas” escribió:

 “Y un Cisne negro dijo: – La noche anuncia el día. Y uno blanco: ¡La aurora es inmortal, la aurora es inmortal! ¡Oh tierras de sol y de armonía, aún guarda la Esperanza la caja de Pandora!”

¿Fue él una caja de Pandora? ¿Es acaso un “cisne negro”, la esperanza que guarda la caja de Pandora? ¿Lo ignora? ¿o apenas lo percibe? ¡Lo sabe! Es parte del fabuloso mito que alimenta…

Y en otros versos del mismo libro:

 “Las dignidades de vuestros actos,

eternizadas en lo infinito, hacen que sean ritmos exactos, voces de ensueño, luces de mito”.

La universalidad parte de una creencia que se asume e impone, de un paradigma que se rompe y otro que se instaura de manera duradera, de una fe que se comparte y quizás, de una mezcla inseparable de realidad, ficción y fábula, de evidencia y supuestos que se asumen en el común denominador de un tiempo que se prolonga más allá del tiempo, desde la particularidad de un espacio que se extiende traspasando los contornos, irrespetando las fronteras… El mito lo crea la fama y la fama crea el mito.

El poeta nicaragüense Luis Alberto Cabrales (1901-1974) dice que la reforma que introdujo Darío fue liberar el idioma de viejas ataduras, por lo que “De tal manera enriqueció la lengua castellana que con la misma justicia con que se le denomina lengua de Cervantes, podría llamársele lengua de Darío”.

Carácter universal

Lo universal tiene alcance global y capacidad de perdurar en la diversidad, es parámetro o referente, lupa para mirar, traducir e interpretar una “realidad”, siempre cambiante y diversa, que, en este caso, es estética, literaria y poética.

Del diccionario de la Lengua Española podemos tomar dos acepciones: “Que pertenece o se extiende a todo el mundo, a todos los países y tiempos” y “que por su naturaleza es apto para ser predicado por muchos”.  Pueden ser universales las ideas, las obras, las personas… Sin embargo, toda universalidad, siempre es relativa, desde Einstein, es imposible no aceptarlo y poner en duda todo…  El universalismo puede ser moral, como postura ética que defiende la existencia de una verdad moral universal, según Sócrates y Platón. También puede ser filosófico, religioso, político, económico, …

¿Es Darío universal o es él un universo sobre el que orbita la poesía contemporánea en su evolución en la lengua española?

El modernismo que impulso Darío y expresó en su poesía y prosa, que como una ola arrasó e impregnó el pensamiento y la producción literaria de su tiempo, tiene una estética, un espectro de luces y sonidos que define y refleja lo que percibe bello en el arte literario, que lo construye a partir de identificar e interpretar la belleza del entorno y lo que viene de dentro para manifestarse afuera.

En la poesía en particular (aunque también en cualquier texto literario), podríamos identificar lo que hemos llamado en otras conferencias las 4S (cuatro eses): 1: “significado”, es decir las acepciones que el idioma asume y define oficialmente, según los diccionarios, lo que significa una palabra en el uso común aceptado; 2: “sentido”, el valor que, a esa palabra en determinado lugar de la oración, con cierto énfasis, en correspondencia a la cultura y la época, se le da, no siempre es igual al “significado”; 3: “sensación”, que es algo así, como el sabor que dejan las palabra, pueden vincularse variaciones en dependencia del estado de ánimo o del contexto histórico, cultural, religioso y social determinado; y finalmente, 4:“sonido” que son las vibraciones acústicas que produce en el oído una palabra, es la musicalidad que, al juntarse con otras palabras en un verso, deja un ritmo.

Darío escribió en el poema A Campoamor:

“abeja es cada expresión que, volando del papel, deja en los labios la miel y pica en el corazón”.

En Prosas profanas:

“Ama tu ritmo y ritma tus acciones bajo su ley, así como tus versos; eres un universo de universos y tu alma una fuente de canciones.”.

Y en otro poema:

“Yo persigo una forma que no encuentra mi estilo,

“Y no hallo sino la palabra que huye, la iniciación melódica que de la flauta fluye y la barca del sueño que en el espacio boga;”

Una de las cualidades más evidentes del modernismo en la lengua española es la musicalidad y el ritmo, no es solo la métrica ni el significado de las palabras, el pilar sobre el que se construye el verso es el sonido, alrededor del cual se articula el significado, el sentido y la sensación que pretende transmitir. Es el sonido-ritmo el instrumento-método para provocar la sensación en el oído, a través del órgano auditivo, penetrar en las emociones y en la mente de quien escucha y lee. De allí que, la poesía en general, pero más evidentemente la poesía modernista, requiere ser pronunciada y escuchada, no es suficiente la lectura visual, será como leer una partitura de Beethoven, Vivaldi o Mozart, aunque podemos imaginar el sonido si tenemos formación musical, en realidad el sonido, para apreciarse en su espléndida magnitud, requiere escucharse para sentirse, con sus altos y bajos, tiempos y silencios.

Los modernistas tenían “oído musical”, Darío, el pionero, tuvo oído musical. Ello le percibir, gracias al salvadoreño Francisco Gavidia Guandique (1863-1955) la virtud del verso alejandrino francés reconoció esa carencia de la poesía española de fines del siglo XIX.  Descubrió que cada palabra tiene el aliento del alma, vibra, emite un sonido y hay un ritmo esencial. En “Palabras liminares”, una especie de proclama al inicio de “Prosas Profanas” dice: “Como cada palabra tiene un alma, hay en cada verso, además de la armonía verbal, una melodía ideal. La música es solo de la idea, muchas veces”.

Sin embargo, en este punto, que es una de las grandes cualidades de aquel movimiento renovador, yace también su debilidad (debilidad y fortaleza: dualidad). Quizás es la poesía modernista una de las más difíciles de traducir. Porque podremos interpretar el significado de las palabras o incluso el sentido, según la época y el tiempo, según el contexto histórico y cultural para el lector contemporáneo, pero el sonido, la vibración y el ritmo son propios de cada idioma, de tal forma que no será posible preservar la fidelidad rítmica y musical modernista en una lengua distinta al español en la que fue escrita.  Esta dificultad se convierte en una especie de barrera, no que impide, sino que limita, la percepción plena de la belleza poética rubendariana en idiomas distintos al español. Podríamos decir que es una restricción para universalizarla con plenitud.  A pesar de ello, hay múltiples traducciones disponibles, verdaderas hazañas para trasladar, con algún nivel de fidelidad, el sentido, calidad y belleza literaria de Darío al menos en veinte idiomas, entre ellos inglés, francés, alemán, ruso, italiano, portugués, persa, mandarín, japonés, coreano, incluso al misquito nicaragüense-hondureño…


[1] En septiembre de 1980 La Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional aprobó el decreto que creó el título de héroe nacional. Desde entonces Nicaragua cuenta con doce héroes nacionales uno de ellos costarricense y con dos próceres, José Cecilio del Valle y el padre indio Tomás Ruiz

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