Por: SEGISFREDO INFANTE

            Era de esperarse, que después de la “Semana Mayor”, los hospitales públicos volvieran a colapsarse. Especialmente las clínicas del Instituto Hondureño de Seguridad Social y el Hospital Escuela. De nada sirven las advertencias gubernamentales. Y menos las sugerencias de los amigos y familiares. Muchos jóvenes (de ambos sexos) igualmente se fueron a “pijinear” a las piscinas, a los bares, a los expendios de aguardiente y a las playas y hoteles tumultuosos. Lo hacen por dos posibles motivos: Para llevarles la contraria a las autoridades centrales y municipales; o simplemente para desahogarse de la sensación de angustia que genera el encierro continuo. El problema es que pareciera que alguien les robó la “razón” al momento de nacer; o tal vez en las aulas escolares de diversos niveles del sistema educativo nacional (léase antisistema educativo), en tanto que jamás se les ocurre que al retornar a sus hogares por regla general contaminan a sus padres, hermanos y abuelos, aun cuando los portadores parezcan “asintomáticos”. Utilizo por primera vez el verbo chocarrero de “pijinear”, que aprendí en el Instituto Central, con el fin de ser más directo en el presente artículo. (También aprendí otros vocablos de mala entraña, que he comentado, en fecha reciente, con mi amigo y pariente lejano el lector y prestigioso baladista don Moisés Canelo).

            Comprendo la contradicción de fondo que se impone entre la necesidad de salvaguardar la vida y la salud de las personas, frente a la necesidad de reactivar los mercados locales, sobre todo en temporadas conmemorativas, habida cuenta que nuestro país necesita sobrevivir económicamente, y mejorar sus índices de crecimiento en el curso del presente año. Pero ésta pareciera una ecuación casi imposible de resolver, por lo menos en el corto plazo, en tanto que millares de personas salen a las calles sin protecciones básicas, y sin respetar los distanciamientos individuales que sugiere hasta el simple sentido común. Tampoco se lavan las manos con jabón, o alcohol, antes y después de comer. O bien “se despachan” los alimentos fríos sin calentar. Como una verdadera “brejeta”, subrayaría mi abuela materna María de los Ángeles López (QEPD).

            Es comprensible, además, que la gente salga a la calle a realizar transacciones bancarias; a pagar sus cuentas; a vender y a comprar alimentos; a conseguir los medicamentos vitales de cada familia, etc., siempre y cuando se trate de cosas indispensables para la subsistencia y la economía nacional. Pero salir a parrandear por el simple lujo de darse “aires de libertad” en lugares contaminados o tumultuosos, es una desconsideración y un completo acto de indolencia contra el prójimo. ¿Cómo es posible que a los jóvenes y a los vagos de diversas edades se les olvide que nuestros hospitales públicos colapsan y que mueren tantos paisanos por culpa de los irresponsables? No me quiero referir, por ahora, a las grandes falencias de nuestro sistema sanitario. Eso ya lo he abordado en artículos anteriores, incluyendo el deleznable modelo de salud de los países poderosos o altamente desarrollados, que fueron incapaces de neutralizar la pandemia el año próximo pasado, y durante los dos primeros meses del presente año.

            Ramón Oquelí señalaba, en sus artículos periodísticos de la segunda mitad de la década del sesenta del siglo veinte, la indolencia de los hondureños frente a la muerte en general y frente a algunos asesinatos en particular. Por aquellos años eran muy pocos los homicidios escandalosos en Honduras. Pero Oquelí Garay, sin embargo, se sentía afectado en su sensibilidad individual, por causa de la indiferencia de los hondureños ante el dolor de sus congéneres. Varias veces me he preguntado cómo reaccionaría el amigo Oquelí si hubiese sido testigo directo e indirecto de los asesinatos en serie, cometidos con extrema brutalidad, en los últimos quince años después de su fallecimiento, es decir, desde el 2005 hasta el 2020. Me imagino que también se sentiría ostensiblemente afectado por las muertes derivadas del fenómeno de la pandemia, en uno de los países en que todavía estamos a la espera de la vacuna para todo el pueblo. Por supuesto que aquellos que tienen “pisto” viajan a vacunarse a Estados Unidos. (No los censuramos). Las enfermeras y los médicos catrachos han sido vacunados, en su mayoría, gracias al obsequio desprendido del primer ministro del Estado de Israel. Nosotros, en cambio, hasta el momento de redactar el presente artículo, hemos estado como al borde del precipicio: “inmóviles”, esperando una vacuna “sospechosa”, que en Costa Rica, por prevención, la han retenido hasta segunda orden. No deseo mencionar el nombre de la misma.

            Me parece que todavía estamos en la oscuridad respecto de cómo exactamente se contamina la gente que sale a parrandear. Se presume que es por la salivación microscópica y por el acto de toser frente a los demás. En todo caso se sugiere que las mascarillas dobles, bien colocadas, pueden auxiliar a los caminantes y viajeros.

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