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¿Son las caravanas de migrantes una nueva forma de protesta social “transnacional”?

Escrito por Ana Ortega, doctora en Estudios Internacionales e Interculturales

Fuente: Cespad org

Contexto y Antecedentes de las caravanas migratorias de Honduras.

A la primera caravana de migrantes que salió el 13 de octubre de 2018 de la terminal de buses de San Pedro Sula, en ruta hacia Estados Unidos, se ha sumado una segunda, tercera y cuarta caravana[1], Pareciera que esta nueva forma de migración masiva, va a continuar, en tanto, persisten las condiciones de expulsión que han obligado a las personas a salir del país. 

Si bien es primera vez que se utilizó el termino caravana para designar una salida masiva de personas del país, podemos considerar como antecedentes de estas caravanas, la salida también masiva de niños y niñas no acompañadas que llevó a decretar una emergencia humanitaria en el año 2014, después que el Departamento de Seguridad Nacional de EEUU y sus patrullas fronterizas reportaron entre enero y agosto de ese año, la detención de 66.000 niñas y niños en su mayoría provenientes del Triángulo Norte de Centro América. Este episodio también evidenció el proceso de feminización de las migraciones[2].

Posteriormente, en marzo de 2018 se produjo el llamado “viacrucis migratorio”[3], en esa ocasión unas 1500 personas salieron del Triángulo Norte con rumbo a EEUU, aproximadamente el 80% provenientes de Honduras. Además de estas salidas consideradas masivas, según organizaciones que trabajan con migrantes en Honduras[4], aproximadamente unas 300 personas, emprenderían la ruta migratoria hacia Estados Unidos cada día. Por su parte, el Observatorio Consular y Migratorio de la Secretaría de Relaciones exteriores de Honduras, reporta 75, 279 personas retornadas durante el 2018 y 3,837 personas retornadas desde el 1  hasta el 25 de enero de 2019[5]. Estos datos evidencian que la migración “ilegal” es un problema estructural en Honduras y que por las condiciones que la impulsan, se trata más bien de una expulsión masiva de población[6].

Siguiendo las teorías neoclásicas que explican la migración a partir de factores de atracción, en el país de destino y de expulsión en el país de origen y a juzgar por las afirmaciones de personas migrantes entrevistadas en el contexto de las caravanas, que responden que salen del país para escapar de la pobreza y de la violencia[7], podríamos inferir que las condiciones de expulsión se han agravado, en los últimos años.

Lo anterior se constata con las cifras oficiales del país, que dan cuenta como la incidencia de pobreza en hogares pasó de un 60% en el 2010 a un 62% en el 2018, al combinar los diferentes métodos de medición de pobreza, el INE establece que los hogares que disponen de un ingreso suficiente para lograr un nivel de vida adecuado y además satisfacen sus necesidades básicas, representan  solamente el 27.4%, son los considerados como “integrados socialmente”[8]. Esto implica que un 72.6% de la población se encuentra en el grupo de pobres estructurales, crónicos o recientes.

Las caravanas migratorias como forma de protesta social transnacional.

De lo expuesto en el apartado anterior se deduce que la migración “ilegal”, sobre todo a través de la peligrosa ruta hacia Estados Unidos, a pesar de todas sus implicaciones humanas, no es un fenómeno nuevo en Honduras. Aunque si es nueva esta forma de migrar en las llamadas “caravanas”, mismas que el gobierno, ante la pérdida de control de su impacto mediático y político, reaccionó intentando restar importancia a las condiciones estructurales que configuran este tipo de migración que podríamos llamar migración económica o de sobrevivencia y que en la forma de caravana alcanzó su máxima exposición pública.  

En ese esfuerzo oficial de restar importancia a la caravana, primero, el gobierno intentó revestirla de tinte político partidario, con el acostumbrado argumento de criminalizar a sujetos específicos. Posteriormente ha habido un intento de banalizar la migración, funcionarias del gobierno se han referido a que esta no es una migración al uso, sino más bien una especie de “caminata multipropósito”. Ambas estrategias mediáticas han fracasado en su intento de restar responsabilidad al gobierno y al Estado hondureño como expulsor de su población, producto de un contexto político y económico de violencia estructural que obliga a las personas a salir del país de manera masiva, con lo cual, la caravana ha logrado alarmar no solo al país de destino sino también a los países de tránsito.  

Efectivamente, las estrategias oficiales de restar importancia a las caravanas han fracasado. La caravana de migrantes, incipiente forma de migrar, poco conocida y estudiada, pero por lo que se logra inferir a partir de lo públicamente expuesto, sin estar necesariamente dentro de los repertorios conocidos de protesta popular, y sin ser consideradas un acto político estratégico, largamente planificado o con liderazgos reconocidos, logró movilizar la asistencia humanitaria, la atención de los países de tránsito y poner de nuevo el país en la mira de los reflectores internacionales y de la presión del gobierno estadounidense de Donald Trump, que no dudo en hacer públicos sus reclamos al cuestionado gobierno hondureño.

Igual, la matriz mediática oficial no tuvo eco en la prensa internacional y especialmente en la estadounidense, que a pesar de haber abordado tímidamente la crisis post electoral de principios del 2018, tuvo una aproximación más crítica y contundente a la caravana, uno de estos diarios publicaba: “Lo que comenzó como una disputa política nacional en Honduras —un esfuerzo por socavar a Juan Orlando Hernández después de una polémica elección y por llamar la atención sobre la desastrosa situación de los migrantes— se convirtió rápidamente en una riña internacional, fuente de vergüenza en Tegucigalpa, de consternación en toda la región y de oportunismo político en Estados Unidos”[9].

Por otra parte, reconocidos investigadores y estudiosos de la región como el profesor Salvador Marti Puig, ante la pregunta de: ¿Cómo entender la marcha de migrantes hondureños?, ¿Qué pasa en los países empobrecidos de Centroamérica para que se den este tipo de fenómenos hasta ahora nunca vistos? Afirmaba que “la respuesta está relacionada con la existencia de economías incapaces de crecer, una desigualdad altísima, unos regímenes con derivas autoritarias y, sobre todo, una sociedad que sufre una severa metástasis provocada por la violencia ligada al tráfico de personas, de estupefacientes y a la extorsión. No es casual, en este contexto, que hoy los jóvenes de dichos países vivan la migración como su opción más atractiva -y a veces como la única- para realizar una vida digna”[10].

Para el profesor Marti Puig, intencionada o no, hay un punto de “denuncia política” que increpa a toda la sociedad: la de origen, la de tránsito y la de llegada, además esta forma de migrar se constituye en una estrategia de seguridad. “Como los bancos de peces o las bandadas de pájaros, estos migrantes ven en el grupo una forma de enfrentar los peligros de su travesía. Desde las bandas criminales a los intentos de las autoridades por barrarles el paso. La unión –piensan- hace la fuerza”.

El análisis de algunos de los aspectos más visibles de la caravana nos muestra algunas diferencias, en comparación con la forma individual de migración “ilegal”, entre otras: 1) es un acto público, a diferencia de la forma oculta o clandestina de la migración “ilegal” individual; 2) hay una mínima convocatoria o auto convocatoria colectiva, en la que las tecnologías de la información y la comunicación juegan un papel clave; y 3) Puede ser un acto directo sin intermediación del llamado “coyote”.

Esta breve caracterización (sin ser exhaustiva), unida a lo expuesto por algunas de las personas que han integrado las diferentes caravanas, nos permite derivar algunas de las razones o motivos que podrían explicar la decisión individual o familiar de unirse a dichas caravanas:

  1. Protegerse de los peligros de la ruta migratoria, proveniente de actores particulares como de actores estatales
  2. Mayor posibilidad de aplicar a derechos contemplados en el marco normativo internacional para las personas migrantes, como derecho a protección, asilo y el mismo derecho a la libre movilidad.
  3. Evitar el pago del intermediario o “coyote”; y
  4. Hacerse visible como sujeto colectivo migrante.

Todos los elementos anteriores han afectado la migración “ilegal”, sobre todo en las dos últimas décadas. Las graves violaciones a los derechos humanos de los migrantes, que incluye tortura, secuestro y desaparición física han sido frecuentes y dramáticas, no obstante, la respuesta del gobierno hondureño ha sido limitada, son más bien organizaciones de la sociedad civil y de familiares de migrantes quienes han asumido diversas funciones de apoyo a las víctimas.

En ese contexto de indefensión, las caravanas podrían constituirse en una estrategia para hacer frente a la indiferencia que históricamente han sufrido las personas migrantes y en una forma efectiva de hacerse visible como sujeto colectivo titular de derechos, tanto en el país de origen como en los países de tránsito y de destino.

Todavía no está claro hacia dónde se va a decantar esta nueva forma de migración y las implicaciones que podría presentar a futuro, lo que si se constata es que ha puesto en el debate la compleja situación del país y las contradicciones del entorno, las dinámicas y del abordaje de las migraciones, en un contexto de globalización económica y crisis política. Una crisis política que, en el país de origen, es decir en Honduras, presenta características de colapso de la institucionalidad y agotamiento del principio de representación política que podría inducir a las personas no solo a salir del país sino también a ejercer mecanismos de presión política fuera del país, lo cual es una expresión de la llamada ciudadanía transnacional.     

Las contradicciones en la gestión de las migraciones.

Las caravanas migratorias han puesto en el debate las contradicciones en la gestión y abordaje de las migraciones, que a pesar de sus dramáticas expresiones no forman parte de la agenda pública nacional e internacional a pesar que pone en tensión las concepciones clásicas de Estado, soberanía o ciudadanía.

Una primera contradicción consiste en que mientras la emigración se asume desde la perspectiva de derechos y los Estados de origen de migrantes inclusive se benefician de la emigración, en tanto, válvula de escape a sus problemas sociales irresueltos; la inmigración, en cambio, se gestiona desde la perspectiva de seguridad del Estado y antepone el derecho a la soberanía sobre los derechos de las personas migrantes. En su versión extrema, en los últimos años se ha configurado la llamada securitización de la inmigración, que vuelve al sujeto migrante sin papeles, como un peligro para la seguridad del Estado, frente al que se construye un  relato de terror y rechazo[11].

Una segunda contradicción tiene que ver con las dinámicas y la racionalidad neoliberal que en la medida que derriba las fronteras físicas y legales a la movilidad de las mercancías y el capital, afianza las fronteras a la movilidad humana de las personas que son expulsadas por los mismos procesos de acumulación económica. Dependiendo de los ciclos de la economía, los países desarrollados pueden llegar a requerir mano de obra migrante para trabajos precarizados, sin protección ni derechos que resultan muy funcional a la economía global, bajo la categoría auto producida de migrante “ilegal” subsume la condición humana de las personas migrantes y sus necesidades.

Existen otras situaciones de rechazo a la inmigración relacionadas con clase social, pertenencia étnica o identidad de género, en general, se trata de prácticas de discriminación que ponen en cuestión la normativa internacional de derechos humanos de las personas migrantes.

Todos estos son desafíos que las caravanas migratorias han puesto en el debate en la medida que han ampliado el horizonte de la globalización de las migraciones y la ciudadanía transnacional, en tiempos de neoliberalismo extremo. Este contexto internacional se complementa con una situación interna de colapso institucional, crisis de legitimidad del actual gobierno y crisis de reproducción de la vida, que ha llevado al límite la necesidad, cierta o percibida de salir del país.  

 

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