Por Mario Hernán Ramírez

El tema que abordamos en esta oportunidad es algo que las personas, hombres o mujeres, que a través de la historia lo han practicado, sencillamente se ha vuelto de suyo apasionante, pues a medida que el tiempo transcurre se van encontrando nuevos elementos para enriquecer su contenido, ya que el mismo cubre también la filatelia que desde remotos tiempos se ejecuta alrededor del mundo, en la correspondencia que los más célebres  personajes de la historia se cruzaban desde Asia, Europa, África, América y otros confines de la tierra.

En nuestra querida Honduras, felizmente y desde principios del pasado siglo hubo quienes se interesaron por supuesto, de manera incipiente y empírica comenzaron auscultar lo que ahora se ha convertido en una hermosa y floreciente actividad, que incluso se fortalece de tal manera que los apasionados de la misma se están integrando profesionalmente, formando grupos locales y saliendo de nuestras fronteras para participar en congresos, seminarios y alcanzar el supremo ideal de todos, que no es más que la Federación Mundial de la Numismática, para un mejor entendimiento y calidad en la producción de su talento e investigación.

El recordado periodista y políglota hondureño, Mario Gutiérrez Minera, hombre con un cociente intelectual extraordinario, nos dejó un importante recuerdo sobre el tema, ya que el Banco Atlántida solicitó oportunamente sus valiosos servicios para enriquecer eso que algunos llaman ciencia y otros, arte.

Pero antes de Mario vivió un hondureño ilustre llamado Arturo Castillo Flores, dicho sea de paso fue uno de los fundadores del Banco Central de Honduras (1950), en el que laboró por muchos años adquiriendo una magnífica experiencia, de tal forma que lo llevó a escribir el primer libro completo sobre la numismática hondureña.

Han existido otros compatriotas con la misma vocación como el distinguido amigo don Samuel  Castillo Girón y por supuesto la figura central de este comentario, el hondureño cinco estrellas Gilberto Izcoa Medina, quien desde hace unas tres décadas ha consagrado de lleno su vida a la actividad numismática, sobre todo en nuestro país, del cual nos regaló su monumental obra “Billetes Bancarios de Honduras (1850-1950)”, original trabajo que andando el tiempo se convierte en el principal documento de investigación histórica, para que las generaciones del futuro conozcan la realidad monetaria de esta nación centroamericana, a la que nos debemos en cuerpo y alma, y por la que, es una obligación seguir luchando, en aras de su engrandecimiento histórico, cultural y económico.

El ilustre desparecido, colega Mario Gutiérrez Minera, por encargo de la institución aludida escribió lo siguiente:

“La Numismática se define como el estudio y colección de monedas y papel moneda emitido por una nación con sus respectivos diseños oficiales, junto con medallas e insignias que también son objeto de interés. A través de su estudio se puede entender con mejor detalle los intercambios comerciales y las economías de los pueblos, al igual que su historia política, geográfica, religiosa, artística y cultural.

Grabados en las monedas se encuentran fuentes de información importantes como son: ideas, figuras dominantes, e ideales presentes en los territorios o países. Éstos revelan el carácter, las costumbres y muchos momentos históricos importantes, y es por esto que se dice que las monedas constituyen eslabones que enlazan hasta los más primitivos capítulos de la historia.

En el estudio de la numismática, las monedas y billetes dejan de ser meras herramientas comerciales, y se convierten en fuentes de conocimiento cuyo contenido debe ser conservado, investigado, documentado y difundido.

Las muestras de la colección numismática del museo Bancatlán, para mejor estudio se ha dividido en diferentes épocas, clasificadas por Don Mario Gutiérrez Minera: Época Precolombina, Colonial, Gobierno Provisional, la Formación del Estado de Honduras, La República: Los Reales y El Peso, Emisiones Privadas, La Reforma Monetaria: El Lempira y el Banco Central de Honduras.

Antes del descubrimiento de América por Cristóbal Colón, la región Centroamericana y específicamente el territorio comprendido entre el sur de México, Guatemala y El Salvador hasta el centro de Honduras era habitado en esos momentos por una población indígena que usaba el trueque como sistema de intercambio comercial y entre los artículos más usados para estas operaciones estaban la semilla de cacao, la obsidiana, el jade, conchas marinas y plumas de quetzal.

En un principio los españoles traían monedas de España y estas eran usadas para transacciones entre ellos mismos.

En mayo de 1535 se autoriza la instalación de una Casa de Moneda en la Ciudad de México, y en abril de 1536 ésta comienza a acuñar monedas. Sin embargo, se siguió usando la semilla de cacao principalmente para las transacciones.

En el año de 1578 se descubrieron importantes minas de plata en Tegucigalpa, Provincia de Honduras; esto generó un gran interés por la riqueza de esta zona. La necesidad de moneda era evidente y la escasez de ellas dio lugar a que se laminara la plata y se cortara en pequeñas hojas para cubrir los gastos propios de la actividad minera y el pago mismo de los jornaleros…”

“Todo esto da como resultado que la explotación de las minas de Tegucigalpa no fuera satisfactoria con respecto a su riqueza. Es por esto que se instala la Casa de Moneda en la Ciudad de Guatemala, la Capitanía General de las Provincias, para intentar solventar esta situación; en el año de 1733 se acuña la primera moneda. Sin embargo, esto todavía no solventaba la problemática de la minería en Tegucigalpa – ya que el mineral se sustraía de la mina y se enviaba a Guatemala para su acuñación, este proceso, tardaba entre tres y cuatro meses, dificultando el funcionamiento diario de la industria.

Entre las maravillosas piezas de esta colección, se encuentra una acuñada en 1808 por la ciudad Trujillo. Esta era de plata con una denominación de 2 Reales, y es la primera moneda orbicular que se acuña en el país, sus motivos conmemoran la coronación de Fernando VII de España.”

Expresado lo anterior, saludamos y felicitamos al ilustre y distinguido amigo licenciado Gilberto Izcoa Medina, residente en la floreciente y adelantada capital industrial de Honduras, la siempre bien amada San Pedro Sula, por ese extraordinario trabajo que nos está dejando a las presentes y futuras generaciones, esfuerzo que debe ser reconocido, no solo por la sociedad en general, sino por el gobierno y la empresa privada, ya que lo que este caballero ejecuta, difícilmente lo conseguirá otro.

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