Rafael Delgado

Todos lo sabemos: las instituciones electorales y los mecanismos utilizados para la elección de corporaciones municipales, diputados al Congreso Nacional y Presidente de la República son terriblemente deficientes. Eso ha demostrado ser fatal. Ha debilitado las instituciones públicas, logrando someterlas a los designios de los corruptos, de los narcos y lavadores de dinero que han abundado en la política. Y también sabemos lo siguiente: por esos caminos solamente se encuentra la violencia, la sangre de muchos hondureños, la pobreza y la desigualdad. Por lo anterior, es evidente la necesidad de profundos cambios para que nos sometamos a un proceso que ofrezca resultados rápidos y apegados estrictamente a la voluntad de la gente. Pero además que les conceda mayor legitimidad a las autoridades electas.

Sin embargo, hay unos pocos que pese a todo lo anterior se oponen a sanear profundamente el sistema electoral ya que evidentemente esto va contra sus intenciones de mantenerse aferrados al poder, ejerciéndolo bajo sus caprichos e intereses. Por eso una vez más se oponen a las reformas electorales importantes con pretextos, sometiéndolas a los más indignos tratos entre ellos mismos y sus aliados. Lamentablemente, a pesar de su reconocido cinismo en defender causas ligadas al atraso del país, estos políticos siguen siendo muy efectivos en la táctica de confundir y enredar las cosas.

Por eso la segunda vuelta electoral para elegir al presidente de la República resulta ser una propuesta sumamente complicada en los ámbitos de la política tradicional hondureña. Sus ventajas, su potencial de elevar la legitimidad del presidente de la República electo y de fortalecer el mandato legítimo no cuentan. Su discusión está sometida a la lógica de los negociadores que hacen cálculos para delante y para atrás, si conviene o no conviene a ellos. Resulta víctima de las infames negociaciones que desbaratan toda intención genuina de cambio para terminar a lo sumo en esos acuerdos políticos que ante la primera dificultad se desbaratan desnudando las verdaderas intenciones. Esto ha sido fatal para el país y su gente.

Seguramente que la segunda vuelta no resolvería por sí sola el problema de la legitimidad, que es sin duda el resultado de diferentes factores. Pero la segunda vuelta, en situaciones de dispersión del voto entre varios partidos, nos acerca un poco más a que gane el candidato con un respaldo más amplio. Algunos países fijan el mínimo requerido en 50% de los votos para definir el ganador en la primera elección. Si el más votado no lo alcanza, se va a una segunda ronda solamente entre los más votados. Otros fijan el mínimo necesario para ganar en la primera vuelta en 45% o bien en 40% con una diferencia mínima del 10% frente al segundo más votado. De no cumplir el mayor votado esto se va a una segunda vuelta.

Indudablemente que mucho de esto necesitaremos. Los problemas han ido acumulándose, tomando dimensiones que ponen en riesgo la nación misma. Se proyectan innumerables dificultades que se resumen en pobreza y desigualdad en crecimiento. Frente a esta realidad se requieren gobiernos que resulten de amplios consensos entre candidatos y partidos políticos. Ya no podemos seguir pensando en gobiernos sustentados en mayorías raquíticas productos de fraudes. La nación requiere de contundentes resultados a partir de grandes consensos nacionales que solamente se pueden construir con gobiernos de unidad.

Entiendo que para los que manejan los hilos del poder esto suena absurdo; que lo considerarían solamente en el caso que encuentren a alguien que pudiera acomodarles este difícil paso a sus planes de seguir usurpando el poder. Pero en definitiva no son componendas las que requiere el país sediento de cambios positivos. Necesitamos dar pasos firmes a un sistema electoral limpio que defina un gobierno con mucho sustento popular y legitimidad. La segunda vuelta nos abre esa posibilidad en estos días de terrible oscuridad y confusión.

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