Por: SEGISFREDO INFANTE

            No recuerdo cuantas décadas han pasado desde el momento en que publicamos en la vieja Editorial Universitaria de la UNAH, un libro que se titulaba algo así como Curiosidades y Bellezas de Honduras. Creo que nadie rememora ese libro. El escritor se llamaba Eduardo Hernández Chévez. En todo caso las intenciones del autor fueron saludables, en tanto que su objetivo era resaltar, ante propios y extraños, maravillas puntuales escondidas en nuestro territorio nacional.

            Hemos vivido, tanto tiempo, ocupados en zaherirnos unos a otros, que hemos extraviado de nuestros horizontes las cosas magníficas que posee Honduras, tanto en paisajes geológicos como en valores humanos intrínsecos. Muy poca gente sabe que, ahí por Punta Negra, sobre el Macizo de Olancho, se localiza la parte más antigua de lo que actualmente es el territorio hondureño. Hace unos veinte millones de años aproximados, emergió desde las profundidades del océano, ese “Macizo” olanchano. Después salió a flote el eje nuclear orográfico nor-occidental, al tal grado que la montaña de Celaque sigue elevándose, todos los años, unos pocos milímetros o centímetros.

            Ahí están esas piedras gigantescas. Durante millones de años, casi intactas. Como desafiando la teoría de la fugacidad de las cosas. No pareciera importar, en términos relativos, que durante décadas hayan saqueado, y continúen saqueando, los bosques de los alrededores de la “Biosfera del Río Plátano”. Un amigo cercano del general Policarpo Paz García (QEPD) me relató que tenía información de primera mano que los árboles de la mencionada “Biosfera” los sacaban “hasta con helicópteros”. Un conocido, oriundo del valle de Agalta (se negó a decirme su nombre), me relató que “por Catacamas pasan, todos los días, diecisiete camiones cargados con veinte troncos de pino cada uno”. Eso es espeluznante si comparamos que en el Distrito Central cobran miles de lempiras en multas por cortar un solo arbolito. Así que el pretexto de oponerse a construir una carretera hacia la hermosa e ignorada zona de La Mosquitia, es como un vil pretexto, tal vez con el propósito de evitar la presencia de guardias forestales. O del Ejército.

            Al margen de la destrucción sistemática de grandes bosques latifoliados y de pinos, y al margen de la cizaña y de las griterías políticas o seudopolíticas de cada momento coyuntural, el Macizo de Olancho y la Sierra de Celaque, continúan intactos, a la espera que los hondureños y los extranjeros de buena voluntad se acerquen a apreciar con respeto, y tal vez con cariño, las maravillas geológicas, la flora, la fauna y el paisaje humano que detectamos en los pueblos hondureños. Me decía el gran lingüista y lexicógrafo español-hondureño Atanasio Herranz, que la mayor riqueza cultural, y sobre todo idiomática, se encuentra en las personas que viven, o subsisten, en los pueblos del interior de Honduras. Eso lo sugería con conocimiento de causa, en tanto que Atanasio visitaba con frecuencia aldeas y municipios de los cuatro puntos cardinales.

El castellano que detectamos en el habla de varios abuelos de Olancho; de Trinidad, Santa Bárbara; de Gracias, Lempira; de Santa Rosa de Copán; e incluso de Danlí y los alrededores de Comayagua y Choluteca, es un castellano delicioso, emparentado con algunas parrafadas del “Quijote de la Mancha”. Las mujeres y los hombres de tierra adentro, alejados de los lenguajes archi-lumpescos de las ciudades, son muy cuidadosos al saludar y al conversar con los visitantes. Algunos llegan al extremo de meditar cada palabra que desean pronunciar. Y en cuanto al refranero popular, recuerdo que mi abuela materna (oriunda de Olancho), recitaba a “Don Quijote y a Sancho”, sin haber leído jamás la obra de Miguel de Cervantes Saavedra. La única explicación es que los nuevos pobladores que trajeron los gobernantes coloniales de España, a mediados del siglo dieciocho, con los cuales repoblaron partes de Olancho y Santa Bárbara, trajeron, aquellos pobladores, un bagaje de palabras y refranes propios del “Siglo de Oro” español.

Dentro de este ensamblaje mixtilíneo de lo inédito de la geografía humana, del lenguaje y de la economía, respecto de lo cual me han hablado mi profesor y amigo el doctor Carlos Héctor Sabillón, y mi amigo el doctor Atanasio Herranz, es preciso rescatar las cosas bellas y hermosas duraderas de nuestro país. Por supuesto que es mi obligación insistir en que debemos conjugar las fuerzas económicas nacionales con la gran inversión extranjera, para que en la balanza comercial pesen más, positivamente, las exportaciones en relación con las importaciones, cuyo déficit tradicional negativo ha sido del seis por ciento anual. Resolver este problema conecta con el empleo y la salud del pueblo.

            Al viajar por el occidente de Honduras; o al pasar por el Lago de Yojoa; o al detectar los grandes latifundios improductivos, me pregunto cuándo vamos a superar el atraso “medio” de nuestro hermoso país, tan rico como los ópalos de Erandique.

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