Por: SEGISFREDO INFANTE

            La primera vez que leí algo sobre la insensibilidad del hondureño frente a la muerte violenta de sus paisanos, fue en unos artículos de Ramón Oquelí publicados en la década del sesenta del siglo próximo pasado. Quedé pensativo en tanto que por aquellos años eran muy pocas las muertes violentas en Tegucigalpa y otras ciudades del país. Desde luego que se registraban crímenes pasionales y una que otra vendetta en los pueblos del interior y, principalmente, en los barrios marginales de San Pedro Sula.

            Con el paso de los años la insensibilidad ha venido creciendo. Recuerdo que en la década del setenta se asesinaba en las aldeas a los “celebradores de la palabra” (católicos laicos), por órdenes de algunos terratenientes tradicionales. En fechas más próximas las peleas entre pandillas y maras, incluyendo asaltos y extorsiones, han dejado un saldo extraordinario de personas que murieron por causa de homicidios sistemáticos. Desde luego que detrás de todo esto ha bailado su danza macabra el crimen organizado internacional que maneja sus títeres en varios países de América Latina, Estados Unidos e incluso Europa, indescriptiblemente, socavando los buenos valores occidentales. Han sido tantas las muertes en cada semana, que la gente se ha paseado con fría indiferencia, o por mera curiosidad, frente a las víctimas masacradas. (A mí me resulta difícil olvidar, por traer un solo ejemplo, el horrendo asesinato de Aníbal Barrow).

            Ahora mismo, con la pandemia moviéndose como un péndulo afilado sobre nuestras gargantas y pulmones, todos los días aparecen datos relacionados con lejanos conocidos que han sido infectados o que han muerto. Han fallecido algunos médicos, enfermeras y aseadoras de hospitales públicos, como guerreros de Dios en el frente de batalla. Llegan noticias de parientes de ciertos amigos, también infectados. En mi familia materna han fallecido, hasta este momento, dos personas: una anciana y un sobrino joven. Y han corrido peligro dos sobrinos más. Nada sé de mi familia paterna en España. Incluyendo al médico y escritor José Manuel González Infante, adulto mayor, quien ha residido en Cádiz. Creo que este neuro-siquiatra es un pariente muy cercano mío. También el poeta José Infante Martos, de Málaga, “Premio Adonáis de Poesía”, bastante entrado en años, un pariente quizás un tanto lejano. En estas desgracias hemos contado con las oraciones de varios amigos de distintas denominaciones intelectuales y religiosas, incluyendo católicos, evangélicos y judíos. Pero entre todas las personas desearía destacar a algunos miembros del “Círculo Universal de Tegucigalpa Kurt Gödel” y, por sobre todo, el nombre de mi amiga Waleska Gómez, del “Ministerio la Higuera”, con un respaldo moral fuera de serie. Lo mismo que el poeta y ensayista José Antonio Funes, quien reside en París.

            No es nada descartable un nuevo proceso de insensibilización, con tantas muertes e infecciones virológicas en Honduras. Ni tampoco es descartable el brote de oportunistas nacionales e internacionales, quienes suelen aprovecharse al máximo de las tragedias del prójimo indefenso, llevándose de encuentro a griegos y troyanos, incluyendo a los adultos mayores que son los más vulnerables desde casi todo punto de vista, quienes perciben que sus fondos de jubilaciones, por los cuales trabajaron todas sus vidas, están en grave peligro. Pareciera que los simpatizantes del neomonetarimo-neoconservador (léase neoliberalismo) jamás de los jamases se van a corregir, hasta que los neopopulistas o las nuevas fuerzas históricas los metan en un callejón sin salida. Ambos segmentos ideopolíticos son dañinos para la humanidad, tal como lo han demostrado en el actual contexto mundial. Los primeros despreciando la sacrosanta vida humana, especialmente de los ancianos. Y los segundos mintiendo a diestro y siniestro con el cuento que el nuevo virus es “inexistente”, y que por eso hay que salir a la calle sin ninguna protección de bioseguridad mínima. Una amiga de mi hijo mayor creyó este cuento y ahora mismo se encuentra “entubada”. Ambos segmentos (neoliberales y neopopulistas) ideologizados hasta el tuétano, desprecian a la humanidad entera. A la gente humilde. Sin embargo, se lanzan acusaciones y contra-acusaciones, a veces verdaderas y muchas otras veces falsas. Como han extraviado todo horizonte histórico, pronto olvidan que tarde o temprano serán juzgados imparcialmente por la “Historia”. El devenir histórico puede perdonar, pero jamás olvidar el crimen o el gran error de aquellos que han jugado con la vida, el “Espíritu” y con los intereses de la gente humilde y de la sociedad en general.

            En este cruel contexto he perdido parientes, amigos y conocidos. Quisiera por ahora mencionar al doctor Américo Reyes, un prestigioso psiquiatra y amigo entrañable, quien falleció en Miami, y a quien nunca olvidaremos. También falleció el colega columnista  Boris Zelaya Rubí, que aunque nunca fuimos amigos, de vez en cuando coincidíamos en reuniones partidarias. Varios médicos y periodistas se han contagiado y, cuando menos, tres periodistas han fallecido. ¡!Rosas y laureles para todos!!

            Tegucigalpa, MDC, 26 de julio del año 2020. (Publicado en el diario “La Tribuna” de Tegucigalpa, el jueves 30 de julio del 2020, Pág. Cinco). (Se reproduce también en el diario digital hondureño “En Alta Voz”).

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