Por Abdiel Echevarría Caban*
Abogado de inmigración | escritor | triatleta

Reportar Sin Miedo

El periodista estadounidense Michael K. Lavers junto con el abogado puertorriqueño Abdiel Echevarría Caban recorrieron tres ciudades de Honduras en donde evidenciaron la realidad de las poblaciones LGBTIQ+

Facebook me recuerda que hace tres años estaba con mi exesposo en Stonewall, NYC. Aquel fue un viaje que suponía una luna de miel/trabajo en un grupo con GLESEN, una organización que lucha contra la erradicación del acoso escolar en contra de adolescentes LGBT en Estados Unidos, para él y para mí, mi entrevista de admisión al programa de Maestría en Derechos Humanos y Justicia Social en UConn/ vacaciones de la Clínica de Asistencia Legal.

Hoy, entre otras rupturas que han sobrevenido, estoy tomando un avión hacia El Salvador desde Honduras. Estas fechas parecen cargar paralelismos a través de los años y aún no descifro su mensaje. Tal vez son solo eso: ciclos, escorrentía de sucesos sin sentido.

Honduras me acercó al Caribe, lejos de la aridez y la humedad de un semidesierto porque el  Valle de Río Grande no es un desierto realmente, pero es árido y austero, salvo por la isla de South Padre. Aquí me reuní con activistas trans en San Pedro Sula y La Ceiba. El recuerdo de la ciudad próspera y legendaria que es CDMX queda atrás para, parafraseando a Galeano, sumergirnos en las venas abiertas de America Central.

La primera reunión ocurrió en nuestro hotel, El Mediterráneo, aquí los nombres europeos resuenan como recordatorio de un pasado colonial anquilosado de la desvaloración del pasado indígena. Otro de los desaciertos de un gobierno opresor. Las líderes trans llegan a contarnos sobre su activismo, trabajo de incidencia política para detener transfeminicidios por parte de la policía militar. Las mujeres trans son extorsionadas por los mareros y la policía militar, indistintamente. Conversamos sobre el silencio de las autoridades ante la reciente decisión de la Corte Interamericana de Derechos Humanos en el caso de Vicky Hernández, una mujer líder asesinada.

Las observo y en todas veo un lugar común, la fuerza de las mujeres que no se doblegan. En sus rostros maquillados hay fisuras, mas siempre intentan una sonrisa y de vez en cuando en nuestras mariconerías es ineludible reír. Reír ante lo absurdo del dolor.

Visitamos las oficinas escoltados por un hombre trans y nos mostraron su trabajo. De regreso nos acompañan dos chicas trans. Un auto comienza a hostigarlas. El carro pasa dos veces hasta que al final le indico con un gesto de la cabeza que las chicas no están disponibles para trabajo sexual y el hombre continúa la marcha de su vehículo. Una de ellas, Violet, comenta: “Ya empezaron”.

Este es otro lugar común de la violencia sexual, los hombres cis suponen que previa disponibilidad para tener relaciones sexuales es un pase VIP sin fecha de expiración a otros hombres cispasivos o mujeres trans. Una vez entran entre tus piernas, no hay razón para oponerse. Nos dejan en nuestro hotel y continúan caminando. Las observo alejarse con la inquietud de saber a qué se exponen. Mas ellas caminan determinadas con sus botas rosadas bien puestas.

La historia se reproduce en Tela y en La Ceiba. Allí conocimos a una pareja lesboparental que ha sufrido desplazamientos forzados a Hidalgo y en Honduras desde San Pedro de Sula hasta La Ceiba. Han comenzado dos veces a reconstruir su hogar por ataques homofóbicos para proteger a su hija. Se notan el cansancio y la preocupación en sus ojos. La comunidad, que es pequeña, todos se conocen, les ha negado trabajo. Viven de ventas por el dinero que reciben de la madre de una de ellas que reside en Estados Unidos.

S. es una defensora de derechos humanos, en su mirada hay un huracán que arrasa con todo y una dulzura de cuidados. S. me advierte sin aspavientos que llegamos tarde y las niñas llevaban desde las 3:00 pm esperando. Nos disculpamos y posteriormente salimos a comprar cena. Finalmente pude probar el pollo chuco con tajadas.

S. nos cuenta de su activismo y de su deseo de conocer la ruta de las caravanas para crear programas de mayor seguridad a los que organismos internacionales se oponen bajo el pretexto de que ellos no pueden fomentar la inmigración de riesgo. Su labor en otras palabras es detener la inmigración y garantizar repatriaciones seguras. La complicidad de los países desarrollados y organismos de derechos humanos en esta tragedia humana salta a la vista. Reconozco varios nombres con los que he tenido que colaborar en la frontera. Como S. bien afirma: “Uno tiene que trabajar con ellos porque no queda más remedio”. S. cuestiona los salarios de los funcionarios de estas organizaciones internacionales con respecto a las asignaciones que reciben, pero igual agradece el apoyo; de lo contrario, sería imposible que los operadores de justicia meramente los escucharan.

Dunia, una valiente y brillante periodista independiente, la noche anterior nos comentaba sobre la misma situación. Hablamos de su trabajo reportando sobre las familias lesboparentales en la caravana, así como de las chicas trans. También quería saber más de Puerto Rico y conversamos sobre la junta y las disparidades sociales de la isla, cuya información no se difunde por nuestra situación colonial si no fuera por el periodismo independiente, y hablamos de la labor del Centro de Periodismo independiente, la cual ella eligió recordando que fue solo gracias a ellos que la información de las muertes durante María y el verano del 19 se difundió en Latinoamérica. Dunia se despidió con un abrazo. “Ven, dame un abrazo que somos latinoamericanos”. Nos abrazamos y nos despedimos hasta el próximo encuentro.

Volviendo a S., no dejo de pensar en que este tipo de asistencia es un entrampamiento ineludible. Otra forma de colonizar bajo el asistencialismo sin un verdadero enfoque  basado en derechos humanos. Sus acciones, más que fomentar migración segura, impulsan un intervencionismo oportunista que constituye otro peldaño para extender el corredor de la muerte. Honduras me recuerda mucho a Fanon y “los condenados de la Tierra”.

Otro de sus reclamos radica en los grupos feministas que les han dado la espalda a las mujeres trans. S. habla con firmeza y de vez en cuando suelta un chiste, quizás consciente de mis expresiones de desconcierto o ante la empatía de Michael. Michael me da espacio para entender las ramificaciones deficientes del sistema de justicia en estos casos y abre la puerta para comprender por qué la mayoría no se reporta. Desde nuestro recorrido hemos contado cuatro transfeminicidios sin resolver.

Michael continuó sus entrevistas. Regresamos al hotel, estuvimos en silencio por un rato y comenzamos a ventilar todo lo que supimos.

De regreso, el paisaje contrasta entre la belleza caribeña y la herrumbre humana, la miseria despliega su orfandad sobre las vidas de miles de hondureños. Familias en los semáforos y sus hijos tratando de conseguir limpiar un parabrisas por unas cuantas monedas ante el peligro de un tránsito sin suficientes controles de seguridad. Casas, o un intento de poner un techo destartalado que quizás brinde protección contra la lluvia, precariamente.

De vuelta a la misión de establecer alianzas, un punto en común que ha ayudado a poner un dique a la descarga de violencia ha sido la Mesa de Acceso a Justicia. Los procesos siguen siendo burocráticos y ante lo extremo de la violencia llegan tarde. Después de que las chicas, cual ceibas erguidas, hayan visto a la muerte cruzarse por la calle frente a ellas en espera de que nos las alcance.


*Abdiel Echevarría-Cabán (Puerto Rico, 1986) Es abogado de derechos humanos y escritor. En su práctica legal se ha dedicado a defender comunidades e individuos contra desahucios, expropiaciones forzosas, refugiados e inmigrantes. Ha publicado su trabajo en la Revista Cruce, 80 grados, The Wanderer y en el semanario Claridad. Entre sus publicaciones destacan Estoicismo Profanado (2007), El imperio de los pájaros (2011) y Mantras (2015), Serie Literatura Hoy del Instituto de Cultura de Puerto Rico. Su obra ha sido premiada por el PEN Club de Puerto Rico. En el 2019 resultó semi finalista en la competencia “Writing For Justice Fellowship” del PEN America. Cuenta con una Maestría en Derecho (LL.M.) de la Universidad de Connecticut en Derechos Humanos y Justicia Social.

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