Por: SEGISFREDO INFANTE

En virtud que casi todo el juego político hondureño se constriñe a los importantes procesos electorales, olvidando casi siempre las otras piezas claves de la democracia, es oportuno reflexionar en torno al tema del tejido social hondureño, cada vez más deshilachado por múltiples factores, que van desde la pérdida de los mejores valores de la cultura universal, hasta la desarticulación de las economías hogareñas. Los afectados de los desórdenes nacionales y mundiales son millones de personas, procedentes de diversos estratos sociales, principalmente aquellos que perciben modestísimos ingresos mensuales, como los campesinos, los estudiantes pobres, los obreros, los jubilados, los oficinistas, los intelectuales y la clase media en general. Fenómeno que ha venido a agravarse a partir de la crisis financiera del 2008, y mucho más con la pandemia virulenta.

            Resulta incomprensible que a varios políticos y dueños del poder económico, oriundos de distintas tendencias ideológicas, se les escapen estos detalles cruciales que ponen en peligro la sobrevivencia de las estructuras del macromodelo capitalista y de la democracia misma. Es increíble que después de tantos años de “ensayos y errores”, y de tantos descalabros económicos y financieros, se nieguen, ellos mismos, el derecho de aprender con sabiduría, a fin de traducir tal sabiduría en acciones administrativas de alto nivel, que conciernen a las instituciones públicas, conectadas directamente con el “bien común”, sobre el cual ha escrito, de manera archi-sustentada, el Premio Nobel de Economía del año 2014, Monsieur Jean Tirole. Anteriormente habían abordado estos temas economistas de renombre como Paul Samuelson, Amartya Sen y Joseph Stiglitz. Pero, naturalmente, algunos políticos creen saber mucho más que estos economistas preocupados por los intereses de las instituciones estatales, y por los intereses de los conglomerados sociales en vinculación con el funcionamiento de los mercados libres. No sólo por los intereses de unos pocos archimillonarios alfombrados que desean seguir manipulando el planeta, incluso después de la pandemia. Parecieran querer inscribir sus nombres sobre la sangre, el hambre y los cadáveres de los jóvenes y adultos mayores fallecidos.

            El caso de nuestro país es interesante. En las elecciones generales anteriores el Partido Nacional de Honduras estuvo a punto de perder las elecciones por haber abandonado a los intelectuales, a los artistas y a la clase media urbana. Desde luego que las maras y pandillas (y sus “banderas”) jugaron su papel en dirección a boicotear la asistencia a las urnas mediante amenazas de muerte a los electores “cachurecos”, en favor de algunos opositores reconocidos; más en algunos barrios y municipios que en otros. Pero la piedra angular del problema estuvo en la clase media fragmentada, con opiniones positivas, negativas y ambiguas respecto del Partido Nacional.

Los verdaderos historiadores y politólogos saben que la clase media es casi determinante al momento de fraguar el destino de una nación. Ya sea en los procesos independentistas de cualquier país; o en las “revoluciones”. O bien, por el contrario, para neutralizar las convulsiones sociales estériles que de antemano se sabe que por regla general no conducen hacia ningún lado, como las guerras civiles, para las cuales se requieren procesos de reconstrucción de muchísimas décadas. A “Tito” Cardona le escuché en una reunión del “Consejo Editorial de Canal Diez” expresar, hace un par de años y con alguna convicción: que de las clases medias provenían los conflictos y las grandes soluciones de las sociedades. No hay que perder de vista que Cardona es uno de los hombres más cercanos del actual presidente de la República. Pero ese discurso debiera interiorizarse en las entrañas de los mandos dirigentes e intermedios de los administradores del partido, del gobierno central, del Congreso y del Estado.

Un solo ejemplo de esta problemática derivativa es que si acaso continúan asfixiando, financieramente, a la Universidad Nacional Autónoma de Honduras y a sus instituciones concomitantes como el “Impreunah”, el Partido Nacional con un alto porcentaje de probabilidad podría perder las próximas elecciones. No tanto por el número de votantes específicos. Sino por el grueso fluido de opiniones en cadena que generan los integrantes de la clase media profesionista hacia los estudiantes, los familiares, los medios de comunicación y hacia el resto de la sociedad.

No hay que lastimar ni rechazar a la clase media. Por el contrario, hay que saber escucharla, convencerla, abrazarla y cobijarla. La clase media (durante décadas lo he venido repitiendo) es el colchón que amortigua los golpes de los bandos antagónicos o contrapuestos. En Europa Occidental comprendieron muy bien este fenómeno a finales del siglo diecinueve. Pero, sobre todo, después de la Segunda Guerra Mundial.

El verdadero Partido Nacional de Honduras fue fundado entre 1918 y 1919 por intelectuales de peso como Paulino Valladares, Alberto Membreño y Silverio Laínez. Y después de cien años de existencia, le va a resultar casi imposible volver a ganar solamente con los votos de los nobles campesinos pobres.

Tegucigalpa, MDC, 06 de septiembre del año 2020. (Publicado en el prestigioso diario “La Tribuna” de Tegucigalpa, el jueves 11 de septiembre del 2020, Pág. Cinco). (Se reproduce igualmente en el diario digital catracho “En Alta Voz”).

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