Por: SEGISFREDO INFANTE

            Fue una amistad heredada. Don José María Espinoza Cerrato, padre del doctor Espinoza Murra, fue mi amigo y compañero de trabajo durante varios años en la vieja Editorial Universitaria de la UNAH. Ambos éramos correctores de pruebas, y ambos sufríamos cuando se nos escapaba un error ortográfico o un gazapo involuntario en los textos publicados. “Don Chemita”, como le decíamos cariñosamente, siempre andaba un diccionario bajo el brazo. O algún libro de gramática. Él decía que mientras tuviera un pie adentro del sepulcro y otro afuera, continuaría leyendo. Nos hicimos grandes amigos y me invitaba a su apartamento a saborear nacatamales, junto con su esposa. Siempre me dijo que sus hijos Randolfo y Dagoberto eran “muy diferentes”. En tanto que el primero, que ya había fallecido, era más simpático y extrovertido. Desde entonces comprendí y respeté el “distanciamiento” del Dr. Espinoza, colega en las páginas de opinión de LA TRIBUNA. Hasta pensé, equivocadamente, que nunca llegaríamos a ser amigos.

            Muchos años después del fallecimiento de “Don Chemita”, percibí que el doctor Espinoza Murra gestaba algunos movimientos de aproximación, sobre todo en los eventos que se realizaban en el “Museo del Hombre”. Recuerdo que una vez discutimos un poco sobre la vida y obra del médico José Antonio Peraza (intelectual de la masonería sampedrana). Entonces me dije a mí mismo que el doctor Espinoza Murra, siendo psiquiatra, era un caballero que podía polemizar, pero, parejamente, era un hombre tímido; y de ahí el hipotético distanciamiento. En otro encuentro en el mismo “Museo del Hombre” me confidenció que su señor padre lo molestaba al aconsejarle, reiteradamente, que imitara “la costumbre de leer de Ramón Oquelí y de Segisfredo Infante”. Por aquellos años yo era un muchacho desconocido, que apenas había comenzado a publicar varios artículos en el diario “El Cronista”.

            Cuando Dagoberto Espinoza me hizo aquella confesión, le insinué que tenía razón de estar molesto conmigo. Pues era correcto seguir el sendero de “Moncho” Oquelí. Pero que yo, en mis tiempos de mocedad, era inexistente. Advertí en el doctor una discreta sonrisa. Pero luego me replicó externando lo siguiente: “Mi padre tenía toda la razón, y ahora me arrepiento de no haberle hecho caso. Yo sólo leía manuales de psiquiatría y uno que otro libro de humanidades. Me gustaría que un día nos reuniéramos a conversar sobre filosofía. Veo que a usted le gusta ese tema.”

            Un día de tantos me llamó por teléfono. Y quedamos de vernos en un lugarcito llamado “Chomys Café”, detrás de la Embajada de Estados Unidos. Conversamos unas tres o cuatro horas sobre el problema rígido, dicotómico y esquemático de “idealismo” y “materialismo”. Al final el mismo doctor Espinoza Murra concluyó que él había estado muy influido por los manuales de “materialismo histórico y dialéctico”. Pero que en el fondo le gustaría mucho estudiar a Immanuel Kant, y que de ser posible organizáramos un grupo de estudios kantianos en su residencia.

            Cuando menos lo esperaba, el doctor Espinoza Murra publicó un artículo titulado “Por los caminos de la filosofía”, en LA TRIBUNA del domingo 31 de julio del año 2016, en donde me compara, por aquello de la promoción cultural, con “Froylán Turcios, Marcos Carías Reyes, Rafael Heliodoro Valle, Alfonso Guillén Zelaya, Medardo Mejía y Ramón Oquelí”. No podía salir de mi sorpresa. No lo podía creer. Lo llamé para agradecerle y luego él me invitó a que llegara a su casa. En ese artículo Espinoza Murra relata sus primeras aproximaciones a la Filosofía, hasta que finalmente “Don Chemita”, su señor padre, le obsequió los “Diálogos” de Platón. También me relató que alguien se había molestado con él, por andar leyendo al filósofo de las “Ideas” arquetípicas. En reciprocidad le dediqué el artículo “Nuevo Azorín hondureño”, en LA TRIBUNA del domingo 28 de agosto del año 2016.

            En cierta ocasión le obsequié mi libro de filosofía “Fotoevidencia del Sujeto Pensante”, escrito en el 2013 y publicado en el 2014. Esto lo impulsó a escribir el artículo “Laberintos de la autoconciencia”, publicado también en LA TRIBUNA del domingo 19 de marzo del año 2017. Finalmente nos reunimos en su casa para revisar libros, fotocopias y documentos relacionados con la “Historia” y la gran “Filosofía”. Incluso apareció una carta manuscrita de Froylán Turcios. Ahí pactamos que organizaríamos una especie de sucursal del “Círculo Universal de Tegucigalpa Kurt Gödel”, a fin de reunirnos a estudiar y dialogar temas relacionados con la filosofía de Immanuel Kant. En diciembre del año pasado me llamó a mi teléfono móvil, con voz quebrantada, para agradecer que lo hubiese mencionado en el artículo “Soledad sedienta”. (Igualmente publicado en LA TRIBUNA).  Y que seguiríamos adelante con el proyecto kantiano. ¡!Cómo duele, en el alma, cuando los buenos amigos y escritores sueltan amarras y navegan hacia lo desconocido!!

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