Migrantes caminan por la carretera 200 en ruta a Huixtla cerca de Tapachula, estado de Chiapas, México. Cientos de miles de hondureños se han visto obligados a salir del país ante la falta de oportunidades.(Isabel Mateos/AP)

By GUSTAVO PEÑA-FLORES ESPECIAL PARA LOS ANGELES TIMES

FEBRERO 21, 2021 7:38 PM PT

Como gotas de agua que juntas forman un torrente, un aluvión de 6 mil hondureños se derramó sobre la frontera con Guatemala a mediados de enero. Más que atraídos por un poco factible sueño americano en plena pandemia, son presa de la miseria y la desesperanza. Tres meses después de haberse formado los ojos de los huracanes Eta e Iota, el poder centrífugo de la vulnerabilidad sistémica de Honduras promete expulsar su exceso de personas sin cabida en cifras récord en la década que empezamos. Pero ante tan previsible amenaza de desastre humanitario, y con el riesgo que implica esta masa errante en escasas condiciones de guardar medidas de bioseguridad, las fronteras de Guatemala, México y Estados Unidos, por primera vez en el siglo XXI, taponarán la válvula de escape de la economía y la sociedad hondureña: su migración.

Honduras no está preparada para emplear a estas personas. No hay siquiera un plan efectivamente en marcha para rediseñar el sistema formativo y encajarlo con un plan de desarrollo nacional. No cuenta, además, con la institucionalidad ni la cultura de toma de decisiones necesarias para conducir hacia una ´transformación nacional. “La sociedad hondureña es una máquina que masacra el talento humano. Aquí lo que prevalece es la sumisión. Los inmigrantes en EE.UU que mantienen al país ni siquiera podrán votar en las elecciones de este año. Son expulsados del sistema”, explica el ex Fiscal General más reputado del país, Edmundo Orellana, quien también es director del máster de Derecho Constitucional de la Universidad de Honduras –UNAH-.

Pero el sombrío presente hondureño, a juicio del Director de Postgrado de la UNAH, el físico Armando Euceda, podría ser solo el inicio de una época en la que un país con una población muy joven, y que ha hecho muy poco por preparar a su capital humano, no encuentre cabida en la economía global del siglo XXI. A causa de los avances de la automatización en los sectores productivos, la poca calificación de su mano de obra, y la escasa producción de especialistas, investigación y conocimiento experto aplicado a definir el rumbo del país, Euceda considera que económicamente el país podría resultar aún más inviable para sostener a su población en las décadas venideras.

“La universidad tiene que evaluar junto con la empresa privada no si la economía hondureña puede cambiar, sino si va a poder existir. Recordando lo que dijo Yuval Harari en 2017 en relación a Honduras y Bangladesh, sus sistemas educativos y economías están produciendo una clase de gente inútil que no va a hacer huelga para no ser explotada, sino para que de cualquier forma la empleen, pero que no serán empleables. Honduras envía migrantes a EE.UU con una tasa de escolaridad de 7 años, nivel primario. Si no cambiamos esto, en 2050 estamos fritos. 30 años más y nos fuimos. Es la ruta que estamos transitando”, explica el director de Posgrado de la UNAH.

La herida abierta de la endeble institucionalidad

Es poco factible que un cambio de trayectoria se pueda producir en un país que sangra de la herida abierta de su endeble institucionalidad. Desde el sector privado hondureño, una voz inusitadamente crítica en los últimos años con el deterioro del estado de derecho y la hegemonía de una red clientelar en torno a lo público explica la actual incapacidad de la economía hondureña para dar cauce a su población. “No estamos en condiciones de emplear a las personas que intentan irse a EE.UU debido a causas estructurales que tienen su raíz en la corrupción e impunidad”, explica desde San Pedro Sula Pedro Barquero, Presidente de la Cámara de Comercio e Industrias de Cortés.

La cámara empresarial que representa Barquero fue la más afectada por las inundaciones de los huracanes- También ha sido la que más ha sufrido el impacto económico a causa de la pérdida paulatina de la seguridad jurídica previo a los desastres del 2020. “En el índice del World Justice Project hemos retrocedido 26 posiciones en los últimos 5 años. Esto, debido a una sistemática e intencional destrucción de nuestro estado de derecho para centralizar el poder en torno a una sola persona; para cometer actos de corrupción en la impunidad. En el de Transparencia Internacional caímos 25 posiciones. Como consecuencia, bajamos 9 puestos en el Índice de Competitividad, lo que disminuyó la inversión extranjera directa en aproximadamente un 20% en 2018, y casi un 50% en 2019; datos previos a la pandemia y los huracanes”.

La crisis institucional que denuncia Barquero intensificó una vorágine de factores contraproducentes en la última década que complica aún más el prospecto de emprender en Honduras, y sumaron dificultades preexistentes a la cuestionada gestión que desde hace 7 años lidera Juan Orlando Hernández. De acuerdo con Marisa O. Ensor, editora de The Legacy of Hurricane Mitch: Lessons for Post-Disaster Reconstruction in Honduras, “El Banco Mundial estima que el costo de la violencia y el crimen en el país equivale a 10% del PIB anual, y el bajo nivel de capital humano y altas tasas de pobreza también cuentan como limitantes estructurales al desempeño del actual liderazgo”. Para Ensor, mientras continúe la dinámica social que favorece al expolio, y que impide la ejecución de un plan de desarrollo adecuado al potencial del país, no hay razones para pensar que Honduras dejará de ser una fábrica de desastres humanitarios a nivel regional.

“El sistema de clientelismo y padrinazgo no ha sido superado en Honduras y hay pocos indicios de que estos asuntos mejorarán significativamente en el futuro. La experiencia muestra que ha habido una enorme discrepancia entre planificación e implementación. La ausencia de una estructura educativa holística, de una atención sustancial al desarrollo del capital humano, y de una política de investigación y tecnología, constituyen serios obstáculos hacia el desarrollo de Honduras. Mientras estas brechas existan, el país solo tendrá opciones limitadas de expandir su capital humano y reducir su fragilidad a shocks políticos y ambientales”, explica esta especialista en ecología política.

La cultura del expolio y el desdibujo de la ilógica en la cosa pública hondureña

Pareciera imperativo conducir un estudio antropológico a profundidad en el espíritu de El Crisantemo y la Espada -a través del cual EE.UU buscó comprender la estructura de símbolos y valores, mentalidad y singularidad cultural de Japón durante la Segunda Guerra Mundial-, para entender por qué en esta sociedad de la América Central son hegemónicas las dinámicas que conducen a la descomposición social, desvirtuando a través de la corrupción cualquier iniciativa de transformación hacia una sociedad deseablemente habitable.

Para la psicóloga clínica Norma Martín, responsable tras una lucha de décadas a lo interno de la UNAH para que ésta se suscribiera a pruebas de acceso de estándar internacional, el desdibujo actual de la sociedad hondureña se explica a raíz de una imperante lógica del saqueo y un olvido completo de los saberes y prácticas necesarios para sostener la vida civilizada: “No fuimos constituidos como país buscando crear un hogar, sino como territorio de explotación. Hay una grave carencia de civismo en todos los niveles de la sociedad”. Para Martín, quien conoce la institucionalidad hondureña desde adentro, la ausencia de racionalidad y el imperante tren de pensamiento pre-científico en la conducción de esta endeble nación son las líneas maestras tras el caos social hondureño en todos sus matices.

“A la hora de tomar decisiones no nos preguntamos por qué y para qué. Tegucigalpa está llena de aplicaciones ilógicas. En la propia ley suceden cosas rarísimas. Así se toman las decisiones en Honduras, haciendo las cosas patas arriba. La cultura nuestra es así. Pareciera que nuestra educación no está equilibrada. No hay civismo ni pensamiento crítico. No se tiene una lógica del porqué de las cosas, de la relación causa-consecuencia”.

Desde el punto de vista de Roberto Barrios, Doris Zemurray Chair de la Universidad de Nuevo Orleans para estudios Latinoamericanos y del Caribe, los problemas que de manera tan acentuada manifiesta la sociedad hondureña son típicos de una sociedad postcolonial hispanoamericana, pues “la realidad social hondureña responde a un diseño”. Barrios, quien defiende una visión de la antropología como historia del presente, considera que la ausencia del ejercicio real de soberanía por parte de la población residente a lo largo de la historia del país ha conllevado la destrucción de la fibra social necesaria para producir sistemas en pro del bien común y superar las épocas de calamidad. La fractura comunitaria generalizada en este territorio se ha producido a favor del imperio de una cultura del expolio que se ha ido perfeccionando.

“El sistema económico y social hondureño es sumamente deficitario, con poca capacidad de incorporar dignamente a sus ciudadanos dentro de él. Prevalece la presencia de una figura extractivista dominante, ya sea el imperio español; los criollos; alguna potencia extranjera como EE.UU en tiempos de las bananeras o de la guerra fría; o las mismas autoridades o actores locales de hoy en día, ya que es algo que se ha internalizado en la propia cultura de la sociedad. Permanece siempre como factor hegemónico en detrimento de los elementos que construyen comunidad y hacen de un territorio un hogar y una nación”, explica este especialista de la disciplina de antropología del desastre. Incorporar nuevas prácticas e ideas es, para todos los consultados, algo imperativo.

El posible papel de la diáspora en la transformación de la tierra de su nostalgia

En un país sin lugar para su gente, algunos de los que fueron expulsados en su día y lograron crecimiento y realización cruzando las fronteras, consideran que, si se trata de hacer de Honduras en el siglo XXI un hogar, los propios expulsados tienen el potencial y motivación de realizar un enlace con el mundo externo en favor del interés nacional. Desde 1998 el país expulsó a cerca del 15% de su población, recibe anualmente en remesas –$5.000 millones-, cerca del doble de dinero recibido tras el Mitch para la reconstrucción, e inexplicablemente para ser una nación tan pequeña, y tan adversa al desarrollo humano, cuenta con muchos ciudadanos destacados en el extranjero en distintos sectores profesionales. Pero hace falta interés local para cosechar este potencial.

“Los únicos que pueden resolver los problemas de Honduras son los hondureños. No se puede esperar que la solución venga de afuera dada por individuos o por países. Menos aún, la solución no se encontrará en proyectos de corte neocolonial como el programa de las ciudades autónomas de las Zedes. Honduras necesita un proyecto genuino de país, no una repetición moderna de la experiencia bananera. Ese proyecto debería enfatizar la creación de fuentes de trabajo productivo, la educación, la salud, el bienestar social, el respeto a la soberanía nacional y a la naturaleza. Ese sería el proyecto de todos, para el beneficio de todos, y a él se podrían unir los hondureños en el extranjero que han adquirido conocimiento del mundo y experiencia para traer al país”, comparte con Los Angeles Times Salvador Moncada, Caballero del Imperio Británico por su contribución en la investigación médica que nació en Tegucigalpa, pero que nunca pudo encontrar inserción en la UNAH en sus años de juventud, cuando deliberadamente volvió al país tras concluir sus estudios de doctorado en Inglaterra para intentar sumar su capital humano.

Sin embargo, incorporar este capital humano es algo que depende de quienes ostentan la dirección del país. “Es necesario que se entienda que estas personas son útiles; que se les invite a ayudar a resolver los problemas. La diáspora no puede aparecer súbitamente. Es la gente que está en el país, que hace la planificación para la solución de esos problemas, la que debe invitarla”, explica Moncada. A juzgar por el criterio de actores clave del entramado local hondureño, como Pedro Barquero, parece que más bien en esta nación se ha perfeccionado un modelo directamente inverso a la sinergianecesaria para crear calidad de vida y prosperidad. Mientras Honduras año tras años ahonda en sus problemas, observa pasiva a la vez cómo en otra sociedad centroamericana, como Costa Rica, se ha consagrado como un país al que la gente quiere ir, y no del que se quiere ir.

“No hay manera de poder aspirar a desarrollar Honduras mientras sigan estos altos niveles de corrupción; te corroe todo. No hemos educado a nuestra gente. Hace 25 años en Costa Rica llegó una inversión de mil millones de dólares de Intel para hacer chips de computadora. Llegó porque había suficiente cantidad de ingenieros, de técnicos, de electricistas, gente en electrónica y computación. Hace 25 años nosotros estábamos aquí principalmente haciendo costura de ropa interior y camisetas. 25 años después, hoy por hoy, seguimos con nuestra manufactura principalmente cosiendo ropa interior y camisetas, mientras que Costa Rica ha evolucionado a biotecnología, inteligencia artificial, y nichos de última generación”, explica Barquero.

Sin embargo, aunque escaso, el potencial existe, de acuerdo con María Elena Botazzi, hondureña que es decana asociada del National School of Tropical Medicine de Baylor College. “Honduras en su industria y universidad cuenta con cierta tecnología y conocimiento, pero es importante crear un ecosistema de investigación, conocimiento y desarrollo, en el que una tecnología desarrollada en un gremio académico se convierte en el continuo de traslación para eventualmente crear el producto. Aquí hay maquilas, gremios farmacéuticos, hay universidad, pero estas actividades están aisladas y no conforman un ecosistema”.

A la espera de que la Universidad de Honduras asuma su función

La ausencia de la sinergia entre economía-educación-investigación es un problema sistémico que preocupa seriamente a algunos actores dentro del entramado hondureño que no se conforman con ser pasajeros de primera clase del Titanic mientras todavía haya algo por hacer para evitar el hundimiento. “La diferencia entre Honduras y Costa Rica, y aún con Panamá, es abismal. Nos tragó un modelo de universidad de pregrado para titular licenciados, ingenieros y doctores en medicina solamente. La mayoría de nuestra actividad de postgrado, tanto pública como privada, no conduce a la publicación de trabajos en revistas indexadas. No es fácil superar esto. Es como que usted tenga una anemia profunda. No puede pretender que tomando tres pastillas se va a curar. Soy director de postgrado, y el rector lo sabe, y los que somos serios en esto sabemos, que tenemos que levantar nuestro índice de competitividad”, comenta Armando Euceda en relación a la posición número 8 dentro de todas las universidades centroamericanas y 281 en Latino América que ocupa la UNAH, que se financia con el 6% del Presupuesto Nacional del Estado.

Pero para que la universidad hondureña entienda que éste es su papel, sería necesario que algo fuera de lo típico sucediese esta vez en opinión de Norma Martín. “A la universidad le falta mucho para ayudar a resolver los problemas nacionales y darse cuenta cuáles son. No está dando respuesta. El Consejo de Educación Superior, que engloba las 21 universidades del país, no tiene grupos de discusión de estos temas para hacer deliberaciones elevadas acerca de la visión que impera sobre la educación superior”. No obstante, concebir la universidad no solo como un sitio para conseguir un empleo y ser un docente, sino para proponer el horizonte al que se debe dirigir el país, es el primer e ineludible reto para gestar una transformación de la realidad hondureña.

“A nivel local se piensa que la universidad es sencillamente el sitio en el que se imparte la docencia y se otorgan títulos. Pero la academia tiene una función como conocimiento experto al que la sociedad puede recurrir como una voz de orientación cuando se enfrentan problemas, como esta pandemia. En Honduras existe la Academia Nacional de Ciencias -físicas, químicas, biológicas-, de la cual soy miembro. Explíqueme cómo se ha respaldado el gobierno y las entidades privadas para pedir una revisión diagnóstica de la situación, de cómo puede contribuir a desarrollar los ´’frameworks’. Más me ha tocado trabajar con la Academia Nacional de Nicaragua, que hicimos un ‘policy briefing’ de la situación allí. Aquí no hay inclusión de los gremios y academias nacionales, y dentro de la misma universidad el periodista no conversa con el médico y biólogo, las ciencias sociales no conversan con las ciencias biológicas y exactas. Son gremios muy aislados. No se concibe a la academia como la entidad que traduce los conceptos docentes en aplicaciones. Se tiene que hacer investigación, y esto implica implementar procesos didácticos y prácticos”, expresa Botazzi.

Desde el sector privado, Pedro Barquero concuerda con Armando Euceda en la necesidad de abordar la dura situación de diseñar un futuro para Honduras desde las condiciones actuales. “Tenemos un enorme reto todos. Como sector privado debemos hacer un trabajo en conjunto con la academia y con los institutos técnicos existentes para formar nuevas carreras y diplomados en función de lo que estamos requiriendo, de lo que el mundo está necesitando, y de los capitales que vamos a querer atraer. Definir cuáles son las industrias que deseamos que vengan al país”. Pero por difícil que parezca, para alguien que se dedica a algo tan sofisticado y técnico como la vanguardia de la investigación biomédica mundial, como María Elena Botazzi, el golpe de timón que podría pautar un nuevo rumbo para Honduras empieza por algo tan básico como un cambio actitudinal y cultural en esta tierra con una historia lacerada.

“Si seguimos con esta mentalidad va a ser imposible. Puedo tener toda la capacidad científica, pero si no sé cómo puedo operativizarla por que no entiendo los aspectos de propiedad intelectual, legales, éticas, sociales, no voy a cosecharla. Tiene que haber transparencia y la habilidad de recibir críticas constructivas. Tenemos que aprender que lo que alguien intenta promover en el país no es necesariamente con un espíritu de autoenaltecimiento, de beneficio individual, sino para beneficiar a toda la sociedad en general en nuestro país. Hay que quitar esos celos. Hay que ser más transparente y tener entendimiento de lo que en realidad es el liderazgo”, explica Botazzi, quien por razones familiares viaja con frecuencia a Tegucigalpa, donde es recibida siempre por su familia con tortillas de quesillo y sopa de olla; las comidas de su nostalgia.

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