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ALGO MÁS PARA MOLINA

Doctor HORACIO ULISES BARRIOS SOLANO, Premio Nacional de Ciencia “JOSÉ CECILIO DEL VALLE”

Dilectos ciber lectores el próximo Miércoles 17 de abril de 2019 se cumple un aniversario más del nacimiento (144 años) del Vate Comayagüelense JUAN RAMÓN MOLINA y con el debido permiso por escrito del autor de este sesudo artículo Licenciado  Segisfredo Infante lo reproduzco, porque es cuasi una biografía subgénero literario muy difícil de escribir porque en ella deben de narrarse la historia de una persona desde su nacimiento hasta su muerte consignando logros y fracasos, a contrario sensu, podría el autor  convertirse en un apologista o un detractor; veamos:

  • José Antonio Domínguez, Juan Ramón Molina, Ramón Ortega, Guillén Zelaya, Jorge Federico Travieso, Antonio José Rivas, Oscar Acosta, Roberto Sosa, Edilberto Cardona Bulnes, José Luis Quesada y Leonel Alvarado, son algunos de los nombres de poetas hondureños que irán quedando grabados en la memoria de los lectores sensibles a las tonalidades y delicadezas de la poesía, al margen de los años y de los diversos “ismos”.

Para un adolescente pre-pubertario de cualquier época, podría ser una experiencia estremecedora encontrarse por azar con fragmentos de la poesía de Molina. Encontrarse por ejemplo, con aquellos veros que dicen: “Nací en el fondo azul de las montañas hondureñas. Detesto las ciudades y más me gusta un grupo de cabañas perdido en las remotas soledades.” “Soy un salvaje huraño y silencioso a quien la urbana disciplina enerva y vivo como el león y como el oso prisioneros soñando con la caverna.”

Indicamos aquí lo de un lector adolescente, en tanto que éste sea como lo pediría Gastón

  • Bachelard– un lector realmente virgen, sin prejuicios éticos ni estéticos, por lo menos en cuanto a poesía concierne. Hacia el túnel de la virginidad emotiva, fenomenológica de la receptividad humana, se deslizan las obras de los grandes escritores de todos los tiempos, y Molina desde luego es uno de ellos. Esas tonalidades trágicas, elegíacas que caracterizan lo mejor de la poesía moliniana, poseen la magia de penetrar el alma de los lectores desprejuiciados. Inclusive el alma de los lectores un poco más suspicaces, más exigentes: Salatiel Rosales, Paulino Valladares, Miguel Ángel Asturias y Enrique Gonzáles Martínez. (También existen los trabajos de Eliseo Pérez Cadalso, Julio Escoto y Eduardo Bähr). Hace falta que en continente americano y en todas las Europas se conozca más a fondo el nombre y la poesía de Tal vez el favor que muy merecidamente las mayorías le han dispensado a Rubén Darío y a Antonio Machado, haya opacado o disminuido la magnificencia del hondureño. Sin embargo, el mexicano González Martínez (otrora torcedor de cuellos de cisnes como diría el poeta Hidalgo), señala que “la gracia de Darío ha tocado el corazón de Molina, y a ese tono y a ese acento nuevos debe el poeta sus más bellas realizaciones”. El premio Nobel guatemalteco, Miguel Ángel Asturias, reafirma que Juan Ramón Molina es el poeta gemelo de Rubén Darío, ambos “gemelos de la luz” y de la muerte, helenistas periféricos de la Centroamérica tropical. En este orden de cosas quizás lo más interesante sea la célebre frase laudatoria del mismo Darío: Juan Ramón Molina fue un buen poeta. Fuerte poeta…Murió víctima de aquel medio matador de todo anhelo intelectual.

 

  • Personalmente, pienso que Molina no sólo murió víctima de la penuria económica y espiritual de las comarcas hondureñas y centroamericanas; también Molina murió víctima de sí mismo, de su propia arrogancia personal. De su sabia fatalidad “maldita”. El pecado de la soberbia con el que tanto se solazaba (ver el poema El Águila), le condujo por parajes tenebrosos, sediento él de alcohol y morfina. Y aunque el alcoholismo está tipificado en estos días como una enfermedad social, ya va siendo hora de que aquel grande hombre asuma su responsabilidad personal (y filosófica?) ante la posteridad. No todo el mundo es culpable de aquello que a uno individual y contigencialmente le ocurra. Si bien es cierto el peñol de los “egoísmos sociales” es imponente, también es cierto que nadie tiene derecho de lastimar a nadie, ni con acciones ni con gacetillas emponzoñadas de periódicos municipales, mucho menos los poetas. Por supuesto que no es este el espacio propicio para hacer un balance de la personalidad de Molina (incluyendo lo anecdótico y literario que una concepción vitalista exigiría), porque juzgarlo a él significaría de suyo a sus amigos y “enemigos” a su época, y a su entorno, a nosotros mismos. Salatiel Rosales, que era tan duro y al mismo tiempo tan benevolente con Molina, padecía hasta cierto punto de los mismos defectos y virtudes de su amigo: las mismas lecturas, las mismas arrogancias, el mismo desprecio inmisericorde hacia la humildad y el “analfabetismo” de los vecinos, y el mismo amor hacia las cosas excelsas. Naturalmente que Salatiel sublimó sus complejos de mestizo rural mediante formidables abstracciones periodísticas filosóficas y sociológicas, y Molina, en cambio, purificó en parte sus venenos de semidiós castizo en las disciplinas del alado verso. El caso de Froylán Turcios es digno de tratamiento aparte. En cuanto a nosotros específicamente concierne, estamos por oficio más inclinados a solidarizarnos con Molina, porque a él, según don Medardo Mejía, solamente le hacían señales los demonios de Luzbel. Desde acá nosotros le hacemos afable compañía en su inmensa soledad etérea, en su incomparable hastío, en sus miedos y abismos, al hombre que no fue bueno ni tampoco malo, pero sí hijo predilecto de Melancolía. Es más algunas de nuestras más sensibles raíces se hallan en Molina, y es difícil juzgarle porque casi todos los poetas finiseculares cargamos con una especie de fatalidad, no importando para ello en qué siglo hayamos nacido.

 

  • En cuanto al análisis de su obra sería saludable trascender los consabidos parámetros darianos, pues no obstante su obsesión por emular y superar tardíamente a Rubén Darío (Amo tu clara gloria como si fuera mía), convendría asumir las particularidades de Molina, rastreándolas en su “enorme hacinamiento de lectura”, en Goethe, en Edgar Allan Poe, en Charles Baudelaire, en Nietzche, en José Antonio Domínguez y en tantos otros autores de su predilección; asimismo, en sus propias vivencias personales, porque en varios aspectos de Molina es un poeta telúrico, geológico y ecológico, que se adelanta en varios años a Pablo Neruda, y un poeta terriblemente angustiado que por sus tonos prefigura al César Vallejo de “Los Heraldos Negros”. Convendrían también algunos análisis de poemas específicos de nuestro autor; yo mismo hice por lo menos tres intentos en la sección literaria de El Cronista Dominical durante 1981 (ver los artículos “Pero mi oscuro nombre…”, “Los Malditos”, y “Poemas de Contradicción”). Es interesante además el estudio realizado por Marta Reina Argueta intitulado “Nací en el fondo azul de las montañas hondureñas”. Y pese a que en muchos puntos vitales me distancio de las propuestas teoréticas de la escritora Argueta, vendría muy al caso continuar con su técnica de fechar los poemas si fuera posible con un margen de mayor exactitud, viajando a Quetzaltenango, desempolvando periódicos, etc. para de este modo atrapar al poeta en sus ascensos y descensos literarios. Al parecer el poema “Una Muerta”, que es una de sus mejores creaciones poemáticas-pienso que la mejor-fue escrito en 1905 y publicado en la Tipografía Nacional, en Tegucigalpa, y en “La Quincena” de San Salvador, el año 1906, es decir, dos o tres años antes de su fallecimiento, lo que indica claramente que Molina se encontraba ya en los umbrales de su posible perfección poética. Y esto lo decimos a despecho de Paulino Valladares, quien prefería los poemas rimbombantes de Molina, tales como “El Águila” y “Salutación a los Poetas Brasileros”. (Hoy día los exabruptos verbales de Molina tal vez nos chocan, pero en sus tiempos fueron aplaudidos). Nosotros preferimos aquellos poemas en donde a la sabia y elegante elección de las palabras, Molina suma su estilo aparente directo y sencillo de decir las cosas, evidenciando sus temblores íntimos: “Segundo Aniversario”, “Una Muerta”, “Después que muera”, “Hamlet”, “Pesca de sirenas”, “Autobiografía” y otros más, porque no debemos confundir sus terribles obsesiones personales, fatalistas, si se quiere, con la gran calidad verbal, conceptual y rítmica de estos últimos poemas señalados, que son precisamente las creaciones, en que el poeta se asincera más.
  • Gracias al hermoso desprendimiento de Froylán Turcios es que ahora conocemos la mayoría de los poemas de Juan Ramón Molina. Turcios los agrupó bajo el título de “TIERRAS, MARES Y CIELOS”; los editó post mortem, por primera vez en libro, ahí por 1911 o 1913. No sabemos si por descuido de Turcios o de los siguientes editores, el poema “Adiós a Honduras” quedó trunco. Sin embargo, la UNAH lo publicó completo en un número de “Presencia Universitaria” de los años setentas. De este conjunto de poemas muy irregulares uno puede inferir el enorme talento del creador, inclusive sus atisbos de genialidad. Por eso René Sagastume Castillo, Juan Ramón Martínez y yo, decidimos que una edición más de “TIERRAS, MARES Y CIELOS”, en vez de fastidiar, sería beneficiosa para el pueblo de Honduras, especialmente ahora que está por erigirse su broncíneo monumento en el Parque “La Libertad”. He aquí algo más para Molina, tal vez humilde, pero profundamente sentido por sus amigos de la posteridad.

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