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¿CAMBIO DE SEDE DE EMBAJADA DE HONDURAS EN ISRAEL?

Dr. HORACIO ULISES BARRIOS SOLANO Premio Nacional de Ciencia “JOSÉ CECILIO DEL VALLE”

 

Tres (3) situaciones axiomáticas: 1) Honduras e Israel aliados de larga data; y 2) En su tiempo Heráclito nos legó lo siguiente: “lo único constante es el cambio”; y 3) En muchas decisiones políticas, o en todas, hay perdedores y ganadores. Obviamente el de actualidad no es la excepción por ser un tema añejo bíblicamente (Génesis. 16:6-12; 17: 20-21) y de la diplomacia internacional (1995) que cobró actualidad desde la llegada de Trump a la Presidencia del Ejecutivo en la Unión Americana pues su intención de llevar la embajada americana a Jerusalén es un hecho consumado desde el 14 de mayo de 2018, cumpliendo así una promesa que hizo EE.UU. a Israel hace más de dos décadas (1995) después de pasar tres mandatarios Bill Clinton (1993-2001), George W. Bush (2001-2009) y Barack Obama (2009-2017) para que Estados Unidos finalmente acate el compromiso que acordó bajo la Ley de la Embajada de Jerusalén, con el que reconoció a la ciudad santa como capital del Estado de Israel; otros países han seguido el mismo camino, en tal virtud el  cambio de Sede de nuestra embajada en el Estado de Israel de Tel-Avi a Jerusalén se ha hecho viral en el mundo entero desde el año recién pasado, pero la diplomacia democrática debe ser pública, aunque las negociaciones son siempre reservadas porque a todas luces todo parece “que ese arroz  que ya se coció”; y a manera de ilustración dilectos ciberlectores el Estado de Israel jamás ha tenido Embajada en Honduras y con esta innovación sí ya que lo único que ha existido son Cónsules Honorarios, ahora bien esta decisión en estricto derecho le corresponde al titular del Ejecutivo  que es quien dirige la Política Exterior de Honduras y a la Secretaría de Relaciones Exteriores ejecutarlas y en ese mismo pensamiento miremos retrospectivamente que fue la administración del Ex Presidente Doctor Suazo Córdova(+) que instaló la representación diplomática permanente en aquel país del medio oriente a través del Doctor Moisés Starkman Pinel como primer Embajador

La evolución del método diplomático viene de lejos. La impuso el presidente de los Estados Unidos W. W. Wilson en 1918, respondiendo al clamor de los pueblos afectados por la tragedia de la Primera Guerra Mundial. Uno de los principios entonces adoptados reclamaba una diplomacia pública. Esto ya no se discute. De lo contrario se afectaría el objetivo buscado, que es alcanzar acuerdos sustentables basados en el diálogo, la negociación y el compromiso. Esa es la esencia de la diplomacia de todos los tiempos, cuyos mecanismos están consagrados principalmente en la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas de 1961 y en la Convención de Viena sobre Relaciones Consulares de 1963. Ello es precisamente de lo que habla el Derecho diplomático y consular que nos presenta el Doctor Ricardo. Arredondo. Pero permite entrever también la enorme dignidad de la profesión diplomática. El recurso a la diplomacia y sus técnicas es ahora insoslayable. Quien haya escuchado los fundamentos del secretario de Estado estadounidense John Kerry para explicar la necesidad de negociar de buena fe con Irán y desechar la amenaza del uso o el uso de la fuerza, aceptará que la vía pacífica es siempre la que contabiliza menores costos.

Es de carácter obligatorio que la hondureñidad en su totalidad sepa que Israel es el único país del mundo que no tiene ninguna embajadas en su capital, y no porque no tenga relaciones diplomáticas con prácticamente todo el mundo, excepto con de la mayoría de los países árabes, “sino porque embajadores y diplomáticos se encuentran en Tel Aviv, a una hora de todos los centros de decisión oficiales, desde la oficina del primer ministro al parlamento, pasando por todos los ministerios”. Pero, ¿por qué Israel sufre esta anomalía en el terreno diplomático? Hay que buscar las razones mucho tiempo atrás, en el Plan de Partición de la ONU de 1947 que dio origen a Israel y que preveía también un estado árabe. En este acuerdo, que hay que recordar que fue admitido por los judíos pero no por los árabes, Jerusalén quedaba como una ciudad como un “corpus separatum”, un terreno separado que no pertenecería a ninguno de los dos estados sino que estaría bajo una administración internacional aunque habría un cuerpo legislativo elegido por sufragio universal.

Curiosamente ese estatus que aún hoy se invoca no era definitivo sino que debía ser revisado a los diez años, momento en el que se podría cambiar siempre que se aprobase en referéndum.

El plan, en cualquier caso, no tuvo esa vigencia de diez años y ni siquiera de diez días: la negativa de los árabes a reconocer Israel provocó que en el mismo momento de su independencia cinco países –Jordania, que entonces todavía se llamaba Transjordania, Egipto, Siria, Irak y el Líbano– invadiesen el recién nacido estado judío. Sorprendentemente, la guerra terminó con la victoria de Israel, aunque el resultado de la batalla de Jerusalén fue distinto y Jordania se hizo con el control de buena parte de la ciudad–lo que hoy se conoce como Jerusalén Este u Oriental–, así como de Cisjordania.

Abril de 1985 con mi Esposa y al fondo la MENORÁ en LA KNÉSET (Jerusalén) que es el parlamento de Israel.

La parte de la ciudad que queda bajo control judío–Jerusalén Occidental–es nombrada inmediatamente capital del nuevo estado y en ella se van instalando todas las instituciones de la democracia israelí, como por ejemplo, la sede del Parlamento, que se establece definitivamente en la ciudad en 1950 y para la que se construye un nuevo edificio al principio de los años 60.

Pero el resultado definitivo de lo que hoy es Jerusalén aún debería esperar al resultado de otra guerra, la de los Seis Días, en la que Israel lanza un ataque preventivo ante la inminencia de una nueva agresión árabe y conquista Jerusalén Oriental y Cisjordania, además de la Franja de Gaza, los Altos del Golán y toda la península del Sinaí.

Lo surgido de esta guerra es el punto de partida para el trazado de todos los mapas en los planes de paz que se han negociado hasta el momento, en ningún foro se han manejado las fronteras propuestas por el plan de la ONU en 1947, que todas las partes reconocen como irreales e insostenibles… excepto por lo que hace a considerar Jerusalén como “corpus separatum”. Hay que recordar, además, que tanto Egipto como Jordania han renunciado a su hipotética soberanía sobre estos territorios conquistados por Israel: el primero lo hizo en los acuerdos de Camp David en 1978 y el segundo lo haría diez años después. Jerusalén Este, parte de Israel

Por su parte, así como no lo hizo nunca en Gaza, en el Sinaí o en la propia Cisjordania, Israel sí se ha anexionado Jerusalén Este. Lo hizo en 1980 con la llamada Ley de Jerusalén, que es considerada por el estado judío como una de sus normas fundamentales.

Una ley que, además, legalizaba la expansión de los límites de la ciudad llevada a cabo en 1967, después de la Guerra de los Seis Días. Esta ley no ha sido reconocida nunca por la comunidad internacional y, de hecho, hay una resolución de ONU que la condena explícitamente, la 478, aprobada en agosto de 1980.

La Resolución de la ONU aseguraba que esta anexión violaba la ley internacional y reclamaba que las pocas misiones diplomáticas que en aquel momento había en Jerusalén han tenido allí su embajada unos pocos países como Holanda, Costa Rica o El Salvador, se trasladasen a otro lugar. En realidad es este Jerusalén Oriental, la parte de la ciudad más allá de la llamada “Línea Verde” la que se podría considerar en disputa, aunque nadie en la comunidad internacional puede imaginar que un futuro acuerdo de paz no pase por el reconocimiento de Jerusalén como capital de Israel, incluso aunque parte de la ciudad actual se convirtiese también en capital del hipotético estado palestino. Pero por el momento Israel sigue siendo el único país del mundo al que no se le deja elegir qué ciudad es su capital. Un aspecto quizá menos conocido de la cuestión es que el traslado de la embajada estadounidense es el cumplimiento de sus propias leyes. Y es que en 1995 se aprobó la Jerusalén Embassy Relocation Act, un texto legal cuyo objeto es, precisamente, que la embajada americana en Israel se traslade a la capital judía. Curiosamente, la ley recibió un apoyo masivo desde ambos partidos: en el Senado se aprobó por 93 votos a favor y sólo 5 en contra, mientras que en el Congreso la apoyaron 374 congresistas frente a 37 que votaron en contra. La propia ley incluía, eso sí, un apartado para permitir a los presidentes no aplicarla por razones de seguridad: una decisión que debe renovarse cada seis meses tal y como han hecho desde entonces Clinton, Bush hijo y, por supuesto, Obama. (Fuente parcial:https://www.libertaddigital.com/internacional/oriente-medio/2017-01-24/)

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