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Corrupción, espectáculo y resultados

Por Juan Ramón Martínez

La corrupción, como todos los actos ilegales, tiene su lógica, sus procedimientos y sus actores protagónicos. Por ello, no creo en la simpleza de las denuncias como forma de combatirla, porque creo que estas, no rompen la cabeza de la misma. Porque al tiempo que no va a sus causas primeras, tampoco apunta a la destrucción del entramado en que, como una serpiente, se mueve sigilosa y atrevida, simultáneamente. Por ello, castigar a quienes incurren en faltas, con despliegue mediático, transmite un mensaje negativo, porque la consideran sus luchadores como invencible. Y nos invitan a los ciudadanos, a que vivamos con ella, como algo inevitable de la vida pública. Lo que es complaciente y muy oportunista.

Desde hace muchos años aprendí, desde finales de los 90 que el gobierno, en la medida en que se centraliza, complica los procesos; se vuelve ineficiente y estimula a los apurados por hacer negocios con el gobierno, a pagar comisiones. O, simplemente, hacerles favores a los funcionarios que toman decisiones. Odebrecht es un buen ejemplo. Para facilitar sus negocios, pagó coimas a los altos funcionarios; financió campañas electorales, y creó un espacio para que el dinero corriera de sus arcas, a las de los particulares que le hacían favores. Un gobernante refirió que, en el siglo pasado, los empresarios, solo pedían el número de la cuenta y, un banco en Suiza. Y, hacían los depósitos correspondientes. El exgobernante me confesó que representaba el 5% del total del proyecto, que se incluía en los costos. Para entonces, la mayoría de los países europeos y asiáticos, consideraban que tales pagos eran inevitables, por lo que no los calificaban como ilegales. Cuando los estadounidenses descubrieron que no podían competir en esas condiciones, empezaron su pelea en contra del sistema que favorecía la asimetría, y fomentaba la corrupción de los gobernantes.

Ahora, hay un elemento adicional que facilita la corrupción. Es la inseguridad jurídica; la diarrea legislativa; el aumento de la intervención del gobierno en los asuntos de los particulares. Y la disminución de la influencia de la ciudadanía en el control administrativo. El gobierno no solo se ha hecho más grande, complejo y dominante, sino que además, se ha elevado a la condición de obstáculo, en contra del desarrollo nacional. De forma que no es cosa de simplezas, como las que leemos en las campañas de quienes se han especializado, por diversas razones, en luchadores en contra de la corrupción. Porque aunque en efecto, es fuerte la sustracción de lo robado por los corruptos, el mayor daño para todos, es que el sistema al no cambiar, continuará facilitando las acciones corruptas y obstaculizando las inversiones, un problema que tiene efectos destructivos en el bienestar de las mayorías.

Por manera que, creo que además del espectáculo, –que es inevitable porque es estimulado desde afuera–, es necesario reformar al gobierno por medio de una mayor intervención y control de la ciudadanía sobre los actos de sus titulares. Para que este sea gerente del bien común. No el dueño de nuestras vidas y de nuestros descendientes. El gobierno, estructuralmente no solo es cada día más grande, sino que abusivo. Porque no solo piensa por nosotros, cierra la puerta en la noche, sino que mece la cuna en que dormimos. Como niños desamparados.

Los escándalos mediáticos, la judicialización de la política, la instrumentalización de los problemas hondureños para que los donantes del exterior apoyen las acciones locales, no sirven para resolver los problemas de la corrupción. El corrupto nunca cree, como todos los que tienen disposición a violar la ley, que hay más inteligentes que le puedan capturar. En consecuencia, que nunca será descubierto. Confiado, en que lo alambicado de los procesos y el trastoque documental, le permitirá la impunidad. Por lo que, realmente, sin descentralización; sin transparencia efectiva del acto administrativo, lo que producirce es la continuación de la corrupción. Cuyo combate terminará convertido en un negocio, del cual vivirá la red de los combatientes, apoyados desde el exterior. En fin, no podemos entregar la reforma del gobierno y la lucha en contra de la corrupción a los extranjeros, por muy buenos y santos que parezcan. Porque en ningún caso, podemos ceder nuestra condición soberana; ni mucho menos, la calidad de ciudadanos que estamos por encima de los gobernantes.

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