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Frente a la tumba de un entrañable amigo

 

Mario Hernán Ramírez

Imaginariamente, porque no pudimos asistir a tus exequias ni demás actos de tu funeral, por razones de salud, imaginariamente – digo – mi querido Mario, estoy brindándote un caluroso abrazo y un fuerte apretón de manos, de verdaderos amigos, despidiéndote.

Para hablar de tu personalidad, habrá que escribir centenares de cuartillas, porque a tu paso por este mundo, en tu larga travesía viviste con intensidad, con fuerza, con entusiasmo, valentía y otros valores que no son propios del común de los hombres. Fuiste un hombre extraordinario.

Hay un episodio en tu vida que se remonta a los inicios de la década de los cincuenta del pasado siglo, cuando se organizó en Comayaguela, el grupo de los llamados “Pacos” integrado por  Francisco Ciliezar, Francisco Urquía y Francisco Matamoros, a quienes acompañaron entre otros Rafael Pineda Ponce, Manuel Flores Ramírez, por supuesto que tú y otras relevantes figuras de la otrora robusto y vigoroso Partido Liberal de Honduras. De ese grupo ya solo queda Francisco Alfredo Santos.

Mi querido Mario, fuiste víctima en este mundo, de la “canallocracia”, como solía decir Alejandro Valladares en sus célebres editoriales del desaparecido Cronista; te ultrajaron, humillaron, encarcelaron, exilaron y en más de una oportunidad te golpearon, porque siempre estuviste al lado de las causas justas de los hondureños; los enemigos del respeto al derecho ajeno abusaron de tu recia personalidad de hombre útil a Honduras, porque fuiste un empresario fértil y un escritor fecundo, tus obras quedan allí como testigo fiel de tu inquebrantable lealtad a la patria y desprecio a la injusticia.

He aquí los nombres de algunas de tus maravillosas obras: “Un minuto de historia; Retratos de Honduras; Murallas del Silencio; 135 días que estremecieron a Honduras; Al final del túnel; Un llamado a la conciencia y El espejo roto. Ya en las proximerías de tu existencia, casi en tu agonía lograste finalizar tu último libro con el significativo nombre “El hortelano de Montevideo”, que es un retrato de la figura del ex presidente Mújica, gobernante de aquél demócrata país del cono sur de nuestra América.

Estas líneas con nuestra salud bastante alterada, las estamos emborronando justo el 22 de noviembre en que se recuerda el nacimiento de otro de los próceres más célebres de la independencia Centroamericana, el irrepetible sabio don José Cecilio del Valle, quien decía “En la escala de los seres el hombre es el primero, y en la escala de los hombres, el sabio es el más grande”.

Yo creo, mi estimado Mario, que con tus obras materiales y espirituales te aproximaste al pensamiento de Valle.

Fue a comienzos de la década de los treinta del pasado siglo, cuando se despertó en ti ese gusanito del intelecto, cuando con el recordado maestro de las artes gráficas don Manuel M. Calderón y el no menos competente en ese ramo Ismael Zelaya, imprimieron la segunda edición de Tierras, mares y cielos, ínclita obra del inmortal Juan Ramón Molina. Y es que naciste en Comayagüela, fuiste orgullo de la ciudad gemela como lo fueron el propio Molina, Luis Andrés Zúñiga, Salvador Turcios Ramírez, Rómulo Ernesto Durón, Miguel e Inés Navarro, Rafael Heliodoro Valle, Manuel Ramírez (El atrevido Garzón); Guillermo Bustillo Reina, Alonso Brito, Carlos Roberto Reina y muchos más valores legítimos de la hondureñidad.

En ese nivel podemos ubicarte ahora que la Madre Tierra ha dado cuenta de tus despojos, o sea que volviste al lugar de donde llegaste.

Mi estimado Mario Mencía Gamero, este día, con respeto, admiración, gratitud y entrañable afecto al amigo sincero, con quien tuve la dicha de compartir momentos sumamente agradables, y por qué no, también desagradables, por más de 70 años, ya estás descansando. Allá en el cielo donde moran las almas buenas ya te están esperando dos amigos que también te apreciaron y admiraron en vida, como fueron los hermanos Felipe y Horacio Elvir Rojas, contemporáneos tuyos que llegaron a Tegucigalpa desde muy jovencitos e inmediatamente se enrolaron en las filas del partido político que siempre fue tu pasión, ese del  gonfalón rojo-blanco-rojo del Partido Liberal de Honduras; sin embargo, te fuiste con la esperanza de que tus correligionarios te asistieran económicamente durante tus últimos días, con una pensión vitalicia que se te ofreció a través del Congreso Nacional y que al igual que a otros que también se les ha ofrecido, nunca llegó.

Pero eso es material, lo importante ahora que ya no estás con nosotros es lo espiritual. Te extrañamos mucho, mucho, mucho y aunque te parezca mentira, cuando estamos redactando estas líneas las lágrimas afloran en nuestro rostro porque te imaginamos lleno de optimismo, alegre, simpático, servicial, solidario, filántropo y toda una serie de méritos que siempre engalanaron  tu útil existencia.

Hermano del alma, descansa en paz. Pronto nos volveremos a ver.

 

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