JUAN RAMÓN MOLINA Y LA ESCUELA DE MR. BLACK - Diario En Alta Voz – noticias de Honduras, últimas noticias de Honduras

JUAN RAMÓN MOLINA Y LA ESCUELA DE MR. BLACK

 

El 2 de noviembre de cada año recodamos el deceso (hace 110 años) del Príncipe de la Poesía JUAN RAMÓN MOLINA acaecido allende del Goscoran y desde hace algunos días queremos reactivar El Círculo Moliniano para que el espíritu del vate JUAN RAMÓN no quede en “el sepulcro del olvido” y además continuar el trabajo que dejaron inconcluso los recordados 13 LOCOS DEL GUANACASTE que encabezó el ilustre intelectual ELISEO PÉREZ CADALSO dejando como sucesor vitalicio al Icono de los medios de comunicación nacionales en internacionales, además historiador, poeta y escritor MARIO HERNÁN RAMÍREZ viejo lobo del periodismo hablado escrito y televisivo.

En tal virtud es justo y necesario dar a conocer a la hondureñidad lo siguiente: “Creo que si volviera al lugar donde estuvo la escuela de Mr. Black, se despertarían extrañas reminiscencias de mi memoria, tal como sucedió en Londres a Edgar Allan Poe, al volver a visitar la escuela del dómine Bradsby; pero, aunque volviese allí, tendría que hacer un gran esfuerzo mental para reunir los pensamientos que abandoné hace doce años en el vetusto caserón, porque hoy, en el lugar de él, alzase un elegante edificio moderno, donde se oyen sonoras carcajadas femeniles y músicas de instrumentos de cuerda, en vez de los ayes de los párvulos martirizados por la disciplina del ogro, que durante el día nos enseñaba aritmética, y por las noches, a la luz agonizante de una lámpara de alquimista, nos hacía rezar el rosario, de rodillas sobre las alcobas de la celda que le servía de cuarto. Creo innecesario decir que cuando alguno de nosotros cabeceaba, rendido por el sueño, era agarrado de la oreja por la mano de Mr. Black, y como columpiado cerca del techo, donde se despertaba dando alaridos. Poniéndolo en el suelo otra vez, el gigante continuaba su interminable rosario, con voz monótona y pacata, golpeándose el pecho, mientras nosotros nos veíamos a hurtadillas, llenos de terror.

Para figurarse con verdad a Mr. Black, hay que describir el edificio de su escuela, tal como era cuando yo viví en él durante tres años mortales, que no olvidaré ni en la otra vida, con ser que allí se olvida todo.

Imaginaos una antiquísima casa, llena de telarañas, con las tejas cubiertas de musgo y con un patio empedrado de guijarros volcánicos, probablemente del período paleolítico; patio desconocido de los pájaros del cielo y donde jamás había nacido una sola flor. Horribles paredones negros aislábamos de toda comunicación con las vecinas casas, y sólo de cuando en vez, por la rara casualidad, asomábase a él, desde lo alto, uno que otro gato perdido, que lo examinaba atentamente lleno de asombro, con los bigotes erizados, huyendo enseguida a grandes saltos. Los murciélagos y las lechuzas, a la luz de la luna, aleteaban en él; los ancianos pilares proyectábanle sus sombras y los grillos los asordaban con monótonos chirridos. En las noches tempestuosas, el viento aullaba sobre el edificio, sacudiendo aquella vieja armazón, cubierta de polvo de cien años, como si quisiera arrastrar su descarnado esqueleto de vigas. El sol, por la mañana, apenas calentaba aquellos corredores húmedos, donde sonaban huecas las pisadas y los ratones tenían sus agujeros. Un fuerte olor a moho, a vejez, a hongo podrido, se cernía de continuo en aquel ambiente, que, como el agua de ciertas fuentes en las raíces que va mojando, tenía la cualidad de petrificar lentamente las carnes de los niños, dándoles el color de las piedras pómez y cubriéndolas de un polvillo terroso.

A esa maldita escuela fui un día de enero, a las ocho de la mañana, cuando apenas contaba diez años. Al ir a entrar, volví maquinalmente los ojos a la calle, que no volvería a ver más, para despedirme del tibio sol que bañaba las paredes de las vecinas casas: de los dos o tres pilluelos, mis amigos, que me habían seguido de lejos con caras tristes: y de los bueyes, gordos y mansos, que pasaron en el momento, repletos sin duda de jugosa yerba y de felicidad. Cuando entré a la sala de clase, completamente desmantelada, varios niños volvieron tímidamente los ojos hacia mí, apartándolos de sus pizarras, donde probablemente resolvían un problema. Eran como veinticinco, sentados en bancos de pino. Reinaba un profundo silencio, apenas interrumpido por el chirrido de pizarrones al trazar las cifras o por la tos tímida de alguno de aquellos infelices, en cuyo semblantes se pintaba el miedo.

Mr. Black a quien no conocía sino por la terrible fama de que gozaba entre los párvulos de la escuela, estaba inclinado en ese momento sobre una gran mesa, donde se veía algunos libros de tiempos remotos, una palmea enorme, un ancho tintero de barro y unas disciplinas de cuero de res, negras, horribles y nudosas que conocían las espaldas de una generación de niños. De lejos veíase únicamente la parte superior de su cabeza puntiaguda, cubierta de n pelo crespo y gris. Como sintiera mis pasos en la puerta, se enderezó, y dijo con voz seca, que zumbó ásperamente en mis oídos: –¡Entre! Yo entré lleno de pavor, aunque cruzó por mi mente la idea de escaparme a todo correr por la calle próxima.

Desde esa hora, después de algunas explicaciones en que se habló de mi carácter fuerte, de los latigazos que debía darme aquel verdugo para domarme, y de otras cosas por el estilo, quedé incorporado a aquella sucursal de la Inquisición, y empecé, para evitar la pérdida de tiempo, a copiar allí mismo el problema que estaban resolviendo mis compañeros de infortunio. Era una maldita resta, por la que se trataba de averiguar cuántos años tenía el maestro. Los números, rígidos y estirados, escritos con tizate por la mano del Mr. Black, se destacaban como enjutas geométricas en el fondo negro del pizarrón. Cada uno de ellos era el retrato del que lo había trazado con los huesosos y largos dedos de su mano, capaz de perforar una mesa en un solo impulso. Si aquellos números, casi misteriosos, parecidos a jeroglíficos egipcios o a fórmulas mágicas, se hubieran juntado por el capricho de un hechicero, indudablemente que la silueta angulosa de su autor habría aparecido de repente en el pizarrón. Yo no podía imaginarme aquellos guarismos, sin imaginarme a Mr. Black, y viceversa. Entre él y ellos había un lazo invisible, había una relación misteriosa, un parentesco raro. Eran sus hijos, sus esclavos. Parecía que estaban doblegados a su voluntad, que obedecían sus caprichos, que estaban ciegamente a sus órdenes. Si él les hubiera dicho con su terrible voz: –¡Números: a mi cabeza!– los números, subiéndose por sus largos brazos, entrarían en ella por su boca, por sus orejas, por su nariz y por sus ojos: tal homogeneidad existía entre aquel hombre y aquellos guarismos.

Como ninguno de nosotros resolvió el problema de encontrar su edad –cosa del todo imposible, porque sin duda se le había muerto de vieja, o tal vez nunca tuvo, lo que era más probable levantóse de su taburete, y después de dar de latigazos a los más grandes, cogió el tizate y se dirigió al pizarrón. Los números, viéndolo acercarse, hicieron una mueca, que era una sonrisa, alineándose gravemente sobre el horizontal.

Entonces pude verlo y considerarlo bien. Era un hombre cerbatana, como el dómine Cabra de Quevedo: una alta osamenta cuyos huesos chocaban a cada instante: una como momia colosal metida en una levita milagrosa, del color de la miseria, cortada por la desgracia, raída por el hambre y empolvada por el tiempo. Sus pantalones de panilla ocultaban unas piernas inverosímiles y temblorosas, que parecían de avestruz, o con más verdad, de alambre, cuyas choquezuelas crujían a cada momento: temíase que los tales órganos de locomoción se quebraran como una caña. Su calzado de suela, con señales de muchos remiendos de zapatero viejo, veíase cortado sobre los dedos, por temor de los callos, que tenía muchos y muy grandes. La pechera de una camisa, o de una mugre que parecía tal, enemiga de lavanderas, desconocida del agua, mal vista por la plancha, asomábase por entre el chaleco, o centro, como decía él, flojo sobre su abdomen inverosímil, digo, sobre su espinazo, porque lo que es vientre no tenía, ni le hacía falta para maldita cosa. No tenía color su rostro, sino era cuando montaba en ira, que entonces se bañaba del de la muerte, aunque de por sí estaba de pecas y de cicatrices. Terminaban sus flacos brazos en manos más flacas, que terminaban en dedos más flacos aún, de donde salían diez uñas enflaquecidas de tanta flaqueza; cada dedo, así con aquella uña negra, era a propósito para gancho de tridente del diablo; la cabeza, cabo de aquella tranca de hombre, era nido de terquedades, terreno ingrato para retóricas, bosque virgen para los peines, refugio seguro de las pulgas proscritas de su pescuezo. Bajo sus párpados llenos de fatiga, palidecían sus ojillos miopes, defecto que favorecían nuestras risas desde lejos, aunque a veces, por solo un culpable, caía el látigo sobre chicos y grandes. Por entre las ventanas de su nariz de lobo, veíase un bello color de tierra, pareciendo que dos arañas tejieran sus telas allí. A los lados, dos patillas anémicas, queridas de desaseo y viudas sin consuelo del jabón, caían costillas, que podían doblarse sin duda sobre su espinazo, que a su vez lo haría sobre sus piernas; tal facilidad para ello indicaba aquella armazón de resortes. Sus grandes orejas parecían conchas de ostras; su boca, o mejor dicho, la apertura que hacía tal órgano, entreabríase y mostraba un colmillo negro y encorvado, semejante a un a una bruja en el fondo de una cueva; y su pescuezo arrugado, estirábase como el de ciertas aves de rapiña en dirección del menor ruido. Sentado me pareció un número 4; de pie, un gran número 1; y encogido sobre el pizarrón, un número 7.

Resuelto por Mr. Black el problema de averiguar los años que tenía, salió tal cantidad, que él mismo no dejó de asombrarse, con ser que hacía un siglo que no llevaba la cuenta. Después me dijeron que no tenía edad y hasta que no era hijo de mujer, como todos los hombres; pero esto nunca lo creí del todo. Ni tampoco que tuviera pacto con el diablo; ni que no comía carne de puerco ni de vaca, sino ratones y alguna que otra lechuza; ni que su levita le creció con los años –en eso sumaron siglos– como la única inconsútil de Nuestro Señor Jesucristo; ni que un arcón viejo al lado de la tarima donde dormía con un ojo abierto y el otro cerrado, tenía calaveras y canillas de muerto, con unos pergaminos que contenían secretos de cábala. Todos estos rumores, dichos al oído de los alumnos, contribuyeron a que le cobrara un supersticioso terror a Mr. Black, que se aumentó cuando oí asegurar que había nacido antes del Diluvio, y que se salvó de la catástrofe, escondiéndose en el Arca, entre las jirafas y los camellos, por lo que no llamó la atención de Noé. Algunos dudaban de esto; pero tenían por cierto que varios astrólogos caldeos, según constaba de un ladrillo cuneiforme, encontrado en las ruinas de Nínive, lo vieron con la misma levita en la torre de Babel. No faltaba quienes aseguraron, fundándose en un jeroglífico de una de las galerías de Menfis, firmado por un sacerdote de Isis, que en tiempo de uno de los faraones había tenido la ocupación de envolver y pintar momias; pero la versión más racional, y que merece entero crédito, es la que cuenta que vino a América escondido en el fondo de uno de los buques de Colón, saltando a hurtadillas a tierra de Honduras en Punta Caxinas, y que después, corrido el tiempo, dedicóse con tesón a enseñar las cuatro reglas a los niños, ayudado asiduamente por la palmeta y las disciplinas, que después supe apreciar en su justo peso y valor”.(Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes A Antonio Callejas

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