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Las posadas navideñas

Cuenta la historia que en la antigüedad los sacerdotes reunían a los pobladores en el atrio de las iglesias y conventos para rezar durante nueve días el Santo Rosario; con alabanzas y dramatizaciones, simbolizando de esta forma los nueve meses de embarazo de la Virgen María previos a la Navidad.

Las posadas navideñas nos hacen recordar los momentos difíciles que vivieron José y María antes del nacimiento del niño Jesús.

Con el paso de los años esta costumbre se ha convertido en parte de las tradiciones navideñas de muchos países del orbe, al igual que en el nuestro.

Tradición que se conserva incólume, por lo menos en lo que a tiempo y distancia se refiere, es la de los “peregrinos”, que año con año visitan los hogares católicos para posar por uno o dos días.

Observamos a grupos de adolescentes entregados de lleno a la religión, portando estandartes de una fe que obra milagros en estos momentos en que gran parte de la humanidad se ha materializado completamente, dejando a un lado lo espiritual, siendo la juventud que en verdad se constituye en un polo de esperanzas frente a la depravación en que otros núcleos de su misma especie se desenvuelven, en completa decadencia moral y espiritual.

De esta manera se fomenta y fortalece ese vínculo fraterno de amor y reflexión que en Navidad priva en el mundo cristiano, época que sirve precisamente para irradiar perdón, tolerancia y todo cuanto sirve para que el género humano se despoje de todos esos valladares que se interponen a la vivencia en paz y tranquilidad.

Los “peregrinos”, buscan posada en la casa que se les brinda y los portadores de este mensaje, jóvenes promesas de la patria, con profunda convicción cristiana llevan alegría a estos hogares en donde pernoctarán los santos, pues elevan cánticos religiosos y música popular.

Pero hay algo interesante en relación a estas visitas, y es que los que reciben a los santos peregrinos, una vez que los despiden, depositan en la muchachada que los conduce, una canasta familiar en la que se colocan víveres, ropa, medicina y todo cuanto pueda servir a la gente desposeída, a esa gente que reside en los barrios bajos de la ciudad, en esas periferias en las que durante casi todos los doce meses del año carecen hasta de lo más elemental, por falta de recursos para proporcionárselo.

Y como son varios los grupos que se forman, suponemos que son bastantes las canastas familiares que recogen para después llevarlas a esos sitios en donde impera la pobreza y la necesidad en su máxima expresión. De este modo se les lleva un poco de alegría, se mitiga temporalmente el hambre y se les hace sentir bien.

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